Hogar, dinámico hogar

| Cada vez son más las personas que viven solas. Y menos las que eligen casarse. Cada vez un mayor número retrasa el momento de tener prole. Y, al hacerlo, elige como máximo dos hijos. Estas son algunas de las conclusiones a las que arribaron dos economistas al analizar 20 años de relevamiento estadístico. También encontraron grandes transformaciones en el mapa laboral.

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GABRIELA VAZ

Existen hechos que se dan casi subrepticiamente y pasan desapercibidos en el día a día, aunque suponen una revolución en la estructura misma de las sociedades. Son los que suceden puertas adentro, en el seno de los hogares y en la conformación de las familias uruguayas. ¿Cuánto han cambiado en las últimos dos décadas? Eso es lo que se propusieron investigar las economistas Soledad Salvador y Gabriela Pradere, en base al análisis de datos recabados por el Instituto Nacional de Estadística entre 1986 y 2007. Y lo que descubrieron -recogido en el informe Análisis de las trayectorias familiares y laborales desde una perspectiva de género y generaciones- echa por tierra, sin dudas, aquello de que 20 años no es nada.

Es que la conformación de las familias uruguayas -y por ende, de los hogares- ha cambiado bastante. Algunas pinceladas: aumentó la cantidad de personas que viven solas, cada vez hay menos casamientos y más separaciones, la gente tiene menos hijos. Además, si bien la mujer trabaja más que antes y suele contar con más años de educación formal que los hombres, sigue dedicando menos horas semanales a lo laboral que los varones.

Esto último fue una de las conclusiones que más llamó la atención de las investigadoras: entre tantos cambios, la permanencia de un modelo que se ratifica como duro de roer. "Notamos cambios generacionales que, más o menos, podíamos imaginar. Sin embargo, el tema de las horas de trabajo se mantiene estancado. No hay cambios: las mujeres siguen trabajando en forma remunerada seis horas semanales menos, en promedio, que los hombres", señala Salvador. En edades comprendidas entre 30 y 65 años, la etapa de mayor actividad, la diferencia sube a entre 10 y 12 horas.

Esto se debe a que la mayoría de las féminas no deja sus actividades en el hogar, tanto tareas domésticas como el cuidado de los hijos. "Entonces, no es que sustituya, sino que asume más trabajo", dice Pradere, mientras su colega asiente y completa: "Hay un mecanismo que acentúa la división social de trabajo y las brechas salariales. Al hombre se le sigue pagando más porque no asume tareas de cuidado (de los hijos) y la mujer sigue empleándose en sectores donde le aceptan esas condiciones de trabajo. Y no hay un estímulo para que eso se revierta. Ahí es donde se necesita una política específica. Son circuitos que no se van a resolver solos por el mercado".

¿Con quién vivís? Todo cambia puertas adentro, según la época que se mire: la cantidad de integrantes del hogar, si están ambos padres o no, si hay hijos, si existe grado de parentesco entre cohabitantes o ninguno.

La investigación, que relevó datos a lo largo de 20 años, constató que casi se duplicó la cantidad de hogares unipersonales (o sea, donde vive una persona sola), pasando de 11,5% en 1986 a 20,8% en 2007.

A su vez, el estudio manejó la variable de las generaciones. Es decir, además de saber qué sucede con las personas que hoy tienen, por ejemplo, 25 años, se observó qué pasaba en igual situación con quienes podrían ser su bisabuelo, su abuelo y su padre cuando tenían esa misma edad.

Supongamos, por ejemplo, que Ernesto nació en 1982 o más adelante, Rafael, entre 1967 y 1981; y Juan entre 1952 y 1966. Cada uno representa una generación. A los 25 años, Ernesto tiene el doble de posibilidades de vivir solo que Rafael cuando tenía su misma edad (el porcentaje de hogares unipersonales de la generación del primero era de 10%, contra 5% de la generación del segundo). Para los contemporáneos de Juan, hoy los más veteranos del periodo analizado, a los 25 años la proporción ni llegaba al 5%.

En el otro extremo, también se ha afianzado la cantidad de adultos mayores (de 65 años o más) que viven solos. La explicación es más obvia y se encuentra en la viudez de muchos, o, sobre todo, de muchas. Esta tendencia se ha profundizado con el tiempo. Los que nacieron entre 1907 y 1921 llegaban a la tercera edad con menos posibilidades de vivir solos que las que hoy tiene Juan. Por ejemplo, en la década del ochenta, ni la cuarta parte de los mayores de 80 años se hallaba solo en su casa. Ya en el siglo XXI, el 40% de los octogenarios son habitantes únicos de su hogar.

