A favor de Susan, pero en contra

Felipe Polleri

EN CONTRA la interpretación, quizás su mejor libro de ensayos, tenía el coraje intacto o poco menos. Extraordinariamente inteligente y ambiciosa, vuela en alas de su elegante prosa desde la teoría literaria a Bresson, desde Godard a lo camp. Era una yanki rica y bien educada que podía pasearse por el mundo y, con ojo infalible, apoderarse de lo mejor de él. Escribió algunas novelas experimentales, nuevos ensayos y poco a poco empezaron las claudicaciones. Su novela El amante del volcán no fue un libro de peso; sí fue un "best-seller de calidad", de ésos muy planificados y bien escritos que no le importan un rábano a nadie.

A medida que se publicaban sus nuevos ensayos, mi incomodidad -tal vez a causa de que no soy muy fino, por convicción- fue en aumento. Un día llegué a la triste conclusión de que lo mismo que le interesaba le disgustaba, lo mismo que admiraba la repelía. Nuestra Juana de Arco del "compromiso moral" y la "responsabilidad intelectual" y demás grandezas se había acobardado, a menos que siempre se hubiera mentido y nos hubiera mentido. El Olimpo -en el que ella se había puesto- de la "relevancia" y la "autoridad moral" y demás patrañas, no le correspondía y nunca le había correspondido. La intelectual quería ser, además, positiva y saludable y feliz. Ahora la dama se negaba a entender a quienes exploraban el propio sufrimiento (Artaud, Simone Weil, etc.), aunque fueran a su juicio los héroes de la modernidad.

En uno de sus mejores libros, Sobre la fotografía, es incapaz de entender que Diane Arbus fotografiaba freaks por la sencilla razón de que éstos representaban para ella la condición humana, y también la propia, mejor que nadie. Sobre Artaud, dice que leerlo es "demasiado doloroso" y lo recomienda en dosis homeopáticas. Prácticamente no hay autor al que no desapruebe por no ser lo suficientemente saludable en algún aspecto mínimo.

Esto, que en otros ella tildaría de "rendición intelectual", se aplica a buena parte de su obra. No debe reprochársele a nadie que tienda hacia la vida, y menos a Sontag (1933-2004), que convivió décadas con el cáncer que terminó por matarla. Pero alguien tan necesitado de salud debió haber tenido el tino de no meterse con esa espantosa fauna de locos y enfermos que dieron vuelta la página del arte y el pensamiento modernos.

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