LA ENTREVISTA DEL DOMINGO - IDA HOLZ

"Uruguay está lejos del mundo: llega todo tarde"

La mujer que trajo internet a Uruguay está más pendiente del futuro que de las conquistas del pasado.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Ida Holz. Foto: Ariel Colmegna.

A sus 82 años le inquieta que el país no tenga una red académica de alta velocidad, capaz de conectar a los investigadores con los recursos disponibles en el planeta, y culpa a Antel por sus posturas alejadas de una política de Estado. A Holz, la informática y pionera, le fastidia la lentitud con que la educación se acompasa al nuevo mundo.

Aquella Semana Santa ocurrió el milagro y Uruguay no volvió a ser el mismo. Era 1994 y un equipo de la Universidad de la República había logrado la primera conexión estable de Internet en el país y, de este modo, comenzaba la expansión de la red por todo el territorio. Liderando ese proyecto estaba Ida Holz, una informática que cinco años y cuatro meses antes había alcanzado con éxito el envío de un correo electrónico entre máquinas que ocupaban una habitación.

Ida, palabra de origen sajón que significa "mujer destacada", rinde tributo a su nombre: fue una de las primeras jóvenes en estudiar computación, embanderó la lucha para que América Latina mantuviera su autonomía en el gobierno electrónico y sueña con una enorme red académica. En lugar de ver la vida en retrospectiva, a sus 82 años Ida Holz está más pendiente por el futuro que por el pasado. Tiene la impronta de una abuela cool, capaz de contener la sabiduría en sus canas y la juventud en su mente.

—¿Qué le quedó pendiente?

—Todo lo que no he podido hacer, pero, sobre todo, no logré la instalación de una gran red académica en América Latina. No sé si alguien le dará bolilla a este proyecto. En la Universidad (Udelar) el único que estuvo entusiasmado fue Gregory Randall, el exprorrector de investigación, a quien no dejaron ser rector porque no es uruguayo. ¡Qué desastre! ¡Qué atraso!

—¿Por qué no se logró la instalación de una "gran" red académica?

—El principal uso de Internet, hoy, es el chat en las redes sociales. Es increíble porque se produce la comunicación más allá de las distancias. Pero hay otros usos de Internet que la gente no entiende. Antel nunca entendió que tenía que tratar a la academia de una manera especial. Desde que empezamos con Internet en Uruguay tuvimos trabas con Antel. No sé si es que nos ven como una competencia.

—¿Qué significa una red académica de alta velocidad? ¿Para qué sirve?

—Hoy el mundo es uno y los investigadores no trabajan aislados; estamos en una etapa de colaboración constante. Europa entendió muy bien este proceso y tiene una red que permite la conexión inmediata como si estuvieras en otro país. Puede que un médico no tenga un equipo a mano, pero lo puede usar a distancia con el técnico que sí lo tiene y está en otro lado del planeta. Acá no entienden eso. Y dar las posibilidades a las redes académicas para que puedan usar todos los recursos requiere de mucha velocidad.

—¿Cuán lejos se está?

—Muy lejos. Uruguay es el que está lejos, no es América Latina. Este año se empieza a tirar un cable submarino entre Portugal y Fortaleza (Brasil). Europa le cede una parte a la red académica que hará un recorrido terrestre por toda Sudamérica. El único país que está excluido es Uruguay.

—¿Es una decisión política?

—No, es el monopolio de Antel. Deciden como reyes qué tiene más prioridad. Nuestra red había sido conectada a Europa: en 2003 Europa nos dio 10 millones de euros primero y 12 millones después para hacer la red regional que une a 800 universidades. Unos años después vinieron las denuncias de espionaje de la CIA y Dilma Rousseff decidió hacer un acuerdo con Europa para evitar la injerencia de Estados Unidos. Y Uruguay decidió unirse a Estados Unidos y no ser parte del megaproyecto con Europa. El asunto de fondo es que los entes públicos tienen que tener una política nacional, no pueden ser tan autónomos. Son parte de las políticas de Estado, ¿si no para qué se votó (en 1992) que sean parte del Estado?

