Cuando Scott McClellan trabajaba en la oficina de prensa de George W. Bush, perfeccionó el arte de "transmitir el mensaje", la práctica manipulativa de poner en la agenda pública los temas que quería el jefe e ignorar otros puntos claves del debate en los medios.
Ahora, McClellan ha escrito un libro sobre sus días con el presidente: Qué Pasó. Adentro de la Casa Blanca de Bush y la Cultura de Decepción en Washington. Cuando se terminan de leer las más de 300 páginas, uno se pregunta exactamente qué mensaje quería transmitir.
McClellan empezó a trabajar para Bush en enero de 1999, en la gobernación de Texas. Para julio de 2003 fue nombrado secretario de prensa de la Casa Blanca. Bush y su equipo "mintieron, manipularon, evadieron, negaron y engañaron", escribe en una parte. "Pero Bush es fundamentalmente una persona decente", afirma en otra y agrega que no cree que Bush o su administración "deliberada y conscientemente buscaron engañar al pueblo de Estados Unidos".
McClellan tal vez quiera creer lo último. O tal vez abogados especializados en casos de difamación le recomendaron que incluya un apoyo al presidente. Las partes más informativas del libro son aquellas en las que el autor guía al lector a través de los enormes esfuerzos que hacía la Oficina de Comunicación para manipular a la opinión pública en nombre del presidente.
No debería ser una sorpresa que comunicadores profesionales como McClellan estén en la aduladora actividad de decirle a los medios y al público lo que el jefe quiere, sin importar si es verdad o no. En el libro, sin embargo, el desagradable arte de las relaciones públicas desciende varios niveles más cuando el autor describe cómo una guerra que hasta ahora les ha costado la vida a 4.000 estadounidenses se promocionó con toda la solemnidad de una campaña publicitaria de Coca Cola Light.
Andy Card, jefe de gabinete, lanzó la campaña para vender la guerra en setiembre de 2002 porque, como le dijo al New York Times, "desde el punto de vista del marketing, no se introducen nuevos productos en agosto". ¿Y si no se seguía el guión del marketing? Había que buscar otro trabajo. El consejero principal en cuestiones económicas, Lawrence Lindsey, fue el encargado del peligroso tema del costo de la guerra (mala publicidad) y le dijo al Wall Street Journal que la cuenta estaría en el orden de 100 a 200.000 millones de dólares (hasta ahora, el costo ha sido más de 500.000 millones, según el National Priorities Project, un grupo de investigación sin fines de lucro). "Hablar del costo proyectado de la guerra no era parte del guión, en particular cuando la Casa Blanca estaba en las cruciales etapas iniciales, en las que debía concitar amplio apoyo popular", escribe McClellan. Cuatro meses después, Lindsey renunció.
McClellan vio las señales de advertencia durante años, pero no abandonó el barco. No le parecía bien que Bush como gobernador estuviera a favor de la pena de muerte, pero redactaba las justificaciones y las defensas de Bush porque "eso es lo que hace un vocero". Una vez escuchó a Bush decir que no se acordaba si alguna vez había probado cocaína. Le sorprendió que alguien dijera eso: no es un dato que la mayoría de la gente suele olvidar. Incluso antes de asumir como secretario de prensa dudaba que fueran a hallar armas de destrucción masiva en Irak.
Aún así decidió quedarse, transmitiendo el "mensaje". Hoy, McClellan dice comprender las desventajas de las ladinas "tácticas de campaña moderna" para temas de solemne importancia histórica como la guerra en Irak. Una pena que no comprendió eso antes. (Bloomberg)