Leonardo Haberkorn
El sociólogo uruguayo César Aguiar, responsable de la firma de mediciones de opinión pública Equipos Mori, viaja una vez por mes a Bolivia. Desde hace cuatro años su empresa está exitosamente instalada en ese país, donde también se dedica a las encuestas. Aguiar aclara que no se considera un especialista en Bolivia, pero su experiencia en los últimos años le ha enseñado a conocer un país fascinante y, pese a la cercanía geográfica, desconocido para la gran mayoría de los uruguayos.
—¿Qué tarea realiza Equipos Mori en Bolivia?
—Estamos instalados en Santa Cruz, en una sociedad en la que nosotros tenemos el 65% y los socios bolivianos el 35%. Y tratamos de hacer lo mismo que acá. Tenemos un convenio con uno de los canales más importantes del país, Unitel, trabajamos durante mucho tiempo con un diario, El Deber de Santa Cruz, y nos fue muy bien en las elecciones. Hoy nuestro principal cliente es la Cámara de Hidrocarburos, el sector petrolero privado, lo cual nos hace estar un poco en el centro de la tormenta.
—¿Se veía venir esta crisis?
—Si, por tres o cuatro temas muy complicados. El primero es por dónde sale el gas. El segundo es el tema de la carga fiscal de las empresas que trabajan en el sector. El tercer asunto complejo es la competencia entre las diferentes compañías de hidrocarburos, y particularmente el peso de Petrobras, de Repsol-Ypf, de lo que queda de las empresas estatales bolivianas, las estadounidenses... Hay mucho dinero en juego. Bolivia es un país muy pobre desde el punto de vista de las condiciones de vida de la gente, pero terriblemente rico en sus recursos explotables. Las reservas de hidrocarburos son altísimas. Bolivia puede abastecer a Brasil, Estados Unidos, Perú, Chile y autoabastecerse durante 60 años, obteniendo con eso una renta brutal. Pero ese no es ni con mucho el único sector en el que Bolivia tiene un potencial enorme.
Nosotros estamos acostumbrados a ver a Bolivia como una nación andina del Altiplano, pero la verdad es que ese es un pedacito de tierra muy chiquito. Lo que es importante en Bolivia es el valle del Amazonas y lo que se llama el Oriente boliviano, territorios de un potencial fabuloso.
—El Oriente petrolero.
—El Oriente petrolero, que ya no es sólo petrolero. Hoy es ganadero, forestal, agrícola, turístico. Lo que hay ahí para crecer es impresionante. Y todavía está en sus primeros pasos. Con unos requerimientos de mano de obra calificada muy altos y con muchas oportunidades de crecimiento. La gente que va allí con relativamente poco capital y buena calificación tiene excelentes perspectivas.
—¿Hay otras empresas uruguayas allí?
—Conozco el caso de algunas empresas de informática que se han instalado, en general en La Paz. También hay bastantes gerentes uruguayos que trabajan para compañías internacionales o regionales. Pero diría que empresas uruguayas todavía hay muy pocas. Los uruguayos no tenemos a Bolivia en el mapa, y es un país muchísimo más interesante de lo que uno se imagina. Pero también marcado por un nivel de conflictos muy grande.
—¿Por qué es tan alta la conflictividad social?
—En Bolivia hay cuatro o cinco contradicciones básicas. Una es regional: la contradicción entre el altiplano y el valle. Este es un conflicto muy fuerte al punto que en Bolivia, aunque a uno le resulte absurdo, hay movimientos independentistas. Por ejemplo está Nación Camba, un movimiento por lo menos regionalista, pero eventualmente independentista. Los "cambas" son la gente de Santa Cruz. Ellos dicen "nosotros no tenemos nada que ver con los del Altiplano, venimos del Atlántico y de la colonización hispana, no tenemos nada en común con los indígenas de la sierra, somos guaraníes, no quechuas ni aymaras. Trabajamos la ganadería, la agricultura, la forestación, exportamos por el Atlántico. Y los del Altiplano, los collas, viven de nosotros, explotándonos y generándonos problemas como ahora que no podemos usar las carreteras".
—¿Cuáles son las otras contradicciones?