—¿Tiene sentido la conexión entre las universidades cuando el rector de la Udelar, Roberto Markarian, se opuso al TISA por temor a que se impusiesen modelos educativos extranjeros?

—En la Universidad hay una visión fuera del mundo político actual. El comunismo se murió y se murieron ciertos prejuicios. En Uruguay todavía hay prejuicios contra las universidades privadas: ¡no me embromen, el mundo no es así! Entiendo que se pida más presupuesto para la enseñanza, y estoy de acuerdo, pero también pido que digan cómo se transforma la enseñanza para adaptarla al mundo en que vivimos.

—¿Si la llaman las autoridades de la educación, ¿por dónde les aconsejaría iniciar ese cambio?

—No me van a llamar porque no quieren oír. Tuvieron al mejor subsecretario en el Ministerio (de Educación), Fernando Filgueira, y lo dejaron ir. Cuando la ministra (María Julia Muñoz) dice que (el presidente del Codicen) Wilson Netto es el nuevo (José Pedro) Varela, ¡por favor! A Netto lo conocimos en el Plan Ceibal. Gracias, no voy a decir más.

—¿En los comienzos del Plan Ceibal usted dijo que esta iniciativa iba a acortar la brecha digital y permitiría enseñar de otra manera, ¿se lograron las dos metas?

—Un cambio real es que los niños tienen un equipo y lo manejan según sus intereses. También es real que se alcanzó una importante equidad social. Pero respecto a la manera de enseñar, depende del docente de turno. Es muy difícil convencer a los docentes cuando llevó mucho tiempo convencer a las propias autoridades.

—¿En la Facultad de Ingeniería se repe-tirá una prueba de matemáticas por- que solo habían salvado 11 de 506 alumnos. ¿Esto es una falla en la forma de enseñar?

—Es cierto que el problema se arrastra desde Secundaria. Recuerdo que con (el Plan) Ceibal decidimos que las computadoras las entregábamos luego de las vacaciones de julio por el enorme abandono. Los niños pasan de la escuela, con la contención de la maestra, a un mundo nuevo que no los protege. Pero culpar al liceo de todo es muy fácil. Hoy la responsabilidad es de la Udelar y es ella quien deber armar un propedéutico (NdeR: una especie de curso de nivelación). También es responsabilidad de la Universidad que quienes dan clase no siempre son los más capacitados.

—En Uruguay se forma un ingeniero cada 8.000 habitantes. En Chile lo ha- ce uno cada 4.500. En Corea del Sur, el ejemplo más paradigmático, es de uno cada 625. ¿Cómo hay que leer esta realidad?

—No hemos cambiado la educación. Es como el cuento que dice que si se acaba el mundo hay que refugiarse en Uruguay porque aquí todo llega 20 años más tarde. Están pidiéndole a José Mujica que sea presidente otra vez con 80 y pico de años, ¡por favor!

—¿Es una frenteamplista disidente?

—El Frente Amplio tiene que cambiar, estoy convencida. No me gusta, pero si hoy son las elecciones votaría al Frente. No veo nada mejor. Y lo que se presenta como nuevo, es más de lo mismo. (Edgardo) Novick es un (Donald) Trump chiquitito, no es un partido con ideas.

—¿El fenómeno Donald Trump tiene que ver con los cambios de paradigma que ocasiona la tecnología?

—Tiene que ver con los grandes intereses. Tiene que ver con la separación del mundo entre ricos y pobres.

—Pero a Trump lo votaron muchas personas que no son ricas. Y, de hecho, la elite neoyorquina votó a Hillary Clinton...

