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En el cerebro adicto

¿Qué ocurre cuando una droga llega a las neuronas? ¿Cómo cambia y qué daña?

Alcohólico.

Lisandro no se olvidará nunca del día en que dejó de fumar. Fue el 14 de abril de 2011. "Ese fue el día que tuvimos la consulta con la neumóloga pediátrica", recuerda. Su hija había nacido con una malformación adenomatosa quística en el pulmón izquierdo. Su condición podía pasar a crítica de un momento para otro. "La médica nos dijo que era una bomba de tiempo y que había que operarla", dice. Para entonces la pequeña tenía 11 meses. Lisandro, con 32 años, fumaba un paquete de cigarrillos por día. A veces más. La angustia que le producía el estado de su hija lo sorprendía con otro cigarrillo en la boca. Pero ese día en el consultorio, luego de que la neumóloga examinara las radiografías, levantó la vista y encaró a Lisandro.

—Y usted, padre, va a dejar de fumar.

—Pero mire que yo nunca fumé delante de ella, ni siquiera de mi esposa.

—No importa, cuando usted vuelve a su casa trae trazas de nicotina en la ropa, en las manos y su hija no puede estar expuesta a la más mínima contaminación. Tiene que dejar.

Así que, cuando salió junto a su esposa y su hija del consultorio, tomó la resolución. "Yo tenía una caja de diez, porque estaba tratando de fumar menos, y la tiré", recuerda.

La determinación fue firme e indeclinable. Hasta entonces había rechazado todos los pedidos en su entorno familiar para que abandonara la adicción al tabaco. "Me decían que iba a terminar con cáncer, pero a mí no me importaba nada. Pero cuando me di cuenta de que estaba comprometiendo nada menos que la vida de mi hija dije ya está, no fumo más", recuerda.

No fue fácil dominar la abstinencia. Una compañera de trabajo le sugirió que tomara agua cada vez que sintiera deseos de fumar. Con eso y con chicles de nicotina pudo lograrlo. Para fines de ese año ni siquiera le molestaba que una persona fumara delante suyo.

Lisandro se siente orgulloso de su decisión y al cabo de seis años cree que ya no tendrá una recaída. Pero es imposible estar seguro.

El cerebro de un adicto logra establecer circuitos tan firmes que, a veces, son casi imposibles de destruir.

Para verlo de un modo más gráfico, el cerebro adicto se parece un poco a una casa en la que los adultos se han ido y queda a cargo un adolescente dispuesto a tomarse la revancha. El control paterno se ha retirado y el único habitante del hogar dejó los estudios y ahora se dedica a jugar a la play station, a ver pelis, a escuchar la música a todo volumen, a comerse todo el helado y dejar la ropa sucia tirada por cualquier lado. Y cuando se acaban las "recompensas" adentro, invitará a sus amigos a fiestas interminables, con incursiones salvajes al barcito de sus padres. Al cabo de una semana la casa estará irreconocible. Algo similar ocurre con el cerebro adicto.

¿Cómo funciona?

"El cerebro junta pedacitos, ensambla y relaciona esos pedazos para armar una historia", explicó el neurocientífico argentino Ruben Baler, durante un reciente seminario patrocinado por la Junta Nacional de Drogas. Allí se analizó desde la visión de distintos especialistas los efectos que tiene en el cerebro el consumo abusivo de sustancias.

El especialista describió el funcionamiento del órgano más complejo del cuerpo en forma esquemática. Unos cien billones de neuronas operan el cerebro a través de un cuadrillón de conexiones. Para comunicarse, las células cerebrales activan los neurotransmisores. La dopamina es uno de ellos y es, además, el que suele activarse con el consumo de drogas. "La dopamina codifica el aprendizaje asociado a la recompensa", explica Baler.

Pero estos mecanismos suelen imprimirse con tal intensidad en el cerebro que llega a modificar su estructura.

Desde hace años María Cecilia Scorza, doctora en Ciencias Biológicas e investigadora del Departamento de Neurofarmacología Experimental del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, se dedica a investigar el tema. "El consumo repetido de una droga cambia la estructura y el funcionamiento del cerebro. Dependiendo del tipo de droga, porque hay más adictivas que otras, esos cambios pueden ser de muy larga duración. Es por esta razón que es tan difícil revertir un consumo adictivo", explica.

Entre otras cosas el consumo sostenido produce una disminución de los mecanismos que permiten medir las consecuencias negativas de un acto determinado, al tiempo que aquellos neurotransmisores que desencadenan el sistema de recompensa resultan insuficientes. "Impedir la recaída es una de las estrategias terapéuticas mas valiosas, de eso depende que la persona vuelva a no consumir. La adicción no se cura, es como el asma, pero uno puede prevenir la recaída", sostiene Scorza.

Los efectos son más dramáticos cuanto menor es la edad del consumidor. En esta línea el psiquiatra Pablo Trelles, especializado en el tratamiento de niños y jóvenes de hasta 18 años con disturbios psiquiátricos agudos y dependencia de drogas, fue una de las voces que se alzó contra la regulación de la marihuana.

