Y China cosechó papas en el espacio

| Las ironías de Mao se cumplen. Pekín podría plantar tubérculos en la estratósfera. Detrás de la preocupación científica se vislumbra la lucha por el espacio exterior.

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MELINDA LIU, JOHN BARRY, NEWSWEEK

China ha estado jugando a seguir al líder en el espacio por un largo tiempo. En 1957, cuando la Unión Soviética puso su primer objeto en órbita, el "Gran Timonel" Mao Tse Tung dijo que Pekín "no podría poner ni siquiera una papa en el espacio". Pero Pekín se ha apresurado a prenderse en la pelea desde entonces. En 1970 China colocó su primer satélite exitosamente y puso a un astronauta chino en órbita por primera vez en 2003.

El hecho de que mucha de la tecnología espacial de China es derivada de los viejos modelos rusos y estadounidenses de hace décadas no ha desanimado a Pekín a perseguir armas antisatélites, que tanto Washington y Moscú dejaron de testear en los `80. Para algunos, la versión china de "La Guerra de las Galaxias: La Secuela" empezó más a parecerse a un ataque de los clones.

Aún así, la comunidad internacional se asustó por el exitoso test chino de un misil balístico mata-satélites el 11 de enero, que disparó protestas en Estados Unidos, Japón, Australia y otros países.

Un infeliz satélite climático chino de órbita baja -ubicado justo donde los satélites de exploración estadounidenses están estacionados- fue destruido por un "arma de energía kinética", probablemente un misil balístico DF-21 de rango medio. Es una vieja pieza de equipo. Pero lo nuevo es la exactitud de un artefacto que lo ayudó a destruir un satélite del tamaño de una heladera a 500 millas en el espacio.

"Se suponía que China no tenía tal exactitud. A los ojos de la comunidad de defensa de Estados Unidos, evidenció que los chinos tienen un nivel más alto de capacidad de lo que previamente se pensó", dijo Michael D. Swaine, un experto chino de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. "Algunos están pensando: `Si ellos pueden hacer esto y nosotros no lo sabíamos, ¿qué más pueden llegar a hacer que no sepamos?`".

El vocero del ministro de Relaciones Exteriores de China, Liu Jianchao, insistió: "Esta prueba nunca estuvo dirigida a ningún país y no constituye una amenaza a ningún país".

Pero eso sonó como un intento para disimular. Los oficiales chinos no hicieron ningún misterio con su ansiedad e impaciencia, a propósito del rechazo estadounidense a prohibir el uso de armas en el espacio, a pesar de la presión china y rusa sobre Washington para hacerlo.

La Política Espacial Nacional de Estados Unidos revelada en octubre asegura el derecho a negarle a cualquiera considerado "hostil a los intereses estadounidenses" acceso al espacio (una declaración que un oficial chino describió como el tufo del "subyugante olor a pólvora"). Teng Jianqun, director comisionado de la Asociación China de Control de las Armas y Desarme, escribió que el "sabor hegemónico" de la nueva política "traiciona una intensa determinación para ejercitar el control en el espacio".

La valentía de la fuerza militar china a menudo ha sido encubierta por la filosofía china de "mantener las capacidades de uno bajo llave esperando el momento para utilizarlas". Los últimos tests parecen haber volado esa cubierta; quizás el despliegue de Pekín en su exhibición muscular sorprendió a analistas extranjeros más acostumbrados a las bonitas y mimosas caras del "poder suave" de China.

Fracasos por todo lo alto

Pero eso no explica el largo silencio diplomático del ministro de Relaciones Exteriores chino, que no admitió que las pruebas se habían realizado hasta la semana pasada, dos semanas después del hecho. El día del anuncio en los medios de las mencionadas pruebas en Pekín, el 19 de enero, el vocero Liu Jianchao fue acosado por periodistas en la oficina del ministro de Relaciones Exteriores. Dio vueltas y contestó con evasivas si los tests efectivamente se habían desarrollado -"No tengo ninguna constancia a propósito de esos tests", dijo escuetamente- y concluyó reiterando la tradicional posición de Pekín de oponerse a las armas en el espacio.