—La segunda contradicción muy fuerte de la sociedad boliviana tiene que ver con el tema del indigenismo. Los indios y los campesinos mestizos están incorporados a medias a la sociedad. Hoy participan en el Parlamento, gozan de una de las mejores legislaciones de descentralización de América y de un sistema educativo que ha crecido, pero no tienen oportunidades reales de progresar, ni de incidir.
El tercer tema es un conflicto político muy fuerte, con un sistema muy fragmentado. Hay que ver que en 2002 el Movimiento Nacional Revolucionario de Gonzalo Sánchez de Lozada ganó con el 22,3% y el Movimiento Al Socialismo de Evo Morales sacó el 22,1%. La fragmentación política es extremadamente fuerte.
Y por otro lado, está el tema de la existencia dentro de Bolivia de conflictos de intereses nacionales muy grandes. Los brasileños tienen intereses obvios allí. Brasil ya le compró muchísimas veces territorio a Bolivia y el programa de expansión hacia el oeste es uno de sus principales programas geopolíticos: la conexión de dos océanos a través de Bolivia. Y Brasil está trabajando en eso. Uno puede ver el gran desarrollo de las carreteras y las ciudades brasileñas en la frontera boliviana.
Por otro lado, está el conflicto con los chilenos por la salida al mar. Un asunto muy complicado.
Y a eso se suma el movimiento de los grupos armados que andan en los Andes y que circulan de un lado para otro con mucha facilidad. La gente que más o menos sigue de cerca la situación colombiana, a la que acá en Uruguay no le prestamos atención, dice que si el presidente Álvaro Uribe tiene éxito no va a destruir a la guerrilla ni a los carteles del narcotráfico, sino que los va a sacar de Colombia, los va a expandir. Y el lugar natural que tendrán para irse —por su desintegración social, por la falta de integración física del territorio— es Bolivia.
Como si todo esto fuera poco, está Estados Unidos, que en Bolivia tiene grandes intereses económicos y pretende erradicar los cultivos de coca. El embajador es un señor que interviene abiertamente en la política boliviana de una forma que nadie toleraría en países como los nuestros.
—¿El asunto del gas sería entonces un detonante para todas estas contradicciones?
—A algunos les resulta muy incomprensible una movilización indígena y campesina por el gas. No debe haber algo igual en el mundo, porque los indígenas y los campesinos se mueven por otras cosas. Pero es algo que tiene que ver con la historia: el sentimiento de los indígenas bolivianos es que les sacaron todo lo que había en su tierra, y es un sentimiento que tiene 500 años. Primero les sacaron la plata, después el estaño, después la salida al mar, después el petróleo, ¡y ahora nos sacan el gas! Entonces, aunque no haya una conexión racional, la verdad es que los bolivianos sienten que siguen siendo robados, sin contrapartida alguna.
—Impresiona la virulencia del rechazo a Chile.
—Ese sentimiento es histórico y deriva obviamente de la pérdida de la salida al mar. Pero es fuerte en el Altiplano, particularmente. No en la gente del este, la selva, el valle, el Chaco y el sur. En el este las principales ciudades son Beni y Santa Cruz. En el sur, Tarija. Ellas tienen los movimientos nacionalistas más fuertes, que son regionalistas pero eventualmente, como ya dije, pueden exigir la independencia. Los tarijeños para unirse con Argentina y los "cambas" para ser autónomos y tener relaciones privilegiadas con Brasil. No tengo dudas. Yo siempre pensé, después de haber ido a Bolivia un tiempo, que si algún día hay una guerra en América Latina, se desencadenará en Bolivia.
—¿Por qué?
—Porque Bolivia es el lugar en donde un conflicto civil complicado puede derivar en una intervención internacional con la excusa de evitar más muertes pero con el trasfondo de los intereses que están en juego. Podrían querer intervenir Estados Unidos, Brasil, Colombia... Veamos, además, que las reservas de gas están fundamentalmente en Tarija, en el sur. Por supuesto que a los chilenos y a los argentinos les importa poder acceder a ese gas.
Hay que ver, por ejemplo, que una coincidencia entre el presidente de Venezuela Hugo Chávez y el líder cocalero boliviano Evo Morales no es una cosa que a uno hoy le parezca una locura, si las cosas se complicaran.