—La gente no entiende, luego se arrepiente. Además hay otro problema que ocasiona estos fenómenos: la migración. Todavía no se ha absorbido la movilidad de personas. Son invasiones de personas que vienen y van, y nadie sabe qué hacer. Y, por si fuera poco, están los fanáticos y los locos. No todo atentado es por el islam, hay muchos locos sueltos y los otros (los fanáticos) aprovechan su tajada.

—¿Usted estuvo exiliada en México, ¿le duele lo que sucede en ese país?

—Mucho. Amo México. Estuve hace poco en Guadalajara, por la conferencia de gobernanza de Internet, y me emocioné: cuidan la zona colonial como quien tiene la cultura en el ADN. Lo histórico está cuidado y protegido. Eso nosotros, los uruguayos, lo tenemos que aprender a hacer. Aun cuando aquí no haya una historia precolombina tan fuerte, es relevante conservar lo que es nuestro. No puede ser que haya verdaderas obras arquitectónicas que no tienen el más mínimo cuidado.

—¿Falta una política más activa en asuntos tecnológicos?

—Hay veces que desde la política se quiere avanzar, pero como sociedad no queremos cambiar. El ejemplo es el uso de la tarjeta de débito. La gente tiene para comprarse un auto, para cargar nafta, pero no quiere pagar con tarjeta en las estaciones de servicio. Otro ejemplo son las facturas electrónicas. El señor presidente (Tabaré Vázquez) dijo que al término del período quiere que todos los trámites estén disponibles en línea. Está bien, el mundo va hacia ahí. Desde Agesic se viene trabajando para ello, pero no todos los ciudadanos quieren o pueden hacer el cambio. No alcanza solo con buenas ideas y propuestas.

—¿El plan Ibirapitá, para jubilados, es una buena idea?

—Logra insertar a esa edad. Es muy lindo ver cómo los veteranos se empiezan a entusiasmar. Cuando uno tiene un hijo y nietos en el exterior, y puede hablar por Internet, es muy lindo. Es una forma de no estar tan afuera. Es una forma de comunicación que genera menor aislamiento. La vejez, ahora que la estoy viviendo, es muy difícil: es el mundo de la soledad. Si vas un domingo a un teatro, al cine o a una confitería ves pura mujer viuda, sola.

—¿El Ibirapitá es parte de sus quehaceres, ¿desde dónde aporta?

—Me gustaría dar clases, conectarme con los veteranos. Pero no es tan fácil. Primero, ya estoy jubilada y no puedo cobrar un sueldo. Estoy peleando hace siete años para cobrar la pensión de mi marido (el artista Anhelo Hernández, discípulo de Torres García), quien fue docente a tiempo completo en Bellas Artes. Segundo, ya le dije a Miguel Brechner que quiero un plan y no colaborar por colaborar.

La otra herencia de una pionera.

Cuando salió de la cárcel, el 19 de mar-zo de 1984, Líber Seregni fue hacia su apartamento en bulevar Artigas. Mientras unas 2.000 personas coreaban desde la calle "Seregni / amigo / el pueblo está contigo", el fundador del Frente Amplio se acercó a su balcón, en un segundo piso, y dio su primer discurso tras 10 años de encierro. Por aquel entonces, Ida Holz estaba exiliada en México, junto a su esposo, el artista Anhelo Hernández. Y a la distancia la pareja vivió el acontecimiento como si se tratase de su propia liberación.

Más de 30 años después la historia pareció cerrar un círculo. Sin Seregni y sin Anhelo (quien falleció hace siete años), Holz pasó a vivir en el edificio de aquel discurso.

—¿Qué la trajo a este lugar?

La obra de mi marido. Este edificio tiene una particularidad, hay un entrepiso con habitaciones donde descansaban las empleadas domésticas. Hoy ese piso son galpones, que a mí me sirven para conservar la valiosa colección. Tengo un deshumificador encendido to-do el día para que se preserve mejor. El resto (de la obra) está en la Biblioteca Nacional. La otra herencia son mis hijos, que también son artistas.

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