PETER MUELLO, AP
Un carioca de clase media jamás se aventuraría a visitar algunas de las favelas que cubren las colinas alrededor de las playas de Ipanema. Pero cada vez más extranjeros se olvidan de los barrios cerca de la playa, con sus costosos hoteles y comercios, y tratan de ver "el verdadero Brasil", el de los morros.
Gabe Ponce de León es uno de ellos. Vino a Río en 2001 desde Estados Unidos en un intercambio estudiantil y se dio la gran vida hasta que descubrió las favelas. Comenzó a enseñar inglés y tuvo su primera experiencia en un barrio de emergencia cuando un estudiante lo llevó a Rocinha, un sitio cuyo solo nombre le inspira miedo a muchos brasileños.
"Rocinha parece un sitio deprimente desde afuera, como si se tratase de una fortaleza inexpugnable", declaró Ponce de León, de 27 años. "Pero adentro es como un pueblo, los chicos juegan en la calle y uno conoce a los vecinos``.
Ponce de León decidió alquilar una habitación en la casa donde residió como estudiante por 75 dólares al mes y sumergirse en la vida de la favela.
"Es muy divertido. Hay grupos de samba allí, bailes funk y muchos bares", expresó. "No hay policías, ni abogados, ni burocracia, ni comercialismo o regulaciones corporativas``.
La italiana Barbara Caroli se entusiasmó con las favelas al sentirse cautivada por las miles de luces que iluminan las colinas de noche.
"Sentí que me estaban invitando", declaró Caroli, quien dejó su trabajo en una agencia de bienes raíces en Milán, se radicó en Rocinha, se casó y abrió una escuela para niños en edad preescolar. "Esto es la vida. Hay balaceras y a veces una no puede dormir por los tiros, pero casi nunca se ve un cadáver. La gente no celebra la muerte, celebra la vida".
Si bien no se sabe con exactitud cuántos extranjeros viven en las favelas, la Federación de Asociaciones de Favelas de Rio dice que su número ha aumentado significativamente y en la actualidad hay varios cientos, particularmente de Europa y Estados Unidos.
La mayoría tuvo su primera experiencia de favela con paseos turísticos en jeep o a pie que se iniciaron en la década de 1990.
En las favelas menos violentas hay ahora hoteles. Algunas de ellas hacen publicidad en inglés en internet, tratando de atraer a los turistas más aventureros.
Un servicio llamado "Favela Receptiva" ofrece habitaciones en casas de las favelas, desayuno gratis, sábanas y servicio telefónico.
"Las favelas tienen una imagen negativa, de drogas y violencia, pero los visitantes comprueban que es algo distinto", dijo Marcelo Mendona, quien alquila una habitación en su casa de la favela de Vila Canoas. "A la gente le encanta ir a la panadería y al bar de la esquina. Ayudan a la economía local".
Mendona ha recibido en su casa a gente de Gran Bretaña, Australia, Hong Kong y España. Algunos de ellos se quejaron de que la favela, una de las más seguras de la ciudad, era demasiado tranquila.
Mabel Taravilla, de 29 años, alquila una habitación por el equivalente a 200 dólares mensuales y convive con Mendona, su esposa y sus dos hijos. "Es barato y tranquilo. La guerra de las drogas no pasa por aquí`", manifestó Taravilla, una estudiante de antropología española.
Una zona segura
Durante muchos años, las 600 favelas de Rio de Janeiro ocuparon un espacio romántico en la imaginación de los brasileños. Fueron el sitio donde nació la samba y las escuelas de baile que atraen a multitudes de muchos más recursos durante el carnaval.
Todo cambió en la década de 1980, en que bandas armadas locales comenzaron a traficar con cocaína. Hoy, pocos brasileños de clase media han pisado una favela.
Si bien muchas favelas tienen espectaculares vistas al mar y sus residentes están acostumbrados a los extranjeros y a los turistas, la mayoría se encuentran detrás del Cristo Redentor, en la parte norte de Rio, en una zona baja, brutal, sucia, en la que las tasas de homicidios son similares a las de zonas en guerra. Las balas perdidas son un peligro constante y el comercio cierra si los barones de la droga así lo disponen.
Las bandas de narcotraficantes, no obstante, tienen una sanguinaria forma de mantener el orden, que hace que en las favelas haya menos delincuencia que en otros barrios.
El pintor británico Bob Nadkarni se mudó en la década de 1970 a la favela de Tavares Bastos, en la cima de una sinuosa calle de piedra que recuerda la época colonial, que desemboca en una serie de callejones, comercios y departamentos de ladrillo pelado.
Nadkarni descubrió la favela cuando su sirvienta se enfermó y la tuvo que llevar a su casa. Una mirada rápida al cerro Pan de Azúcar bastó: decidió construir su casa allí.
Ahora le alquila habitaciones a visitantes y tiene un espectáculo de jazz una vez al mes que atrae a turistas extranjeros y brasileños.
Algunos europeos se quejan que algunas favelas son demasiado tranquilas