—¿El ex presidente Sánchez de Lozada no supo manejarse en ese contexto?
—Yo no entiendo por qué Sánchez de Lozada no hizo lo que todos los gobiernos de la historia hicieron cuando tuvieron problemas internos graves: generar un conflicto externo. Pudo haber culpado de toda la crisis a Chile y unificar el país en el reclamo de la salida al mar.
—¿Por qué cree que no lo hizo?
—No sé, son razones complicadas que a uno se le escapan. Pero hoy en Chile hay un gobierno, entre comillas, "socialista y demócrata cristiano". Nunca en la vida los bolivianos van a encontrar una coyuntura tan favorable como ésta para plantear la solución a la salida al mar a cambio de las exportaciones de gas. Al menos para llegar a un acuerdo a largo plazo.
—¿Hay alguna lección para Uruguay de esto?
—Uruguay es un país totalmente distinto. Allá impresiona el grado de racismo que existe entre los propios bolivianos. El racismo que tienen los cambas con los indígenas no se puede creer. Yo no sé si hay lecciones. Más bien nos puede ayudar a ver que acá tenemos un nivel de consenso muy grande en comparación con Bolivia. Acá la oposición de izquierda es de una mansedumbre maravillosa. En Bolivia la cosa es a balazos. En Uruguay, por lo menos, vote lo que vote cada uno, las corrientes más radicales y las más conservadoras están todas organizadas en un sistema de partidos estable. Eso es una ventaja colosal. Que no se nos pierda nunca.
—¿Lo que pasa en Bolivia puede influirnos de alguna manera?
—Si en Bolivia se genera un conflicto que se sale de madre y que implica de alguna forma algún tipo de intervención internacional, va a afectar a toda América.
—Pienso también en la aftosa, que más de una vez ha pasado de Bolivia a Argentina y eso nos termina afectando.
— Ni que hablar. Si uno mirá el mapa está todo muy integrado. Pero insisto en que Bolivia es un país extremadamente rico en sus posibilidades. Tendría que encontrar la forma de ponerse a crecer.
—¿Y qué ha pasado que en 150 años no ha podido ni siquiera alcanzar el nivel de los otros países de América del Sur?
—Es terrible. Cuando estaban festejando el otro día 21 años de democracia, es porque estaban dando un paso adelante. Antes los gobiernos duraban seis meses. Es un logro enorme. Hay trabajos de un colega boliviano, Miguel Centellas, sobre el proceso de modernización de Bolivia, y realmente es contundente. Bolivia experimentó un proceso muy sólido de democratización. Lo que ocurre es que al final de ese proceso, la erosión de las lealtades partidarias generó que los partidos sean todos débiles, de articulación regional y no inclusivos desde el punto de vista étnico. En la sociedad boliviana no hay partidos multiétnicos en serio. Están notoriamente fragmentados. No hay ningún partido capaz de construir lo que en la década del 80 se llamaba una hegemonía.
—¿Se puede decir que pasó lo mismo que en otros países de la región, en los que se afianzó la democracia pero la economía no dio resultado?
—La economía boliviana viene creciendo. En los últimos 25 años creció: no fue una maravilla pero creció. Claro, lo que ocurre es que era una economía que tenía al 75% de la gente en el campo y ahora están llegando millonadas a las ciudades, entonces no dan abasto. No hay forma de absorber a toda esa gente. La tasa de natalidad en el país es muy alta y entonces, por más que crezca, Bolivia no tiene la capacidad de encauzar ese crecimiento en forma integrada. Y además, como en todos estos países, la educación se expandió y la gente demanda más y más y más.
—¿Qué puede pasar ahora?
—Carlos Mesa, el ex vicepresidente y nuevo presidente es un intelectual, un periodista, un hombre sin partido que llegó al MNR armado de un mensaje de anticorrupción, de transparencia, muy interesante. Tiene buen diálogo con los sectores de oposición. Pero, Asamblea Constituyente mediante, y con el plebiscito del gas en contra, ¿a dónde puede ir? Realmente no hay capacidad de gerenciar, digamos, un proceso de consolidación del crecimiento. ©