Monica Salomone, El País de Madrid
Toc, toc, toc. El sonido rítmico y seco de enormes cuchillos golpeando planchas metálicas resuena en la majestuosa lonja de Manaos. Con cada golpe, un gran pescado se parte en dos, tres, cuatro y más piezas, o pierde las escamas, la cola, la cabeza o las entrañas, que caen al suelo mojado formando un montón sanguinolento. Los pescaderos trabajan en serie, y sus voces —charlan sin miedo aparente a que sus dedos acaben entre restos de pez— acompañan el concierto de cuchillos.
Atardece, pero el calor no desciende. El cielo sobre el río se vuelve naranja mientras una decena de barcos de madera cargan el pasaje. Son los autobuses amazónicos; van llenos. El río es negro. Se llama así: río Negro. A sólo media hora de aquí sus aguas se encontrarán, sin mezclarse, con las del Amazonas, que durante kilómetros bajará bicolor —mitad marrón, mitad negro— hacia el Atlántico. El gran río-mar, a veces tan ancho que sus orillas se difuminan, desemboca tras un viaje de más de 6.000 kilómetros que comienza en los Andes peruanos y tras regar, junto con sus afluentes, una mancha verde tan extensa como casi 30 veces el Uruguay: el hábitat de tantas especies vegetales y animales que los expertos aún no han acabado de contarlas.
Mientras las cubiertas de los barcos se pueblan de hamacas y personas, tengo un instante de vértigo: la selva es un imperio de vida y a esa vida le da exactamente lo mismo que haya humanos o no. Lo obvio, a veces, también impresiona. La selva es como es desde hace unos 60 millones de años. Mucho antes de eso sólo había montañas al este del continente; los ríos nacían ahí y desembocaban en el Pacífico, al revés que ahora. Cuando hace 100 millones de años se levantó la cordillera andina en la parte occidental, entre ella y los escudos orientales quedó encerrado un mar interior que pasó a ser un lago y después la selva, con los ríos fluyendo, como hoy, hacia el Atlántico. Los primeros humanos se establecieron como mucho hace 20.000 años, una miga de tiempo para la vetusta selva. Aquí, en este río negro, esta noche, la vida seguiría evolucionando impertérrita incluso si un manojo de primates no hubiera inventado las herramientas.
Manaos multicolor
Pero las inventaron, y dos millones de sus descendientes viven ahora en Manaos. Que es tan biodiversa como la propia selva, sólo que en versión humana: en los cargadores, pescaderos, pescadores, pasajeros, cocineros —el olor a pescado frito de los chiringuitos carga el aire—que se mueven por el puerto hay genes indios, africanos, asiáticos y europeos. En palabras de un turista, "esto es una sucursal tropical de Nueva York". Como la Gran Manzana, esta ciudad donde el calor pesa lleva siglos recibiendo inmigrantes; en concreto, desde la era dorada del caucho, a finales del XIX y principios del XX. Por entonces se construyeron la lonja y el lujoso teatro Amazonas —con mármoles y cristales italianos, con fuentes de las que manaba champaña— cuya cúpula amarilla aparece en todas las postales.
Fue el intento vano de encontrar esa cúpula en el horizonte urbano el que me hizo admitir por fin que Manaos no es como esperaba. Si a un europeo le dicen: "Amazonas", responde rápido: "selva", "deforestación", "indios". Y en Manaos, capital de la Amazonia brasileña, le mirarían con la cara que pone un gallego al turista que le pide que baile flamenco.
La cúpula del teatro Amazonas hace tiempo que está enterrada en un bosque de edificios. Aquí se hace lo que en cualquier ciudad: formar atascos de tráfico, ir a la universidad, comprar en grandes supermercados. Sólo los indios que viven en la ciudad piensan en los indios, y sólo los cazaturistas que venden excursiones organizadas recuerdan que ésta es "la puerta de la selva". La portada de A Critica, el diario más leído de la ciudad, informa hoy:"Soterrado en lixeira". Un niño de 11 años fue enterrado vivo ayer en el vertedero donde buscaba comida cuando un camión descargó sin mirar. En páginas interiores, ni palabra de los indios y la deforestación.