"Cuanto más joven una persona se inicia en el consumo de drogas, más grave será su pronóstico pues su cerebro inmaduro será modelado por las mismas, con las consiguientes dificultades de aprendizaje y adaptación a las exigencias del desarrollo", sostiene Trelles. "Esto es válido para todas las sustancias que intervienen en los mencionados circuitos: desde el tabaco y el alcohol, a la marihuana, las drogas sintéticas, la heroína, y un largo etcétera", agrega.

Todo reside en el denominado sistema límbico del cerebro, que contiene el circuito de recompensas y, básicamente, es el puente que vincula varias estructuras cerebrales que regulan nuestra capacidad de sentir placer. El sistema límbico se activa tanto por actividades saludables y cotidianas, como comer y socializar, o también por el uso de drogas adictivas.

La psiquiatra argentina Magdalena Boano, jefa de la Clínica de Conductas Adictivas del Instituto de Neurología Cognitiva de Buenos Aires, tiene una vasta experiencia en el tratamiento de adictos a las drogas. Boano explica a Domingo cómo actúa este sistema para disparar dependencias totales de una droga. "El circuito de recompensa involucra diferentes áreas cerebrales. Cuando se activa este circuito se refuerzan actividades que nos resultan gratificantes y de esta manera se seleccionan ciertos comportamientos frente a otros", indica.

El consumo de algunas sustancias produce una liberación de dopamina que puede ser mucho mayor y su efecto más duradero que el que producen algunas conductas que usualmente producen placer como por ejemplo comer, escuchar música y la actividad sexual. "De esta manera, se sobreestimula el circuito de recompensa a través de una liberación incrementada de dopamina enseñando al cerebro a repetir esta conducta y motivando a la persona a continuar consumiendo", señala Boano.

Una sensación que cualquier fumador conoce bien. "Había cigarrillos que fumaba en determinados momentos y que fueron los que más extrañé cuando pude dejar el vicio", señala por su parte Roberto, de 56 años y siete de cesación.

El primer cigarrillo del día que solía fumar con el mate mañanero; el cigarrillo posterior al almuerzo; el de media tarde con el café; el que fumaba al salir del trabajo, y el último del día, después de la cena. "A esos cinco cigarrillos se me colaban otros tantos cuando me subía la ansiedad por alguna razón, por eso mi mínimo eran diez por día", recuerda Roberto.

Tuvo que sufrir un cólico nefrítico agudo para llevarse el susto y dejarlo. "Me sentí asqueado cuando prendí el que fue mi último cigarrillo y dije: Este es el momento, lo dejo. Y después me di cuenta de que podía controlar mis momentos de ansiedad tomando un trago de agua, así de sencillo", cuenta.

Siete años más tarde Roberto ya no necesita un vaso de agua para controlar un empuje de ansiedad. El único problema que advierte es que ganó peso, era inevitable, pero también rescata ventajas en ese punto. "Ahora disfruto más de las comidas, mejoré el gusto y el olfato de manera notable", asegura.

Cambio de hábitos.

Tal vez el secreto de este éxito contra el tabaquismo, tanto para Lisandro como para Roberto, tuvo que ver con la sustitución de hábitos.

"Sí, es posible sustituir una adicción, bajando el valor de incentivo o la valoración de la droga por otro factor que tenga mayor valoración. El problema es que el efecto de una droga es muy fuerte y recompensante y nuestro cerebro aprende y dirige la motivación para conseguir nuevamente esa droga. La clave es buscar factores con mayor valoración que la droga o recuperar el valor reforzador de otros factores que te hacen sentir bien", sostiene la investigadora Scorza.

Si bien la droga principal en el tabaco, la nicotina, puede producir fuertes niveles de adicción —hay especialistas que sostienen que es tan poderosa como los efectos de la heroína— hay drogas adictivas aún más potentes. La cocaína, como se conoce habitualmente al clorhidrato de cocaína, puede ocasionar rápidos cambios en el cerebro y aumentar el umbral de tolerancia a la droga. Ello hará que el la persona necesite de dosis cada vez mayores para satisfacerse.

El consumidor de cocaína puede volverse crónico en poco tiempo y las consecuencias de ello se ven reflejadas en un paulatino deterioro físico. El uso crónico causa pérdida del apetito haciendo que muchos tengan una pérdida significativa de peso y sufran de malnutrición.

La dependencia se acentúa aún más con el consumo de pasta base de cocaína, sustancia a la que se llega por la degradación en varias etapa de la sustancia madre, que es la hoja de coca. Los especialistas sostienen que, a menudo, quienes utilizan estas drogas son politoxicómanos que alternan con otras sustancias. Los daños en el cerebro producidos al cabo de varios años de consumo resultan del todo irreversibles.

Aunque se ha investigado a fondo el cerebro y, en particular, el daño ocasionado por las adicciones, aún hay cosas inexplicables. "En realidad, hasta el día de hoy no se sabe por qué no todos los que consumen drogas se vuelven adictos. Hay un porcentaje bajo de consumidores ocasionales y habituales que no desencadenan el consumo compulsivo", asegura Scorza.