Por otro lado, cohabitar con la media naranja sigue siendo el plan preferido de los uruguayos, ya sea con o sin libreta de matrimonio incluida. Dentro de este escenario, la investigación vislumbró varios hechos. Por ejemplo, hay más hogares con parejas solas, cuyos integrantes tienen entre 25 y 31 años. En ese grupo se encuentran, digamos, Ernesto y Ernestina, que se fueron a vivir juntos sin casamiento en el horizonte, ni cercano ni lejano.

Ambos son parte de una mayoría. El 30% de los nacidos post 1982 goza de "unión libre" y apenas el 13% está casado. Las cosas cambiaron mucho respecto a lo que sucedía con sus padres y abuelos cuando tenían su misma edad. Cuando Rafael -que nació entre 1967 y 1981- tenía 25 años, contaba con tantas posibilidades de casarse como de vivir en pareja: a esa edad, el 21% de las personas de su generación había dado el sí y otro 21% había optado por el concubinato.

Con los contemporáneos de Juan -que nació entre 1952 y 1966- en tanto, los números toman más distancia todavía. A los 25 años, el 43% estaba casado y apenas un 5% convivía sin papeles. Aunque también es cierto que para la edad de 40 años, el 62% de los compañeros de generación de Juan había pasado por el registro civil.

JUNTADos sin hijos. Pero volvamos a Ernesto y Ernestina, la parejita joven actual que convive sin intenciones de casarse. No tienen hijos. Es un plan que, como mucho, aparece en el futuro mediato y, cuando lo hablan, están seguros de que no superarán el casal. Tener más de dos hijos supone un sacrificio económico, a priori, demasiado costoso.

Uruguay también puede padecer el costo de esa decisión. De acuerdo al estudio de las economistas Salvador y Pradere, cada vez hay menos personas por hogar. Del promedio de 3,4 en 1986 se pasó a 2,9 en 2007. Además del incremento de hogares unipersonales y monoparentales, esto es efecto directo de la reducción en el número de hijos. Mientras la generación nacida entre 1937 y 1951 llegaba a los 40 años con 2,29 hijos (promedio), la de Juan aportaba dos vástagos, y la de Rafael, menos de dos.

Para la investigadora Salvador, este fenómeno es "complicado". "Tiene que ver con lo económico: al insertarse ambos padres en el mercado laboral, deben pensar en el costo que tiene cuidar el hijo. Por eso se habla de `huelga de vientres` de los sectores medios, que deciden no tener hijos, o como mucho buscan uno solo. Y luego está la fertilidad no satisfecha desde dos extremos: las mujeres pobres que tienen más hijos de los que desearían, y las mujeres más pudientes a las que les gustaría tener más hijos pero no pueden".

Eso corrobora el vaticinio de que el país no cuenta con tasa de reemplazo; es decir, cada vez tiene menos habitantes. "En 2004, cuando se hizo el censo, era el cálculo que hacían las demógrafas", recuerda Salvador. "Lo que yo sé, analizando los servicios de cuidado en niños que van a la escuela, es que el aumento constatado de su cobertura tiene que ver con que hay menos niños para atender. Nacen menos", añade.

Por otro lado, el hecho de tener o no hijos es determinante para la actividad laboral. Los números de la inserción en el mercado de trabajo cambian sustancialmente según se trate de un padre o madre solo, o de una pareja con niños.

Trabajan más, pero menos. No hace falta un análisis muy profundo para afirmar que las mujeres de hoy están más insertas en el mercado de trabajo que las de hace 20 años. Si hay dudas, la estadística brinda sus pruebas: mientras en 1986 la tasa de actividad femenina era de 41,3%, en 2007 subió a 53,7%. La tasa masculina no ha tenido sobresaltos: era de 73,7% antes, es de 73,6% ahora. La equidad todavía está lejos.

