Octavi Martí, El País de Madrid
Gulag. La sigla de Glávnoie Upravlienie Lagerei (Dirección General de los Campos), la red de campos de concentración montada por Josef Stalin, recién cobró sentido para el público en general gracias a la obra del novelista y premio Nobel Alexander Solzhenitsin.
Era una realidad construida a base de palabras, una realidad escasa de imágenes. Un nuevo libro —sobriamente titulado Gulag— remedia en buena medida el páramo visual.
Tomasz Kizny es un periodista polaco nacido en 1958. En 1986, tras el encuentro con antiguos deportados polacos supervivientes del Gulag, descubrió que algunos poseían fotos del infierno.
En la mayoría de los casos se trata de imágenes tomadas clandestinamente. En otras, el objetivo es más libre, pero menos curioso: en esos casos hubo que esperar al 5 de marzo de 1953, a la muerte de Stalin, para que el antiguo preso se autorretrara delante de la puerta del barracón o recinto en el que malvivió por cinco, diez o 20 años.
Kizny entró en contacto con antiguos zeks (abreviatura de zakliutchonni, prisionero), descubrió otros archivos y él mismo retrató lo que queda del Gulag, es decir, la gente que lo conoció, pero también los rastros físicos de un sistema de campos de trabajo por el que pasaron millones de personas y que costó la vida también a millones.
El libro que ahora sale a la venta en Francia, con prólogos de Serguéi Kovaliov, Norman Davies y Jorge Semprún, incluye 550 fotografías. Algunas proceden de los archivos históricos rusos, que conocieron un breve deshielo hasta que el presidente Vladimir Putin decretó una nueva glaciación.
En comparación —inevitable— con las imágenes de los campos de concentración y exterminio nazis, las procedentes de la extinta Unión Soviética obvian la muerte. El amontonamiento de cadáveres esqueléticos no forma parte de la iconografía soviética, no tanto porque la muerte no hiciera horas extras en los gulags, sino porque en la URSS ningún ejército extranjero irrumpió de pronto en aquel mundo, atrapando a los guardianes mientras preparaban la huida sin tiempo de borrar las pruebas de sus crímenes.
Solzhenitsin sí habla de centenares de cuerpos que esperan la primavera para poder ser enterrados en una tierra que deja de ser piedra, pero el testimonio gráfico de ese proceso no existe o no ha sido encontrado aún. Tampoco las autoridades soviéticas compartieron con las nazis la perversidad de la experimentación médica ni levantaron recintos que fueran única y exclusivamente fábricas de muerte, lugares a los que se llegaba para ser inmediatamente transformado en humo y ceniza.
Si Auschwitz recibía a sus víctimas con un portal coronado por el cínico lema Arbeit Macht Frei (El trabajo nos hace libres), los campos soviéticos prometían que Cheries trud domoi (El trabajo es el camino hacia el hogar), una relación de causa-efecto dudosa, pero no siempre falsa. El trabajo redentor estuvo siempre oficialmente en el corazón de las redes de campos, nazis o soviéticos, pero su explotación alcanzó distintos grados de locura o crueldad.
Trabajo de esclavos
Los presos eran mano de obra gratuita, aunque no siempre productiva, ya que no en todos los campos estaba aplicada a algo útil, a algo que no fuese la mera extenuación de los esclavos. Pero, en líneas generales, puede decirse que para la Alemania nazi, el trabajo de los detenidos en los campos fue muy importante y permitió, por ejemplo, poner en pie las bases subterráneas de lanzamiento de los cohetes V-2.
En el caso soviético, los prisioneros también fueron utilizados en gigantescas obras públicas o en lugares de extrema peligrosidad, como una mina de uranio en la que la extracción del mineral radiactivo se hacía sin la menor protección.
Pero lo más interesante, quizá por ser lo que mejor explica la naturaleza profunda de un régimen, son los testimonios de proyectos insensatos, nacidos de la megalomanía del líder y que nadie fue capaz de cuestionar. Como el Bielomorkanal, el canal de 227 kilómetros que unió el lago Onega y el mar Blanco. En la cabeza de Stalin, esto permitiría a la armada soviética en el Báltico acceder al Pacífico ahorrándose 4.000 kilómetros.
Entre 1930 y 1933, más de 90.000 detenidos —de los cuales unos 15.000 murieron en la empresa— cavaron el canal a pico y pala. Los intelectuales, entre ellos gente del prestigio de Máximo Gorki o Victor Chklovski, fueron invitados a visitar la obra y a testimoniar la eficacia de la perekovka (rehabilitación), del poder regenerador del trabajo sobre los criminales.
Que el único delito de la mayoría de aquellos fuese ser un campesino propietario de tierras, un defensor de la libertad o, simplemente, un estalinista no lo suficientemente entusiasta, eso carecía de importancia.
Como tampoco tuvo mucha que, una vez acabado el canal, el dictador se mostrase disgustado porque era "estrecho y poco profundo". No admitía grandes navíos de guerra ni mercantes, y se convirtió en una vía restringida a los viajes de placer, algo irónico en vista del precio en sangre pagado por la obra.
Que Stalin se soñaba heredero del zar Pedro el Grande quedó aún más claro cuando ordenó, en 1947, construir una vía de ferrocarril entre Petchora y Norilsk, íntegramente dentro del Círculo Polar Ártico, unos 1.300 kilómetros de vía férrea levantados sobre marismas y tundra.
Como el dictador tenía prisa, las obras empezaron sin que el trazado definitivo estuviese decidido, sin estudios geológicos, con la única obligación de poner el máximo posible de vías y durmientes para respetar las órdenes de Moscú.
Se trataba de cumplir con el plan quinquenal, con el deseo y las consignas de Stalin. Poco importaba que el agua inundase las vías durante meses, que éstas se hundiesen en el barro, que las locomotoras no pudieran circular a más de 15 kilómetros por hora para evitar constantes descarrilamientos. Nadie le contaba la verdad a Stalin porque eso le hubiera costado la cabeza a los ingenieros, pero también a los mensajeros.
La llamada "vía muerta" nunca se terminó; de los 900 kilómetros tendidos, sólo 190 pudieron ser explotados, y la obra se abandonó 20 días después de la muerte de Stalin. Es imposible no ver en ella una metáfora del comunismo y de la propia URSS, un proyecto fundado en la razón y la ciencia, pero que muy pronto descarrila y exige más y más violencia y mentira para poder seguir creyéndose legítimo.
La vía lleva a ninguna parte, a un infinito desierto de nieve, al absurdo. Tomasz Kizny ha fotografiado las locomotoras hoy abandonadas en medio del bosque, las vías cubiertas por el musgo, la utopía devorada por la naturaleza.