Lo que ha sido visto como un grave fallo moral quizás no sea otra cosa que un fallo en los intrincados mecanismos que rigen la trama cerebral.

Las celebridades y las drogas.

Numerosas celebridades han sucumbido bajo el poder de las drogas, para muchos fue un camino de ida en tanto que algunos lograron rehabilitarse. Solo por nombrar algunos, el veinteañero Justin Bieber; el actor Maculay Culkin (foto), cuya imagen de mayor sorprendió al mundo; Lindsay Lohan se perdió por la cocaína y el alcohol; el actor Charlie Sheen ha entrado y salido de rehabilitación; Ozzy Osburne, con varias recaídas; Courtney Love logró rehabilitarse; Whitney Hosuton, tuvo un camino de ida solamente; Diego Armando Maradona, el mítico 10 con idas y vueltas en sus adicciones.

Rehabilitar de forma integral.

"Los trastornos por consumo de sustancias pueden ser tratados con éxito", sostiene la psiquiatra Magdalena Boano. El objetivo del

tratamiento, más allá de la interrupción del consumo y de sus efectos nocivos sobre el

cerebro y el organismo en general, debe dirigirse a una rehabilitación integral, que permita a la persona retomar una vida funcional acorde con sus objetivos y adquirir o retomar hábitos saludables. "Las personas que padecen una conducta adictiva han perdido el control

sobre su vida, de manera que se han alejado de vínculos significativos, descuidaron el estudio o el trabajo y abandonaron actividades que previamente le eran placenteras. La conducta adictiva impacta en múltiples áreas de la vida. Por este motivo, deben contemplarse durante el tratamiento los problemas médicos asociados; las comorbilidades psiquiátricas que pueden influenciar el curso y la respuesta al tratamiento; las dificultades a nivel social, familiar, laboral y legal que pueden acarrear los mismos", explica Boano.

Ludopatías, adicción a tecnologías y a compras compulsivas

Hay otras adicciones para las que no son necesarias las drogas. Tal vez la más cercana es la ludopatía, la afición extrema al juego; pero también se estudian otras como las vinculadas a la tecnología o a las compras compulsivas. "En el juego patológico también están implicados factores neurobiológicos pero en este caso parecen mediados además por otros neurotransmisores, como la noradrenalina, cuyo déficit es muchas veces de origen genético", explica el psiquiatra Pablo Trelles. El especialista agrega que muchas veces el ludópata combina su adicción al juego con el alcohol o drogas. En relación con las adicciones a la tecnología —desde los video juegos al uso de smartphones o de redes sociales— la ciencia no ha llegado a certezas en la materia. "Es probable que también estén involucrados varios sistemas neuronales", opina Trelles. Sin embargo plantea sus dudas en cuanto a cómo clasificar a un "adicto" a Internet o a los celulares inteligentes. En cuanto a las compras compulsivas sostiene que "han sido tradicionalmente asociadas a fenómenos tales como perturbaciones de la personalidad y otros trastornos mentales".

Binomio autores y drogas.

La relación de los escritores con el alcohol y las drogas ha sido divulgada por numerosas biografías y estudios. A nivel local es bien conocida la relación de Juan Carlos Onetti con el alcohol y, como él mismo lo confesó en una entrevista, con algunas drogas estimulantes. "El escritor es un ser perverso. Yo soy perverso. Tomo porque me gusta; fumo porque me gusta. El alcohol me ayuda a escribir. Todavía no he escrito borracho como Faulkner, mi maestro. Este es mi maestro en lo literario, no en lo alcohólico. Hubo un tiempo que tomaba pastillas, recetadas por un médico, para escribir. Ahora escribo en pelo, como dicen los gauchos que montan a caballo; o, si quiere, a capella", contó en una entrevista. A propósito de los maestros norteamericanos, la historia del Nobel William Faulkner con el alcohol quedó muy bien reflejada en la película Barton Fink, de los hermanos Cohen. Su rival en las letras, el también Nobel Ernest Hemingway era un bebedor empedernido a lo largo de casi toda su vida. La periodista estadounidense Olivia Laing, que examina la influencia del alcohol en un grupo de escritores contemporáneos, abre su libro El viaje a Echo Spring con una escena protagonizada por los escritores John Cheever y Raymond Carver, bebiendo dentro del auto. Ambos tuvieron un historial de alcohólicos crónicos que se acentuó sobre el final de sus días. Otros escritores que, aunque no suelen integrar el canon literario norteamericano se han convertido en autores de culto integraron su adicción a la bebida a la propia obra. Es el caso de Charles Bukowski, quien escribió: "Ese es el problema de beber, pensaba, mientras me servía un trago. Si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que hacer que algo pase". Stephen King, un autor de gran popularidad superó ya en plena vida adulta sus adicciones al alcohol y las drogas. Entre los latinoamericanos se destaca el caso del mexicano Juan Rulfo, quien intentó mitigar su silencio literario con la bebida. "Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos", escribió Charles Baudelaire.

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