YOLANDA MONGE, EL PAÍS DE MADRID
El niño que mira a la cámara acaba de colgar de un árbol un muñeco negro. Podría ser la mirada pícara de un pequeño. Pero tras su acto hay una historia de violencia y odio. No levanta medio metro del suelo y ya le han enseñado a gritar a todo pulmón: white power!, white power! ("poder blanco"). Cuando caiga la noche, la oscuridad se plagará de aterradoras llamas con forma de cruz. El niño habrá sido ayudado por la mano de su padre a encender una y levantarla al cielo. Es Misisipi, y Art Dixon acaba de bautizar a Floyd, su hijo de cuatro años, en las aguas de la supremacía blanca. Floyd es la quinta generación de varones de la familia Dixon, que pertenecen al Ku Klux Klan (KKK).
Paralelo a la vida de la Unión desde la guerra de Secesión, la historia del KKK es de terror, intriga política, absurdo y efecto hipnótico. Con astutas tácticas políticas, poderoso liderazgo y propaganda manipuladora, ha permanecido en pie como una potente fuerza en la sociedad estadounidense y sus acciones lo han hecho uno de los grupos más temidos en Estados Unidos.
Una herencia que se pasa con la sangre. De progenitores a hijos recién nacidos. Y siempre hay una primera vez en que el fuego se queda impreso en la retina. Recuerdan: que iban en el coche con sus padres y vieron arder unas cruces en un campo de labranza. Ahí estaban. Con sus capuchas y sus túnicas blancas. "No tenía ni idea de qué pasaba, pero cuando vi que prendían la cruz… Ha estado en mi corazón desde entonces", relata Ricky Draper. Han pasado 40 años desde que a los seis se le grabó en el alma lo que se convertiría en la causa de su vida: seguir las enseñanzas del Klan. Draper es el mago imperial del Imperio Invisible de América (AIE, en inglés), un capítulo del KKK que no deja de crecer en el profundo sur norteamericano.
La hija de Draper se unió a ellos hace dos años. Pero existen fotografías suyas en las ceremonias de quema de cruces desde que tenía uno. "No fui consciente de lo que era hasta que cumplí 14 o 15; no entendía las creencias del Klan". Ahora no sólo las entiende, sino que las abraza. La hija de Draper está comprometida con un chico menor de edad, como ella. Y los padres de ese chico no aprueban el KKK. Así que no podrán casarse hasta que ambos cumplan 18 años. Entonces no sólo se casarán en una ceremonia oficiada por el capellán del Klan, llamado Kludd, sino que el novio se unirá al grupo para el resto de sus días. La mujer de Draper, madre de la futura novia y abuela del próximo bebé que engrosará las filas del adoctrinamiento del Klan, ya ha comenzado a confeccionar la caperuza y la casaca para su nieto. "Sabrá las diferencias entre los blancos y los negros, le enseñaremos todo sobre la mezcla racial".
El fotógrafo James Edward Bates empezó a trabajar sobre el Klan en 1998. Sus contactos le permitieron acercarse a Ricky Draper. Pero le costó más de cuatro meses ganarse la confianza del líder del Imperio Invisible. Bates fotografía al Ku Klux Klan para hallar respuestas a su pasado, para entender sus propias raíces en la ciudad sureña de McComb, y rememora historias que oyó durante su infancia. Como aquella de un viejo negro instalado de forma perenne en un café, que Bates contemplaba con curiosidad infantil. El hombre emitía un incomprensible murmullo por habla. Un día, alguien le contó a Bates que un grupo de hombres blancos le cortaron la lengua cuando era joven, por haber dicho palabras indecorosas a una mujer blanca. En McComb se lanzaron 37 bombas incendiarias contra iglesias o viviendas de negros en 1964. No hay que olvidar el linchamiento del abuelo de uno de los mejores amigos de Bates. Por supuesto, el amigo y el abuelo eran negros. Dos tíos abuelos de Bates fueron miembros activos del Klan.
"Ku Klux Klan", palabra de connotaciones siniestras con orígenes en el griego: kuklos (círculo), más el añadido de klan, ya que sus fundadores, a finales del siglo XIX, quisieron hacer honor a sus orígenes escoceses. Los creadores decidieron dar más notoriedad a la organización y escribieron clan con K; les gustó el sonido rítmico de las palabras, y decidieron separar kuklos en dos palabras, cambiando la o de kuklos por una u, y la s final por una más impactante x.
Dos presidentes estadounidenses han estado en las filas del círculo. Uno de ellos, el trágico Warren G. Harding, deshonró la Sala Verde de la Casa Blanca al jurar allí su cargo en una ceremonia secreta. Varios jueces y al menos un presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos han admitido formar parte del Klan, igual que media docena de senadores y un número indeterminado de congresistas y gobernadores. En 1924, Georgia eligió a un Klansman para cada alto cargo de las distintas oficinas de su Gobierno; en Oregón, el Klan ayudó a elegir a un gobernador; en Indiana, el primer Estado que se jactó de abrir una franquicia del KKK, "no existía un solo funcionario que no estornudara sin su visto bueno", asegura el historiador Wyn Craig Wade.
Desde la Guerra Civil, han sido tres las veces que el Klan ha agonizado, pero nunca ha muerto. Su primera encarnación fue fundada a finales de 1865 en Pulaski (Tennessee) por veteranos del Ejército Confederado que, tras la guerra de Secesión, se resistieron a la Reconstrucción: se negaban a aceptar la idea de los esclavos libres. La organización se dedicó a aterrorizar a todos los negros y a los pocos blancos que se atrevían a hacerles frente. Los supremacistas blancos tomaron el control de casi todos los Estados del sur. Al haber conseguido su objetivo, el Klan comenzó a marchitarse como organización. El golpe de gracia se lo dio en 1870 el presidente Ulysses S. Grant al prohibir la orden y dictar el Acta de derechos civiles de 1871 (conocida como "el Acta Ku Klux Klan"). En las cuatro décadas y media que siguieron a su eliminación, las relaciones raciales en Estados Unidos llegaron a su punto más bajo. La década de 1890 vio el mayor número de linchamientos por racismo perpetrados en el país. El Tribunal Supremo había establecido la legalidad de la segregación mediante una doctrina conocida como "iguales pero separados". Pero para muchos, eso no era suficiente. El Imperio Invisible estaba preparado para volver a ponerse en pie.
Y entonces se estrenó El nacimiento de una nación, dirigida por D. W. Griffith, que coincidió con la fundación del segundo Ku Klux Klan. Era 1915 y otro hecho se concatenaría con los dos anteriores. Leo Frank, un judío acusado de violar y asesinar a una joven llamada Mary Phagan, fue linchado en medio de un gran frenesí mediático. Para muchos sureños había una fuerte resonancia entre la película y el juicio de Leo Frank, quien finalmente fue ajusticiado por una turba que lo secuestró del calabozo donde estaba retenido. Uno de los personajes de la película, Flora, era una joven virgen que se lanza desde un acantilado para evitar ser violada por el personaje negro Gus, descrito en el filme como un "renegado, producto de las viciosas doctrinas que los liberacionistas del Norte esparcieron por el Sur".
Fue la época dorada del Klan. Pusieron en la diana de su odio a los inmigrantes, en especial judíos y católicos, a la vez que siguieron practicando el viejo deporte de acosar y a veces asesinar negros. Sus militantes alcanzaron los cuatro millones tras la Primera Guerra Mundial. Soñaron con llegar a los diez, tapados con sus hábitos blancos como si fueran los fantasmas de los soldados de la Confederación muertos en la batalla contra el Norte.
Pero tan rápido como el círculo ascendió, cayó. La última resurrección del Klan llegó con la aparición en escena de otro monstruo: Adolf Hitler y el Partido Nazi. Y se incrementó el objeto de los ataques: comunistas, homosexuales, socialistas… Siguieron los linchamientos, llegando incluso a asesinar a soldados negros que volvían de la Segunda Guerra Mundial. El Klan les advirtió de que debían respetar los derechos de la raza blanca "en cuyo país se les permitía vivir".
Y de nuevo el declive. "Esos negros a los que asesinaban conquistaban derechos civiles", explica el historiador Wade. En 1974, el Ku Klux Klan alcanza su nadir. Desde entonces ha crecido lentamente y ha entrado en el siglo XXI exhibiendo una inquietante influencia entre los más jóvenes. "Es la organización racista más persistente de América", define Wade. Una institución estadounidense que hoy cuenta con cerca de 3.000 seguidores, escondidos bajo siglas legales y discretos en su afiliación. Tienen un código de reconocimiento mutuo.
Buscan conquistar "la revolución blanca". "La raza blanca tiene que unirse, recuperar nuestra herencia, nuestro orgullo; igual que la raza negra lucha por el suyo, nosotros debemos ser una raza poderosa de nuevo". Draper, el mago, el líder supremo, el hombre que entra en los cerebros de niños y adolescentes, quiere una vuelta a los años sesenta. "No se trata de arrebatarles derechos a los negros, que no puedan votar. Pero que ellos vayan a sus escuelas y nosotros a las nuestras. Mantengámonos separados". Qué ironía. Draper predica la no violencia y toma prestadas ideas del asesinado reverendo negro Martin Luther King.