El largo período de medias tintas y dudas sugiere que los diplomáticos del ministro de Relaciones Exteriores estaban fuera del asunto completamente, o conscientes de las pruebas pero fueron cazados con la guardia baja por la intensidad de la reacción internacional. Algún tipo de error en los cálculos parece lo más probable, dado que no era la primera vez que se colocaba un misil mata-satélite.

Expertos estadounidenses dicen que China lanzó sin éxito al menos tres veces pruebas antisatélites previas, en abril, octubre y noviembre del año pasado. Aunque los estrategas militares estadounidenses estaban al tanto de los fracasos de 2006, no dijeron nada públicamente, y tampoco lo hicieron los chinos.

Tal vez las autoridades de Pekín asumieron -incorrectamente, como se supo a la postre- que ambas partes guardarían silencio también esta vez.

La fuerza militar de Pekín ve la dependencia creciente de Estados Unidos hacia los satélites como un síntoma de vulnerabilidad. Un artículo de prensa chino que analizaba el uso estadounidense de los satélites durante 2003 en la guerra de Irak estimaba que "Estados Unidos confiaban en satélites para el 95% de información en vigilancia, 90% de comunicaciones militares, y 100% de navegación y posicionamiento", dijo Dean Cheng, quien rastrea aspectos militares y tecnológicos chinos en el Centro para Análisis Navales, en Washington D.C..

Las autoridades chinas reconocen que su país es un recién llegado en el espacio, e insisten en que ellos no están desafiando la posición de los estadounidenses o de los rusos.

Sin embargo, los tests antisatélites recientes de China podrían haber sido una señal disuasoria, planteando dudas sobre la aceptación de la supremacía de Estados Unidos en el espacio.

Una década atrás, el régimen chino mostró su desagrado con los políticos pro-independencia de Taiwán al realizar pruebas misilísticas cerca de la isla. (Pekín considera a Taiwán una provincia renegada que debe reunificarse al continente, por la fuerza si es necesario.) En una advertencia a Pekín, Washington movió dos portaaviones cerca del estrecho de Taiwán.

Hoy, aunque esté lejos de hacerla operacional, Pekín parece estar buscando la capacidad de destrozar los satélites de los que dependen las operaciones militares estadounidenses, lo que bien podría cambiar los cálculos en una futura crisis de Taiwán.

"Estados Unidos confía fuertemente en satélites especializados, por lo que las pruebas podrían hacer pensar a los estadounidenses si realmente quieren involucrarse en el estrecho de Taiwán", dijo Arthur Ding, un analista en seguridad de la Universidad Nacional Chengchi de Taipei.

Desechos espaciales

Muchos expertos estadounidenses en defensa aseguran que las recientes pruebas claman por la necesidad del comienzo de un diálogo internacional realista con la esperanza de evitar una nueva carrera armamentista, esta vez en el cielo.

Hasta hoy la administración Bush ha declinado invitaciones de Rusia y China para discutir un tratado de prohibición de armas en el espacio. Las razones son muchas. Una prohibición en la investigación y desarrollo de armas antisatélites sería imposible de verificar. Además, la prohibición en los tests chinos desarrollados hace semanas podrían desembocar en esfuerzos internacionales por constreñir el ambicioso programa misilístico de defensa de Estados Unidos.

Una razón final para la renuencia estadounidense ha sido el hecho de que el foro probable de las negociaciones, la Conferencia de Naciones Unidas para el Desarme en Ginebra, es un cuerpo indivisible de 65 naciones.

A pesar de estas circunstancias, dice Gary Samore, un ex oficial de defensa del Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Clinton y actual director de estudios en el Concejo de Relaciones Exteriores, "valdría la pena ver si todos juntos podemos contra la media docena de países que tiene reales capacidades en el espacio, para ver si podemos llegar a ponernos de acuerdo en establecer medidas tácitas o explícitas para impedir o restringir los trabajos antisatélites. Todavía ni siquiera intentamos esa aproximación".