¿Cómo es posible? La pregunta va dirigida a Bill Laurance, biólogo estadounidense del Instituto Smithsonian y temporalmente en el Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas (INPA). "A escala local, la gente se preocupa de sus problemas inmediatos, no piensa a escala global", contesta. Su estudio demostrando que el plan de desarrollo que diseñó el anterior gobierno brasileño, Avanza Brasil, provocaría la deforestación de casi la mitad de la selva en menos de dos décadas, ha convertido a este investigador en ídolo internacional de la causa amazónica.
La rutina del día a día se impone. El puerto de Manaos no es el lugar más seguro de noche. Pasan niños recogiendo latas vacías de refresco. Su problema inmediato no es la deforestación. Será, como dice Laurance, cuestión de escalas: tal vez sólo desde lejos se vea la Amazonia como una gran mancha verde. Tal vez el verde, de cerca, esté formado por tantos colores como actores hay en la selva. Están los indios. Y los madereros, rancheros y mineros que invaden las tierras de los indios. Y el gobierno, que un día lanza campañas antideforestación y al otro abre más carreteras que atraen a más madereros, rancheros y mineros. ¿Cómo combinar una paleta tan compleja con la protección de una selva que desde los 90 pierde cada año una superficie comparable a casi todo el Uruguay?
Cibercafé en la selva
El autobús a Balaio, un poblado de indios tukano a mitad de camino entre la ciudad de San Gabriel de Cachoeira y la frontera con Venezuela, cabalga por una pista entre la selva amenazando con destartalarse en cada bache. Los indios vienen de un festival de bailes regionales en San Pablo, y viajamos embutidos entre sus compras: sacos de azúcar, café, arroz, galletas, un ventilador, una bicicleta. Y entre soldados fuera de servicio que le pegan bien al ron: se dirigen a la frontera con Venezuela y resultan muy útiles en este viaje, porque el fango se traga las ruedas y hay que empujar. A ambos lados de la pista, un imperio de rascacielos vegetales se repite monótono. Dentro de sólo unas horas seremos huéspedes de los tukano.
Para visitar una comunidad indígena se necesita un permiso de la Funai, el organismo del gobierno responsable de impedir invasiones de tierras indígenas. Esta vez no ha hecho falta: los tukano nos han invitado.
Balaio es la más próxima de las áreas indígenas que controla la Funai de San Gabriel, en las que unas seis etnias distintas, cada una con su lengua y su cultura, viven en poblados a los que a menudo se llega tras varios días en barco o en avioneta. Los funcionarios de San Gabriel agradecen que no haya en la zona invasiones de madereros o mineros, los llamados garimpeiros. No muy lejos, en el área indígena Yanomami, 40.000 garimpeiros buscadores de oro provocaron la muerte de miles de indios y contaminaron con mercurio los ríos donde pescan. De eso no hace más de una década.
Balaio está a sólo cuatro horas de San Gabriel en autobús. Los tukano fueron contactados por el hombre blanco hace 80 años. ¿Cuánto conservarán de su cultura? San Gabriel, donde la mayoría de la población tiene rasgos indios, no es un pueblo pequeño. Crece en torno al enorme cuartel que abastece los puestos fronterizos, en teoría muy activos por el supuesto contrabando entre Venezuela y Colombia. No hace mucho apresaron un avión con 270 kilos de cocaína. Las casas, que suelen ser pequeñas chozas, tienen, eso sí, su parabólica en el porche. Hay un cibercafé, dos hoteles y una playa de arena blanca bañada por las aguas del río Negro, que son realmente negras. Por la mañana, los soldados salen en pantalón corto a trotar por la selva.
Las compras de los tukano de Balaio —el ventilador y la bicicleta tocan el techo del autobús a cada bache— me traen la imagen del vicepresidente de la principal asociación indígena de la región, Domingo, con sus elegantes pantalones color caqui y su camisa a cuadros. Cuando lo visité, entre la computadora y los libros de derecho sostenidos por trofeos ganados jugando al fútbol, pensé que para que muchos indios mantengan su forma de vida algunos indios deben vivir como los blancos.
