Viajes

Puerto Deseado, el refugio de las especies

Hay mucho por explorar en la sorprendente reserva natural de la Ría Deseado, en Argentina, por la que anduvo el célebre Charles Darwin. Aquí, una ruta en tres pasos para conocerla a fondo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Es uno de los lugares con mejores paisajes y fauna para visitar. Foto: La Nación/GDA

En cuántos lugares de Argentina (o del mundo) se puede ver una tonina y un puma en un mismo día y sin recorrer más que unos kilómetros? ¿Y también pingüinos de Magallanes y de penacho amarillo, guanacos, cormoranes y ñandúes? En Puerto Deseado, sí. En otro, muy difícil. Por eso, esta pequeña ciudad de la costa santacruceña tiene tantas chances de convertirse en el próximo gran destino de observación de fauna en Argentina.

Todavía es uno de esos sitios de los que se dice que quedan lejos. En este caso, la pista más próxima y utilizada es Comodoro Rivadavia, a 285 kilómetros. Desde esa ciudad, en el Sur de Chubut, hay que aventurarse por la ruta 3 hasta desviarse por la 281, que lleva finalmente a este buen puerto de 20 mil habitantes, sobre la orilla Norte de la ría Deseado.

Única en Sudamérica, esta ría se forma en la desembocadura del río Deseado. Con un paisaje y un ecosistema únicos, para conocerla lo habitual es una exploración en tres actos.

Miradores de Darwin.

La camioneta deja atrás Puerto Deseado rumbo a Tellier, por la ruta 281. El objetivo son los Miradores de Darwin, un punto panorámico para captar la imponente ría Deseado, nombre que recuerda el paso por ahí de Charles Darwin, en 1833.

El camino atraviesa estancias áridas sin alambrados. Ñandúes, guanacos y ovejas marcan las máximas elevaciones en el paisaje. Después de 40 kilómetros de marcha, una curiosidad: para llegar a los Miradores, que son reserva provincial, hay que ingresar en propiedad privada: la estancia de la familia Wilson. En una actitud controvertida, los dueños de casa cobran una especie de peaje, de 100 pesos argentinos (unos 215 pesos uruguayos), a quien quiera ver lo mismo que Darwin en el siglo XIX.

Dejamos a Jaramillo, cruzamos una tranquera más y en cien metros nos paramos ante una inmensa y rojiza grieta recorrida por un anguloso curso con escasa agua. Una configuración dramática, a su tiempo registrada en dibujos por Conrad Martens, artista de aquella expedición darwiniana. En aquel gráfico se distingue claramente la roca triangular ahora ante nosotros, que hoy es otro símbolo de Puerto Deseado. De pronto, desde una saliente sobre el cañón, a no más de cuatro metros, nos estudia un puma de pelaje gris. Son segundos, apenas, y el animal dispara y se pierde de vista.

Ecosafari por la ría.

Después de admirarla como Darwin, a la ría hay que navegarla. En Puerto Deseado tres prestadores ofrecen excursiones en botes para internarse por su recorrido y observar de cerca su fauna. Darwin Expeditions es la pionera, en funciones desde 1992. Su embarcación semirrígida para doce pasajeros sale de un muelle exclusivo a pocos metros de robustos barcos pesqueros y de carga, en el puerto del pueblo.

No le toma más de cinco minutos cruzar a la otra orilla y encontrarse cara a cara con una especie de santuario de cormoranes grises. Ese paredón de la ría es suyo. De las piedras caen estalactitas de guano, como si fuera cera. Alcanzaría para entretener un par de horas a un club de observadores exigentes, pero es sólo el comienzo. Seguirán otros refugios de cormoranes de cuello negro (o roqueros), de gaviotas y de ostreros, con su pico largo y colorado.

Después, la corriente guía al bote hacia una roca cubierta de lobos marinos de un pelo, que arman tremendo show. Un gran campeón de 400 kilos domina la escena, rodeado de hembras. Los lobos están allí todo el año. En cambio, miles de pingüinos de Magallanes sólo regresan cada setiembre a la Isla de los Pájaros, la próxima parada (única con desembarco), a 5 kilómetros de Puerto Deseado. Es una porción de tierra de medio kilómetro cuadrado, con arbustos poco más altos que los pingüinos.

Lo único que falta, con casi dos horas de tour, son las toninas. "Nunca lo prometemos, pero la verdad es que en todos estos años jamás dejamos de verlas", dice Ricardo Pérez, capitán del bote y socio de la agencia. Transcurren los minutos y cuando parece que será el primer fallido de su carrera, entre dos windsurfistas del pueblo asoma la aleta de una tonina. Ricardo, ahora sí, se afloja después de otro buen día de trabajo en la ría.

Isla Pingüino: Club Penguin.

La estrella del destino, visible en logos y cartelería locales, es el pingüino de penacho amarillo, que no anida en la ría sino en la Isla Pingüino, pocos kilómetros mar adentro, a 45 minutos de navegación desde el puerto.

La isla es parte de un parque interjurisdiccional marino de reciente creación, en 2012, con una superficie de casi 160 mil hectáreas, que incluye otras islas menores como Chata, Castillo y Blanca. Es un área protegida tan nueva que aún no cuenta con infraestructura. Ni un muelle, lo que complica los desembarcos en su costa rocosa golpeada por las olas y obliga a anclar, luego, a unos cuantos metros.

Desolada, esto es la Nación Pingüino. Los de Magallanes imponen su mayoría. Anidan entre las piedras, en pozos y también en las ruinas de una vivienda que allá lejos alojó a un equipo de guarda faros. Pero los más buscados acá son los de penacho amarillo, parientes cercanos de muy descriptivo nombre y un andar bien característico, cómicamente altivo. Los hay también en Isla de los Estados y en Malvinas, pero se dieron a conocer entre el gran público por la película animada Happy Feet, donde consiguieron un recordado protagónico.

Dos colonias de lobos marinos ocupan también sendos sectores, que protegen con celo. Más allá, se acomodan los cormoranes biguá. Por acá, las palomas antárticas. Son como barrios bien definidos, cuyos límites nadie transgrede. A excepción de las skuas, parientes rapaces de las gaviotas, que suelen acechar a los pingüinos bebés y, con sus vuelos rasantes, le ponen una dosis de drama y súper acción a esta más bien bucólica isla. 

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