La prioridad podría ser un acuerdo básico asumiendo el peligro de los desechos espaciales de los satélites pulverizados, una de las razones por las que Washington y Moscú dejaron de testear sistemas de pruebas antisatélites hace 20 años. Ahora la entrada pública de China al juego antisatélites ha dejado unos dos millones de fragmentos de desechos indefinidamente en órbita, amenazando otros satélites, incluyendo los propios, según la Unión de Científicos Comprometidos (UCC).

En la luna

Laura Grego, una experta de la UCC en temas de seguridad espacial, fue clara cuando sostuvo que "los temas no son sencillos, pero puede ser posible, como primer paso, llegar a un acuerdo para prohibir el testeo de armas destructivas antisatélites (del tipo que China ha utilizado recientemente). Después de todo, son los desechos de ese tipo de pruebas los que se convierten en una preocupación inmediata."

Si Estados Unidos no está dispuesto a sumarse a ese primer paso, puede esperarse que China siga sus huellas y las de Rusia hacia las estrellas, y si es necesario, hacia la Guerra de las Galaxias.

Guerra del futuro

El director del departamento Gubernamental de Diseño de Cohetes de la República Popular China, Xie Guangxuan, declaró con orgullo en octubre de 2006: "La tecnología espacial china es una creación propia de los chinos. Aunque comenzamos después de Rusia y Estados Unidos, es increíble la rapidez con la que hemos llegado a donde estamos".

No le falta razón. Muy atrás queda el lanzamiento del cohete Chang Zeng, que en 1970 puso en órbita el primer satélite chino. De hecho, la carrera espacial china comienza realmente a principios de la década de 1990, toma fuerza después del acuerdo firmado en 1996 con Rusia sobre materia espacial, y da sus primeros frutos con los lanzamientos de los cohetes Shenzhou I (20 de noviembre de 1999), Shenzhou II (10 de enero de 2001), Shenzhou III (25 de marzo de 2002) y Shenzhou IV (30 de diciembre de 2002).

China lanzó en setiembre de 2004 desde el polígono espacial Jiuquan, situado en pleno desierto de Gobi, un cohete Larga Marcha 2-C, el número 19 entre los portadores de satélites recuperables que ha enviado al espacio. Oficialmente se trataba de un satélite científico, "dedicado a la observación de la Tierra, confección de mapas y otros experimentos", pero a nadie se le escapa que lo militar es lo que está en el centro de los actuales programas especiales, y China no es excepción.

Si el ritmo de trabajo de la Academia del Espacio china se mantiene, en tan sólo cinco años podrá igualar los resultados de Rusia. Los cohetes Shenzhou se parecen bastante a los Soyuz rusos y los astronautas chinos se han entrenado en el Centro de Adiestramiento Gagarin, en las afueras de Moscú.

La Academia del Espacio china desarrolla proyectos tanto civiles como militares con el propósito de disputarle a Estados Unidos la hegemonía en el espacio. Su programa militar no se ciñe a la fabricación de misiles balísticos o satélites espía, sino que aspira a la creación de un sistema integrado de interpretación, control y destrucción de cualquier tipo de aparato situado en la órbita terrestre susceptible de ser empleado contra intereses chinos.

La Academia de Investigación Tecnológica desarrolla varios proyectos que permiten interferir las comunicaciones e incluso destruir satélites, cañones láser orbitales o estaciones espaciales. Según el Departamento de Defensa de Estados Unidos, es muy probable que China disponga de estas armas en un plazo de dos a seis años.

La situación es preocupante: el despliegue militar en el espacio es inevitable a pesar de las medidas emprendidas por la ONU. La "Guerra de las Galaxias" que soño George Lucas y empezó a vislumbrar Ronald Reagan en los `80 está cada vez más cerca de ser realidad. Una vez más, la vida imita al arte.

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