Al interior de esa realidad, los caminos son más intrincados. Por ejemplo, si la mujer está en pareja -ya sea que tenga hijos, como que no- trabaja menos que el hombre (siempre hablando en promedios). Eso se acentúa en el caso de chicas como Ernestina -jóvenes, de generaciones actuales- porque en general se antepone el estudio a salir a buscar trabajo. Esto repercute también en el varón, que aunque trabaja más que ellas, lo hace menos que sus antepasados. La tasa de actividad de los contemporáneos de Ernesto es entre 5% y 6% menor a la de Rafael (nacido 20 años antes) cuando tenía su edad.

Tal como lo ve la economista Salvador, "ahora se puede decir que entre los más jóvenes efectivamente hay un cambio en la inserción laboral. El hecho de querer capacitarse más, y que la mujer esté en el mercado laboral, lleva a una igualdad de género positiva también para el hombre y es que éste se mantenga más tiempo estudiando. Tiempo atrás, a los 18 años, el varón tenía que estar buscando trabajo porque debía mantener sí o sí el hogar. Que la mujer participe en el mercado de trabajo les da una mayor igualdad, ambos permanecen más tiempo educándose, entonces baja la tasa de actividad masculina en edades jóvenes. También se nota eso de que la mujer está teniendo un nivel educativo más alto".

En efecto, es una verdad estadística que la población está cada vez más educada, y que la mujer en particular recibe más tiempo de educación formal que los hombres. En las menores a 35 años, se observa que asistieron a clase hasta un año más en promedio.

Pero volvamos al mercado laboral. Si Ernesto y Ernestina finalmente se decidieran a tener hijos (o Rafael y Rafaela, o Juan y Juana, ya que es una realidad que atraviesan todas las generaciones), la división sexual del trabajo sería mucho más nítida. En esos casos con hijos, la participación laboral de la mujer es sustancialmente menor a la del hombre. No son infrecuentes las estrategias para poder conciliar ambos roles: el cuidado de los hijos y el trabajo remunerado, al que se le dedica tiempo parcial. Ahí entran, por ejemplo, muchas de las mujeres que se dedican al servicio doméstico. "Es por la baja carga horaria. Hay una estrategia de ingresos de los hogares pobres: trabajar, aunque sea poco, ya que tienen que cuidar a la prole. Esos hogares nunca van a poder tener la opción de decir `me inserto` laboralmente. El servicio doméstico es hasta la forma que tienen de llevar al hijo al trabajo", señala Pradere.

En su observación, la economista ha notado que "el cuidado de los niños es todo un tema. El jardín recién ahora es obligatorio. Las familias con hijos de hasta tres o cuatro años son los que tienen ese problema. Salir a trabajar implica la cuenta de `qué me sale más barato`. Porque si tengo que pagar a alguien para que cuide al niño, lo que cobro lo termino gastando en la institución que lo cuida".

Los hogares biparentales donde padre y madre trabajan en forma remunerada con igual dedicación horaria se ven en sectores socioeconómicos de medio para arriba, explican las economistas.

Un panorama laboral totalmente distinto lo conforman las mujeres separadas o divorciadas con hijos. "Tienen un comportamiento similar al de los hombres", apunta Salvador. En esos hogares, la tasa de actividad ronda el 80% y 90%.

No obstante, con más o menos horas de dedicación, es el trabajo de las cónyuges y madres que viven en pareja lo que más ha contribuido a aumentar la tasa de actividad femenina en estos 20 años. Tal como explica Pradere, "antes la mujer trabajaba, tenía hijos, dejaba el trabajo y luego podía volver o no al mercado laboral. Ahora, el trabajo se mantiene".

Más allá de las variadas conformaciones de hogar, que se han multiplicado en los últimos años, las investigadoras recuerdan que el viejo modelo de familia "tipo" sigue siendo el predominante. "La mayoría sigue siendo biparental. Por eso está bien cuando se habla de políticas para ayudar a los hogares pobres monoparentales, pero hay problemas que siguen siendo de mujeres que están en pareja, y más cuando tienen hijos".

En los hogares con parejas e hijos, la división sexual del trabajo es más nítida, si bien en las nuevas generaciones se eleva la participación laboral de la mujer.

Hoy los jóvenes se divorcian menos, porque a su vez se casan mucho menos. Prefieren vivir solos, y luego pasar a la "unión libre".

Menos casados; más solteros y concubinos

Que la gente se casa menos ya no es mera percepción. Por lo menos, retrasa el momento de dar el sí y alarga la época en la que se aboca al concubinato, si es que no adopta esa etapa como definitiva.

