Cada elección presenta el mismo panorama: volantes y folletos por todos lados, carteles en la calle y jingles sonando por radio, televisión y los molestos parlantes.
Las melodías y las letras ideadas por los profesionales de turno hacen al éxito de los candidatos: "Sin dudas", dice Miguel García, autor de más de mil jingles políticos y publicitarios, y con tres décadas de trayectoria. García pone el ejemplo de Barack Obama, para no herir susceptibilidades locales: "Si serán importantes los jingles que el que compusieron para su campaña (entre los latinos), un reggeatón, consiguió disolver la asociación Obama-Osama que en un principio se manejó en los medios de comunicación. Con ese jingle, Obama se sacó un gran problema de encima", afirma. Son pocos los que se encargan de esto en Uruguay. Tres productoras -Mezcal, Absolut y La Mayor- y un compositor independiente, Roberto Da Silva, musicalizan las ganas de ocupar cargos o bancas. Un jingle puede costar entre 2.500 y 5.000 dólares, dependiendo de la importancia del candidato o la lista. Una vez acordado el precio, éste se paga por única vez. Luego, el compositor no percibe derechos de autor, por más que un jingle sea usado una y otra vez. Hay algunos que son usados para más de una elección y los autores lamentan la carencia en la labor de Agadu, la asociación que administra los derechos de autor de todos los compositores, que debería recaudar regalías por los jingles. El tema de las regalías es el más negativo en la situación actual, pero hubo épocas en las cuales los problemas eran otros. "Las simpatías políticas puede condicionar a los intérpretes. Ahora ya no hay pruritos, y hay muchos cantantes. Pero en los 80, no había quien quisiera cantar un jingle para Pacheco", recuerda un autor, que no quiso identificarse.