Con los indios
En Balaio viven varias decenas de familias, muchas con más de cinco hijos. Las casas, casi todas de madera, están desperdigadas por el gran claro en la selva. Nuestra llegada resulta sencilla. El jefe de la comunidad vive ahora en la ciudad, y son sus padres, Casimiro y Guillermina, de edad indefinible, quienes nos reciben. Nos llevan a la maloca, la casa común, que viene a ser un gran techo de paja sobre pilares de madera. "Podéis colgar la hamaca aquí". Sin más alharacas, Tiago, hijo de Casimiro y Guillermina, saca pescado, carne de cocodrilo —de yacaré—espaguetis, arroz y harina de yuca. Primera comida a costa de los indios, café incluido. "¿Dinero? No, no, aquí no vale dinero. Dinero, en la ciudad de los blancos". La risa abierta de todos nos hace sentirnos como quien llega a un cumpleaños sin regalo.
El día en Balaio lo estrenan los gallos, que no rompen el silencio, porque aquí no hay silencio. La selva nocturna grita, ulula, canta, zumba, ladra, grazna. Se oye una radio de alguien. Hacia las seis, los tukano bajan al río con el jabón, el cepillo de dientes y un balde para coger agua, agua negra de río negro que se bebe sin tratamiento alguno. A las siete y media, colegio. "Necesitamos un profesor tukano. Los adultos hablan en tukano, pero los niños prefieren hablar entre sí en portugués", explica Paolo, maestro y a la vez pastor evangélico. Él es de Pernambuco, pero ha editado y publicado la primera gramática tukana, un material didáctico que no tienen las demás lenguas indígenas amazónicas. "Hay cuatro troncos lingüísticos en la Amazonia, de los que derivan cientos de lenguas distintas. Hoy la mayoría están olvidándose", explica.
Tras el almuerzo —hoy, piraña pescada en las mismas aguas donde nos bañamos— empiezan las visitas. La maloca se puebla. Conversan. Cantan. Circulan bebidas agridulces de mandioca y frutos de palmera. Alguien traduce para los invitados: se discute sobre la fuga de cerebros; ¿cómo mandar jóvenes tukano a la universidad y lograr que vuelvan para enseñar a su pueblo? El tiempo en Balaio se funde con el calor y, como éste, no pasa. Se balancean las hamacas. Por la noche hay misa en las parroquias, católica y evangélica. Casimiro prefiere a los evangélicos, pero no reniega ni un instante de su cosmogonía tukana: "Los tukano" —explica serio— "salieron del vientre de una serpiente que los tenía prisioneros". De siete a diez, un generador da la electricidad que alimenta la tele comunitaria. El satélite AmazonSat escupe noticias y culebrones.
No se pesca o caza todos los días, sino "cuando hace falta", dice Casimiro con aplastante lógica. Cuando toca ir al huerto, un claro en la selva que hay que abrir cada año, también viene Jacinta, embarazada de siete meses de su séptimo hijo. Recogen dos cestas de yuca de 30 kilos. Intentamos llevar la de Jacinta durante cuatro kilómetros que parecen 4.000. ¿Por qué hay culturas que casi no cambian en milenios y otras en menos tiempo inventan Internet? Da igual, porque hoy los indios de Balaio también quieren conectarse a la red de redes y aprender inglés. Dicen que sólo con las herramientas de los blancos podrán conservar sus tradiciones. En la despedida, el anciano Casimiro sí pone un precio a su hospitalidad: "Escribí que los tukano somos gente, no unos pobres atrasados".
El desierto verde
La bruma se levanta despacio esta mañana en la BR-364, la autopista transamazónica construida en los 70 para atraer a los colonos. Son 1.200 kilómetros de asfalto que cortan todo el sur de la Amazonia brasileña, y que se ven en las fotografías de satélite como la espina dorsal de un enorme pez de la que salen simétricas miles de otras espinas: las carreteras transversales abiertas para facilitar la deforestación. Para unos, la transamazónica es símbolo de desarrollo; para otros es una franja negra maldita que sólo simboliza los más salvajes programas de colonización. Más del 80% de la deforestación de la Amazonia ha tenido lugar desde la construcción de la BR-364.
