Algo más que conspiración

 20110908 409x600

Fernán Cisnero

JUNTO CON el alunizaje del Apolo XI, el 20 de julio de 1969, los ataques terroristas a Nueva York del 11/S, fueron los eventos históricos que más personas vieron en directo y simultáneo por televisión. A pesar de tan masiva coincidencia de testigos, tanto aquel "primer paso grande para la humanidad" como lo que sucedió con cuatro aviones secuestrados y un saldo de tres mil muertos han sido minados por las teorías conspirativas. Los recelos hacia el 11/S se centran en presuntos intereses que habrían llevado al gobierno de Estados Unidos a ser cómplice de sus supuestos enemigos, cuando no los reales organizadores del atentado. Las sospechas científicas han sido rebatidas (en un número clásico de la revista Mecánica Popular, por ejemplo, que terminó en libro, Debunking 9/11 Myths, Why Conspiracy Theories Can`t Stand Up to the Facts, Hearst Books, 2006) y las implicancias políticas jamás comprobadas más allá de la intuición. Pero, como nunca, el cine documental ha sido la manera más eficaz de difundir esas teorías, utilizando el cine, la televisión, pero sobre todo Internet a través de Youtube.

Lo que se ve online sospechando de la versión oficial (sintetizada en "Osama Bin Laden era malo y culpable y el gobierno de Estados Unidos tuvo que ir a castigar a quienes lo apoyaron") destaca Loose Change. Lo dirigió Dylan Avery en un work in progress del que aún surgen versiones que van sumando precisión en algunos datos, borrando aseveraciones desmentidas e incluyendo teorías aún más ambiciosas. Están convencidos y son militantes. Existen documentales que más o menos cuentan lo mismo (el italiano Zero, por ejemplo), y aportan pruebas repetidas y no muy contundentes. Su tesis es que no hay manera de que las dos torres se caigan por la colisión de dos aviones y que un ataque como ese era, casi, una política de Estado.

TESTIMONIO FIEL. Más allá de las teorías, en el 11/S se enfrentaron dos ideologías que no necesitan simular inocencia. Por un lado estaba la diáspora del extremismo islámico cobijada bajo el paraguas de Al Qaeda, la franquicia terrorista. Del otro lado, los neoconservadores estadounidenses - recién llegados al gobierno y necesitados de un enemigo aglutinador como no tenían desde la caída del comunismo- que supieron sacar buen rédito político de los ataques.

Ese es uno de los centros de El poder de las pesadillas (2004), un documental que produjo la BBC, dirigió Adam Curtis y parece lo más cercano a un estudio razonado sobre las causas del 11/S. La teoría principal que desarrolla es cómo los líderes occidentales utilizaron los atentados para cambiar de paradigma de conducción política: de administrar sueños (de una vida mejor, por ejemplo) al uso del miedo como recurso de apaciguamiento. El detalle de sus inoperancias, sus metidas de pata y la exageración del enemigo es exhaustivo, informado y convincente.

Uno de los puntos más novedosos del documental es la afirmación de que los neoconservadores y los extremistas islámicos tienen un origen común. Sayyid Qutb, el egipcio líder de la Hermandad Musulmana asesinado por Nasser e ideólogo de la doctrina a la que se apegaría Al Qaeda, fue un estudiante de intercambio en Estados Unidos (años `50) que denunció la amenaza de un imperialismo individualista, frívolo y violento. Por esos mismos años, en Harvard, un académico huraño, Leo Strauss, concluyó que la libertad que habían conseguido los estadounidenses sólo conducía a una displicencia hacia los valores tradicionales y que todo terminaría en desastre social; había que generar nuevos motivos para estar preocupados.