En los 20 años comprendidos entre 1986 y 2007, el porcentaje de personas casadas se redujo en 15 puntos porcentuales, pasando de 53,3% a 38,3%, de acuerdo al relevamiento de datos del Instituto Nacional de Estadística realizado por las economistas Soledad Salvador y Gabriela Pradere. Esa diferencia se explica en el incremento de las llamadas "uniones libres", que se han popularizado notoriamente: eran 5% en el `86, y subieron a 15,2% en 2007.

También influye el aumento de los divorcios y separaciones, que pasaron de 5% a 10,3%, aunque, por el contrario, estas disoluciones se redujeron en las edades más jóvenes. ¿Razones? "En realidad, lo que se estaría postergando es la decisión (de comprometerse con alguien). Se casan más tarde, (entonces) se divorcian más tarde", explica Pradere.

Por eso mismo, se incrementó la proporción de solteros entre 21 y 31 años. La tendencia se ve con todas las personas nacidas después de 1967 cuando llegaron a ese tramo de edad. "La gente no se casa en la misma proporción que se casaba antes. Y a la vez, hay una postergación como de diez años en la decisión de casarse en algunas franjas socioeconómicas", señalan.

Esto viene sucediendo desde hace varias generaciones. Por ejemplo, a los 25 años, la proporción de casados en la generación nacida entre 1952 y 1966 era de 43%; en la generación 1967-1981 era de 21%, y en la nacida después de 1982 es de 13%. A su vez, cuando los nacidos entre 1937 y 1951 llegaban a los 40 años, el 72% estaba casado. Con los de la generación 1952-1966 era de 62%, y con la de 1967 en adelante es 56%.

El aumento de la unión libre es impactante en la edad de 25 años: el 30% de la generación nacida de 1982 en adelante estuvo o está en esa situación conyugal, mientras en la generación nacida entre 1952 y 1966 eran solo un 5%.

Esto, apuntan, "cambia bastante según el estrato socioeconómico. En los más bajos es más común lo de separarse y unirse. Las mujeres están en pareja, tienen hijos, dejan, viven con otra pareja y así pasan por múltiples etapas, pero empiezan jóvenes".

Las mujeres aún trabajan, en promedio, seis horas semanales menos que los hombres.

Las cifras

20,8% Era el porcentaje de hogares unipersonales en 2007. Este tipo de hogar casi se duplicó en 20 años. En 1986, era un 11,5%.

15% Es el porcentaje en el que bajó el número de personas casadas en 20 años. De 53,3% en el año 1986, pasó a un 38,3% en 2007.

2,9 Es la cantidad de integrantes en promedio que hay por hogar. El número se redujo; en 1986 era 3,4. Cada vez se tienen menos hijos.

53,7% Era la tasa de actividad femenina en 2007. En 1986, era de 41,3%. La masculina no varía: 73,7% en 1986 y 73,6% 20 años después.

20 años de cambios en el mapa laboral

En el caso de parejas sin hijos, la tasa de actividad masculina es siempre mayor a la femenina. De acuerdo al estudio, esto "es resultado de una clara división sexual de trabajo que se mantiene".

En hogares biparentales con hijos, la división sexual del trabajo "es mucho más nítida", señala la investigación. "La participación laboral de las mujeres es sustancialmente menor a la de los hombres".

En los hogares monoparentales (vive solo la madre o solo el padre con hijo/s), las tasas de actividad son muy elevadas: rondan el 80% y 90%.

Entre 1986 y 2007, hubo una reducción del modelo de "proveedor tradicional" (el hombre trabaja y la mujer no) de 15%.

El modelo de "doble carrera" (hombre y mujer trabajan por igual) es el que más se ha incrementado en estos 20 años.

El modelo de "inversión de roles" (la mujer trabaja y el hombre está inactivo o desocupado) ha tendido a aumentar en las edades jóvenes, hasta los 30 años.

En cuanto al tiempo destinado al trabajo remunerado, es siempre superior en hombres que en mujeres. La brecha se amplía entre los 30 y 65 años, donde ellos trabajan un promedio de 10 a 12 horas semanales más que ellas.

En las generaciones más actuales, se observa un muy leve aumento de las horas de trabajo femenino. Pero aún "no se ha redistribuido el tiempo dedicado al trabajo remunerado"

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