Hace tres décadas, esto era selva; ahora es el Estado de Rondonia. El paisaje es un desierto de palmeras y troncos pelados que se clavan en el cielo azul, eso sí, con hierba en vez de arena. Hay vacas, serrerías, gasolineras, hoteles, restaurantes. Sus nombres recuerdan, como lápidas, a los antiguos pobladores: Restaurante Yacaré. Otros carteles celebran el emprendedor espíritu gubernamental: "Rondonia tiene un gobierno que hace".
El lema debe de ser cierto. En tres décadas, Rondonia ha pasado de 100.000 habitantes a casi un millón y medio. El gobierno ha levantado ciudades de plantilla cuadriculada, y proclama en su página web: "Rondonia: el gran éxito de desarrollo de la Amazonia". Ahí se informa de que la región cuenta con 5,2 millones de cabezas de ganado y una próspera industria maderera y minera. Se obvian, sin embargo, los estudios que prueban la escasa fertilidad del suelo deforestado, lo que ha obligado a muchos pequeños colonos a vender sus tierras a grandes rancheros que después las abandonaron. Respecto a la madera, los datos revelan que la extracción ilegal sigue aumentando. Los expertos citan informes oficiales que admiten que el 80% de la madera que sale de la Amazonia brasileña es ilegal.
Tampoco se habla de los indios en la web del gobierno de Rondonia. De las 1.500 tribus que había en la Amazonia brasileña hace cinco siglos quedan hoy unas 230, incluyendo una estimación de las aún no contactadas. Eran cinco millones de indios y hoy no pasan de los 350.000. Las tierras de algunos de ellos aún no han sido oficialmente demarcadas, lo que significa que si un ranchero se instalara en ellas, la ley no los protegería. Organizaciones como Survival International denuncian que si bien la Funai cumple bien su misión en ocasiones, en otras "ha contribuido activamente al genocidio". Y no ha logrado evitar la "muerte de tribus indígenas a un ritmo medio de una cada dos años, durante el siglo XX". Algunas de las tragedias más recientes han ocurrido aquí, a orillas de la BR-364.
En un poblado suruí
Itabira, líder de los indios suruí, tiene que coger la transamazónica para visitar las aldeas de su tribu. Salimos de su chalé en la ciudad en su Volkswagen rojo, con su esposa, también de rojo, elegantemente enjoyada y con las uñas pintadas. Su madre se hubiera sorprendido mucho al verla. Los suruí conocen al blanco desde hace menos de cuatro décadas. Muchos aún llevan la cara pintada —una única línea oscura— y el pelo muy negro cortado a tazón. Los primeros años de contacto, miles de suruí murieron de tuberculosis y sarampión, entre ellos una hija de Itabira, y hoy las infecciones pulmonares siguen siendo importantes. Sus aldeas están en zonas asignadas por el gobierno, a una hora de coche de la ciudad de Cacoal, en Rondonia.
Dejamos la BR-364 y entramos por una pista flanqueada por ranchos e iglesias. Esta misma mañana, un nostálgico colono descendiente de italianos me ha dicho, señalando los prados: "Antes todo esto era selva, y ahora mire. Tuvimos que trabajar muy duro". Pero para Itabira el paisaje es distinto: "Ésta era nuestra tierra. Nos echaron y ahora vivimos en las aldeas. Nosotros éramos nómadas; cuando la comida se acababa, nos íbamos". En las aldeas suruí, algunas casas son grandes, de madera, con porche; otras las ha construido el gobierno, en fila, con un tejado de zinc que las vuelve invernaderos. Casi no hay chozas tradicionales, con cubierta de paja hasta el suelo. En el centro de cada aldea, el café recién recogido se seca al sol esperando a ser vendido en la ciudad.
Nos reciben con sonrisas y una bebida a base de un fruto de palma. Pero los suruí no son como los tukano de Balaio. Cansados de visitantes blancos, van al grano: "¿Cómo puede usted ayudarnos?" Esta tribu ha entrado en la economía de mercado por la puerta grande. Este año, una saca de su café vale menos de la mitad que hace año y medio. Sus medios de producción están a años luz de los de los blancos. Y los suruí necesitan dinero. Así que hacen lo que una abogada del Consejo de Misioneros Indigenistas (CIMI) me explicó días atrás: "A veces, las comunidades indígenas venden las riquezas de sus tierras, como la madera o las piedras preciosas. Dejan entrar a los madereros a cambio de un porcentaje. No es legal, pero los blancos les hemos creado la necesidad de dinero. Por ejemplo, los madereros les regalan un motor para que dependan del dinero de la madera para comprar combustible".