Entre los primeros seguidores de Qutb estaba Ayman Al Zawahiri, hoy líder oficial de Al Qaeda tras la muerte de Bin Laden. Entre los alumnos de Strauss había gente como Paul Wolfowitz, futuro subsecretario de Defensa de Bush Jr. Ambas ideologías se habían mancomunado en la década del `80 contra los soviéticos en Afganistán, pero terminaron siendo chivos expiatorios mutuos de sus propias cruzadas. Cuando el 11/S, afirma El poder de las pesadillas, Al Qaeda era una PYME terrorista con dos líderes aislados y ninguna prédica popular. Los neoconservadores venían del ostracismo de los años Clinton y no se sentían del todo cómodos con un presidente como Bush Jr., poco preocupado por la política internacional.

LA VERSIÓN GLOBALIZADA. El poder de las pesadillas podrá ser el más sensato, pero el más popular es Fahrenheit 911 de Michael Moore (2004). Fue Palma de Oro en Cannes, también el documental más taquillero de la historia, y su director era una celebridad (por la anterior Bowling for Columbine). Pero Moore no logró lo que más quería: impedir cuatro años más de Bush en la Casa Blanca. Es un documental de campaña, un género que está más cerca de la propaganda que de la veracidad.

Moore resume la historia en tres o cuatro pinceladas. El primer mandato de Bush Jr. es el resultado de unas elecciones ilegítimas, que además por negligencia no evitó el peor ataque terrorista en suelo estadounidense. Eso llevó a dos guerras destinadas a satisfacer la ambición de una oligarquía nacional petrolera, armamentista e industrial, que encuentra beneficios en el caos de una guerra y la esperanza de una reconstrucción. Todo manipulado, según Moore, por una pandilla de psicópatas que para peor eran amigos y socios de los sauditas, y hasta de la propia familia Bin Laden.

Moore se apoya en testimonios de expertos, políticos, funcionarios y familiares de soldados, por ejemplo, a los que suma pequeños sketchs, y una banda de sonido pensada y un montaje hábil. Hay además un par de intervenciones irreverentes del propio Moore, un manipulador importante.

Muchos de sus argumentos han sido rebatidos (no hubo vuelos autorizados a sauditas abandonando el país cuando estaba cerrado el espacio aéreo, por ejemplo) pero otros aún parecen razonables. Al día de hoy, pasados 7 años, la obra funciona más como una comedia ocurrente que como un testimonio veraz.

Pero el impacto de algunas afirmaciones de Moore fue tal que ese mismo 2004 se estrenaron al menos dos películas que intentaban refutar cada uno de los puntos de Fahrenheit 911 y a defender los modales de la administración Bush. El problema principal de películas como Fahrenhype 911 y 41.1 Celsius Degrees es que se limitan a repetir un par de ideas a través de "cabezas parlantes" de méritos discutibles. Aunque algunos de sus argumentos resultan sensatos, no parecen percatarse de que el éxito ideológico de la película de Moore está más en la forma que en el contenido.

ESTAR AHÍ. En medio de esa catarata de sospechas audiovisuales no es de extrañar que el documental oficial del décimo aniversario de los atentados sea 9-11 (2002). Lo consiguieron James Hanlon, Jules Naudet y Gedeon Naudet, quienes estaban filmando en las calles de Nueva York las experiencias de un bombero novato en el justo momento de los atentados. Consiguieron la imagen nítida del primer avión chocando contra la primera torre, y las únicas imágenes desde adentro de las torres en el momento que todo estaba sucediendo. Está el horror (esos golpes secos, repetidos, de los cuerpos de los saltadores estrellándose afuera), el miedo, la incertidumbre, pero también el valor de un grupo de hombres. Ahora en Estados Unidos se estrena una nueva versión de este documental relatado por estrellas de Hollywood.

Tras tantas elucubraciones, verdades a medias, mentiras descaradas vistas y analizadas en cientos de miles de videos en YouTube, nada iguala el impacto vivencial de 9-11, la memoria en tiempo real de lo que estaba ocurriendo en el mismo momento de los ataques, y que tenía como testigos, en ese mismo instante, a millones de televidentes en todo el mundo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar