Nada más nacer son rechazados. Sus padres suelen abandonarlos, a ellos y a sus madres. Profesores y compañeros los discriminan e insultan en la escuela. Les cuesta encontrar trabajo y, cuando lo consiguen, son marginados. Sufren problemas ópticos y el sol africano, inclemente, les provoca ulceraciones y quemaduras. Muchos mueren jóvenes de cáncer en la piel. No es fácil ser albino en la gran mayoría de los países africanos. Especialmente en las zonas rurales, donde se explica su falta de pigmentación por una maldición cernida sobre la familia. La situación está cambiando lentamente, pero aún hay mucho por hacer: en zonas pesqueras y mineras de Tanzania, donde la pobreza se conjuga con la ignorancia y la superstición, ya no se trata de marginación, sino de asesinato. Veinte personas con albinismo fueron asesinadas y mutiladas en el pasado año. Tan grande fue el horror por los asesinatos rituales -hay más de cien detenidos- que el presidente tanzano, Jakaya Kikwete, en un discurso televisado, abominó la superstición, prometió castigos para los brujos y la pasada semana nombró ministra a Al-Shymaa Kway-Geer, la primera albina en el gobierno. De hecho, una de las primeras tareas de la nueva ministra será realizar un censo para facilitar su acceso a la educación y a la sanidad. Suráfrica es de los pocos países africanos que reconoce la condición genética como una discapacidad. Hay más albinos en África que en cualquier otra parte del mundo. De hecho, los primeros colonizadores portugueses los designaron como una raza aparte. Si en Europa la ratio de albinismo es de una por cada 17.000 personas, en África asciende a uno entre 2.000 o 5.000 habitantes, dependiendo del país. (El País de Madrid)