Sábado | 18.11.2006
Montevideo, Uruguay | 10:14
 Que Pasa
El aire puro del Bósforo
Paperas turcas

En aquellos años los microbios eran famosos pero las medicinas no: se creía que el aire puro del Bósforo le iba bien a las paperas de los niños. Por las mañanas el mar estaba tranquilo, la barca blanca, el mismo barquero siempre amistoso. Ellas, madres y cuñadas a un tiempo, se sentaban a popa y Rüya y Galip en la proa, uno al lado del otro, ocultos detrás de la espalda del barquero, que subía y bajaba. El mar se deslizaba lentamente bajo sus pies, sus flacos tobillos, tan parecidos, que ellos alargaban hacia el agua; algas, manchas de fuel de siete colores, guijarros pequeños y semitransparentes y trozos de periódico aún legibles que miraban por si en ellos había algún artículo de Celal. La primera vez que Galip vio a Rüya, seis meses antes de enfermar de paperas, estaba sentado en un taburete que habían colocado sobre la mesa del comedor y el barbero le cortaba el pelo".

Extraído de la novela El libro negro (Alfaguara), recientemente publicado en la Argentina.

Nací en estambul el 7 de junio de 1952, un poco después de medianoche, en un pequeño hospital privado de Moda. Tanto en los pasillos como en el mundo, la noche transcurría tranquila. No había nada que agitara nuestro planeta aparte de las llamas y las cenizas que el volcán Stromboli, en Italia, había empezado a vomitar hacía dos días. En los periódicos, algunas notas sobre las tropas turcas que combatían en Corea del Norte y ciertas sospechas, basadas en fuentes norteamericanas, de que los norcoreanos estaban dispuestos a utilizar armas biológicas eran noticias de segunda fila. Las verdaderas noticias que mi madre leía atentamente, como la mayor parte de los estambulíes, horas antes de darme a luz, eran sobre "nuestra" ciudad. El empresario textil que identificó ayer el cadáver del ladrón, con antecedentes penales, al que hacía dos noches habían descubierto intentando entrar por la ventana del retrete en una casa de Langa llevando una terrible máscara, que había sido atrapado en un depósito de madera después de ser perseguido por las calles por los serenos y por los "valientes" estudiantes de la Residencia Estudiantil Konya y que se había suicidado tras insultar a la policía, aseguró que el mismo bandido había sido quien había atracado en pleno día su tienda de Harbiye el año anterior. Mi madre estaba sola leyendo aquellas noticias en el hospital porque, tal y como me contó años después con algo de rabia y de tristeza, como el parto se retrasó, mi padre se aburrió y se fue con sus amigos. Cuando mi madre me vio por primera vez pensó que yo era más débil y más frágil que mi hermano [...]

Cuando asumo como si fueran recuerdos propios lo que otras personas cuentan sobre mí y sobre Estambul me apetece decir: "(Parece ser que) en tiempos pintaba, (que) nací y crecí en Estambul, (que) fui un niño curioso ni bueno ni malo, y (que) luego, a los veintidós años, no sé por qué, empecé a escribir novelas."

(De Estambul. Ciudad y recuerdos, Mondadori).

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