El resultado, según esta abogada, es nefasto: A la larga, la comunidad se empobrece. El dinero que dan las actividades comunes, como el cultivo de café, sí se reparte, pero no el que viene de madereros y garimpeiros. Así se genera desigualdad y pobreza dentro de la propia comunidad. Bautismo de fuego en el capitalismo.
Los garimpeiros
Una desviación de la BR-364 lleva hasta Juína, en el Estado de Mato Grosso. Esta ciudad alcanzó su esplendor como capital del garimpo en los 80, cuando llegaron miles de buscadores de diamantes. Ahora, varios campamentos ilegales de garimpo siguen alimentando la ciudad. Visito uno. No ha sido difícil encontrarlo. En Juína es un error asumir que algo prohibido se mantiene secreto y oculto: todos saben todo, y casi nunca pasa nada. Misioneros y funcionarios de la Funai que denuncian los garimpos ilegales dicen recibir amenazas constantes de los grandes del negocio. En marzo pasado, la Policía Federal entró en un área indígena cercana y sacó a 3.000 garimpeiros; dicen en la Funai que fueron los propios indios los que denunciaron la invasión, después de que los mineros dejaran de pagarles su parte. Pero se considera una excepción; las redadas son un acontecimiento insólito.
Escucho los motores del garimpo nada más bajar del autobús. Ahí están los garimpeiros: dentro de una fosa de varios metros, embarrados hasta las cejas, filtrando el suelo de la selva. Su jornada ha empezado a las cinco de la madrugada y trabajarán hasta la noche. Han tenido que eliminar la vegetación y levantar la tierra con potentes chorros de agua bombeada de un río cercano; así se ha formado el agujero. Hoy el trabajo consiste en aspirar el fango y llevarlo a una especie de filtradora, de la que saldrá una arenilla que habrá que cribar después en agua limpia. Todo es negro, ruidoso y violento.
Mi cara remilgada hace reír a los garimpeiros. "Son —explica mi anfitrión— aventureros que vienen de todas partes porque no encuentran trabajo, no por gusto. Sí, esto es un destrozo ecológico, pero ellos tienen que ganarse el pan". Uno de los jefes asiente: "Estos hombres son el escalafón más bajo, los que menos ganan". Aquí pocos se hacen ricos. Las ganancias varían, pero como media se sacan unos 100 quilates por quincena: unos 2.000 dólares —el valor se multiplicará en cada escala del viaje a Europa. El 30% de las ganancias es para los cinco contratados, y el resto, para el jefe, que paga el 10% a los indios enawene-nawé, dueños de la tierra. Son indios contactados hace tan poco que usan traductor para entenderse en portugués, dice el jefe. Me vienen a la memoria las palabras del representante de una firma belga de venta de diamantes: "Los indios aquí tienen mucho poder. Si le soy sincero, lo que hay que hacer es ponerlos a trabajar. No contribuyen al desarrollo, pero les encantan las comodidades".
Acabamos la visita en el hogar de los garimpeiros: palos de madera cubiertos de plástico en mitad de la selva. Doña María, La Emperatriz, una desdentada y risueña cocinera, ofrece café con pastas: "Aquí somos como una gran familia. Se vive en el garimpo un año o dos, y luego ya no se hace uno a la ciudad. Cuatro garimpeiros juegan al dominó bajo el plástico negro; sus motores están estropeados. En una tarde tan familiar, nadie quiere recordar que una cocinera recibió un balazo en la última redada. A las ocho, ya de noche, garimpeiros y cocineras recién bañados en el río se reúnen a ver la tele. Así, limpios, no esconden las cicatrices de una vida no precisamente tranquila. Parecen piratas de permiso mirando embobados el culebrón de turno.