En Alabama, en Misisipi, en Georgia, en Tejas, en Misuri, en Tenneesse, en Luisiana, los jóvenes esperan a la conversión. Tres primos aguardan que se inicie la ceremonia del fuego en Welsh, Luisiana. Descalza, sobre la lápida del dirigente Jimmie Maxie, una niña contempla el futuro que le espera. Ha llegado hasta allí de la mano de sus padres. De la misma mano llegará al altar. Y su mano será la que entregue a la causa blanca a sus futuros hijos. Ellos son el futuro. El Klan se dispone a encender otro inmenso crucifijo ayudado por el queroseno. "Cuando la cruz se ilumina, representa que Dios está en todos sitios y que su luz destruirá la oscuridad". "Satán es poderoso, pero el que está ahí arriba es mucho más poderoso". Ricky Draper considera que no quema cruces, no las profana; las enciende a la gloria de Dios. "Esta cruz es lo más querido por mí en el mundo después de mi familia. Daría mi vida si alguien quisiera dañarla". Ricky Draper se prepara para oficiar una misa. La mujer de Ricky Draper ha entablado una pelea con la dirección del instituto al que asiste su hija, porque en las clases de cuidados infantiles les entregan a los alumnos -todos blancos- un muñeco negro para hacer las prácticas…
Quizá sea el mismo que cuelga el niño de mirada insolente de la foto. El fotógrafo tuvo un salvoconducto, concedido por el mago imperial, para hacer su reportaje. Carta blanca. El padre del niño que lincha muñecos negros recibió con el cañón de su escopeta al fotógrafo. "Si vuelvo a ver publicada esa foto de mi pequeño, te vuelo la cabeza".
La antorcha de la intolerancia ya tiene otras manos que la recogerán.
Demandas 250 años después
El seguro esclavo
El abogado Bruce Afran ha vuelto a poner voz a una vieja reivindicación que exige reparaciones por 250 años de esclavitud. Las reclamaciones se centran en 17 empresas, desde JP Morgan, Bank of America y Lloyd`s de Londres hasta las tabaqueras Brown and Williamson y Reynolds. Diferentes demandas se han unido en una colectiva con un argumento: muchas empresas del norte de Estados Unidos, donde la esclavitud era ya ilegal antes de la guerra, facilitaron el comercio humano con préstamos para la compra y pólizas de seguros. "Las aseguradoras extendieron pólizas a los barcos que traían esclavos de África; los bancos lo financiaron. Todos formaron parte del mecanismo", dijo el abogado Roger Wareharm.
No es fácil, pero el movimiento es tenaz y está al acecho de un resquicio legal. En 2004 y 2005 un juez desestimó la reivindicación: "El sufrimiento fue terrible, y las cicatrices no se pueden borrar", pero "las reclamaciones que tienen más de un siglo han prescrito". La demanda dice que hay nuevos datos, y los representantes de las empresas lo niegan. El tribunal debe decidir si anula de nuevo la demanda o si la envía al juez para que reconsidere sus méritos. El movimiento nació con la famosa y confusa orden de campaña del general William Tecumseh del 16 de enero de 1865 -meses antes de acabar la guerra civil- conocida como la ley de "los cuarenta acres y una mula" prometidos a los negros recién liberados que le siguieron en masa después de la caída de Atlanta. Después, ha habido muchos intentos, pero siempre han topado con las mismas dificultades: cómo determinar las responsabilidades y los eventuales beneficiarios. La reclamación se relanzó en el 2000, cuando Deadria Farmer-Paellmann, una profesora de Derecho, documentó que su tatarabuelo fue un esclavo en Carolina del Sur que había estado asegurado por la compañía Aetna, creada en 1850 y que extendía pólizas a esclavos, siendo sus amos los beneficiarios. Farmer-Paellmann exigió disculpas y reparaciones; y Aetna pidió perdón.
En 2002 hubo nueve demandas. Algunas iglesias han pedido disculpas por su papel, y algunas empresas, como JP Morgan, han financiado fondos de ayuda a las comunidades negras. Pero el movimiento quiere más. "Somos los herederos de la riqueza que crearon millones de esclavos", según Farmer-Paellmann. "El objetivo es simbólico", explica Teresa Prados Torreira, profesora de Historia en la Universidad de Columbia. "No es realista pensar que se pueden determinar cantidades o beneficiarios; creo que se pretende que se reconozca el legado de la esclavitud, que se asuma que el problema no acabó al terminar la guerra civil".