-¿Cuál es el desafío de estar en La culpa es nuestra?
-Tenía muchísimas ganas de volver a trabajar con Gonza, con el Piñe -con quien nunca había laburado-, y de estar al lado de Martín Cardozo en su primera incursión televisiva. El desafío es trabajar con esa gente. Por ahí pasa mi única motivación desde hace mucho tiempo, por la gente.
-¿Primera vez delante de cámaras y sin personaje?
-Sí. Yo fui Carlos Tanco ya (parece la confesión de un esquizoide) en radio. Estar sin el escudo del personaje es más riesgoso, la eficacia se torna más difícil porque yo no soy una persona muy graciosa de por sí. Sin embargo, en la esencia es lo mismo, tengo un estilo humorístico al que no puedo renunciar, no por principios, sino por impericia. No soy capaz de dislocarme en varias formas y expresiones diferentes (lamentablemente). Voy a tratar de ser completamente distinto, pero seguramente fracase.
-¿Diferencias entre escribir para uno y para otros?
-Uno tiene que contemplar al otro, no le podés hacer decir cosas que le queden incómodas. Eso a veces tranca un poco. También hay que detectar dónde está su mayor eficacia para insistir por ese lado y puede ser difícil, ya que el humor es bastante personal-editorial y uno naturalmente arranca para su propio trillo y estilo. Cuando los otros son el Piñe, Cammarota, Cardozo o Rafa Cotelo, el resultado es mejor que cualquier interpretación mía, ellos hacen crecer el texto con su capacidad humorística.
-¿Qué rescatás de El punto je o Agarrate Catalina?
-Vampirizar a gente con mucho talento, como Fernando Schmidt en El punto je. La Catalina es en la suma afectivo+didáctico: insuperable.
-¿Darwin Desbocatti?
-Es una satisfacción, un lugar donde el temor que siento habitualmente es mucho menor al experimentado en el resto de mis actividades. La gente es muy permisiva y cariñosa con él. No sé si tiene fecha de vencimiento, supongo que yo la tengo y que se aburrirán de mí en algún momento y no haré reír a más nadie. Pero no sé cuándo va a ser.