Entrevista a Marina Silva, ministra de Medio Ambiente de Lula
La hija de la selva
JUAN ARIAS, El País de Madrid
Se llama a sí misma "hija de la selva". Y se puede leer en sus ojos que es verdad. Afirma que tiene "una relación casi mística con las cosas de la floresta" donde vivió una infancia de pobreza y enfermedades que le han dejado huellas profundas en su salud. Su nombre es Marina Silva, fue con 38 años la senadora más joven de Brasil y ahora el presidente Luis Inacio Lula da Silva la ha elegido como ministra de Medio Ambiente.
A sus 44 años ha sido ya premiada por la ONU por sus batallas a favor de la ecología. Segunda de once hermanos, no pudo ir a la escuela porque tenía que ir a la selva con su padre a arrancar caucho de los árboles para ayudar a alimentar a la familia. A los 12 años aprendió los números leyendo las agujas del reloj y quiso que le enseñaran a hacer cuentas para que no la engañaran los compradores de caucho.
Aprendió a leer y escribir recién a los 16 años cuando dejó su pueblo natal —Seringal Bagaço, en el empobrecido estado de Acre— para internarse en un convento y ser monja. Luego dejó el convento por la lucha sindical, primero, y luego para militar en el Partido de los Trabajadores (PT), donde trabajó con el mítico Chico Mendes, considerado el mártir de la ecología de Brasil.
"Tardé un año en aprender a besar después de salir del convento", bromea. Pero tardó poco en avanzar en los estudios y llegó a la Universidad, donde se licenció en Historia. Se postuló a concejal y ganó, renunciando a todos los privilegios que tenían entonces sus colegas. Y ya no paró.
A pesar de su frágil salud, debilitada por seis malarias, una leishmaniosis y una intoxicación con metales pesados que la obligan a una dieta rigurosísima, fue electa diputada y senadora. Silva aceptó ser entrevistada por El País de Madrid el 1 de enero, horas antes de asumir como ministra. La cita era para las ocho de la mañana en Brasilia, en su piso supersencillo de clase media, media.
—Quizás ninguno de los políticos brasileños, salvo Lula, ha tenido una infancia tan dura como la suya. ¿Le hubiese gustado tener una infancia más fácil?
—No. Por muchas dificultades que haya tenido que enfrentar, fue siempre dentro de una relación de familia de amor y de solidaridad. Aquellas privaciones me dieron una dimensión humanista muy grande. Sólo se expande lo que está dentro. Aquella infancia me inyectó tenacidad en la lucha por las cosas en las que creo. Hoy, con aquella infancia a las espaldas, me es más fácil leer en los ojos de los marginados y humillados.
—Quiso ser religiosa y acabó siendo política. ¿No son cosas antitéticas?
—No deberían, por lo menos como yo concibo la política, que es algo que invade toda nuestra vida y que por tanto tiene que estar conectada con los valores humanos y éticos y no con el mundo de los intereses personales. Mi mirada en la política va hacia ese espacio que regula toda nuestra existencia. Concibo la política como el respeto por la diversidad. En la Amazonia, los mejores ríos son los que se dejan invadir por nuevas aguas.
—El País de Madrid escribió una vez un editorial titulado "La Amazonia es de todos", aludiendo a la responsabilidad mundial sobre ese pulmón de la humanidad. Hoy la Amazonia está bajo la responsabilidad de su ministerio. ¿Qué piensa hacer con ese santuario de la naturaleza que posee el 24% del agua potable del planeta?
—Es una gran responsabilidad, porque la Amazonia posee un potencial impresionante. Cuenta con el 20% de las especies vivas del planeta, es la mayor floresta tropical del mundo y cuenta con la mayor riqueza en la biodiversidad. Mi política se va a basar en la convicción de que la solución de la Amazonia tan saqueada ya, como la Mata Atlántica de la que nos queda sólo un 7% viva, no puede ser sólo técnica. Necesitamos dar curso a un "desarrollo sustentable", para eso tenemos que convencernos todos de que antes y junto con el esfuerzo tecnológico necesitamos defender los valores que esa lucha supone.
Nosotros tenemos que respetar la soberanía de la Amazonia, como brasileños, pero tenemos que estar convencidos de que sin la ayuda de los otros, y sobre todo de la sociedad civil, podremos hacer muy poco a pesar de toda nuestra buena voluntad. Todos, dentro y fuera de Brasil deben ser conscientes de que la destrucción de la Amazonia afectaría gravemente a la salud de todo el planeta.
—De la corrupción en el saqueo de las riquezas naturales de Brasil se han escrito hasta libros. ¿Cree que va a poder lidiar ese toro con eficacia?
—Creo que los procesos verdaderamente transformadores de la sociedad inmunizan mejor contra la corrupción de los sin escrúpulos con lo público. También los intereses privados pueden ser públicos, pero no pueden ser perversos. Hay que acabar primero con las estructuras corruptas del Estado, potenciar todas las energías correctas y éticas y castigar sin miedo tanto a los corruptos como a los corruptores. Sé que el desafío es muy grande, pero lo he aceptado con confianza.
—¿Cómo una mujer con una salud tan frágil como la suya podrá combatir con esas fieras feroces de las mafias de la Amazonia donde un particular es capaz de adueñarse ilícitamente hasta de seis billones de hectáreas de tierra?
—Si tuviese que emprender esa lucha sola "para" 170 millones de ciudadanos, no podría hacer nada. Pero yo quiero dar esa batalla "con" esos 170 millones, con toda la sociedad civil, con la ayuda de otros ministerios, de la policía y hasta del ejército y de la Iglesia. Tengo que hacerlo movilizando los sectores productivos no corruptos que deben convencerse que no se puede aplicar a la Amazonia, a sus 30 millones de habitantes, el concepto de desarrollo de la sociedad capitalista. Tenemos que saber aprovechar, sin saquearla, toda esa enorme potencialidad de desarrollo de la Amazonia
—¿Qué añadió a su vida aquella inmersión de niña en la naturaleza virgen de la selva?
Más que información teórica me dio unas vivencias muy fuertes. Para describirlas me faltan palabras. Me enseñó a ver las cosas sin esa prisa que nos devora. La floresta me alimentó con su fuerza vital y con sus mitos llenos de sabiduría. Me dio esa dimensión del espacio donde la vida acontece, que es mayor de lo que uno puede verbalizar.
—¿Cual cree que es el mayor crimen que se ha cometido en el ámbito de la defensa del medio ambiente?
—El verdadero crimen es cuando, después de la conciencia que el mundo ha tomado a partir de los años 90 de que estamos destruyendo el planeta, hay quien siga actuando como si esa conciencia aún no existiera. El crimen es cerrar los ojos. La humanidad tiene que acostumbrarse a mirar y planificar mejor el futuro y no sólo el presente. Hoy podemos ya hacer muchas cosas, porque sabemos el precio de esa devastación y tenemos los medios técnicos para parar ese exterminio de la naturaleza. En esa conciencia nueva, más de la sociedad que de los políticos, radica mi esperanza.
—¿Cómo resumiría lo que se está llamando "la era de Lula"?
—La de un pacto entre la política y la sociedad y sus instituciones. No creer en la omnipotencia del Estado, ni en políticos salvadores de la Patria. Creo que ha llegado la hora, y Lula ha tenido una conciencia fuerte de ello, de saber extraer de la sociedad, dentro o fuera de los partidos, las mejores capacidades puestas al servicio del bien común. A Lula la vida le enseñó a manejar las competencias. Las mejores y las peores respuestas para resolver los problemas vienen de las nuevas miradas sobre las cosas. Pero no puede ser una sola mirada ni una sola respuesta. Necesitamos aprender a utilizar lo que de mejor tiene cada persona o cada institución.
—¿Cree que el PT está preparado para ese desafío sin peligro de quebrarse y dividirse?
—Tengo esperanzas de que sí, porque llevamos 20 años de experiencia durante los cuales hemos aprendido a entablar un diálogo no sólo con los trabajadores más desposeídos sino también con todas las clases sociales, con el mundo sencillo de la calle y con los mejores y más serios intelectuales y creadores del país, como con los mejores empresarios. La diversidad de ideas y de opiniones para el partido son fundamentales. Mucho va a depender del nuevo presidente del partido, José Genoino, una persona con grandes dotes de dialogo, en el que confío plenamente. Va a depender de que el PT entienda que los partidos ya no pueden hegemonizar el poder y que tienen que compartirlo con la sociedad.