Una piedra en el zapato

IGNACIO ÁLVAREZ

Nunca imaginé que mi columna del domingo pasado fuera a tener tanta repercusión. Centenares de mails y comentarios por un análisis nada revelador; la nota dando vueltas por internet; y hasta Mujica hablando de ella en su audición del martes. Allí reconoció a El País "el coraje" de publicarla, "y también la valentía a Ignacio Alvarez, que naturalmente no es ni será simpatizante de nosotros, -es más que independiente-, pero que tiene, a ojos vistas, un margen desusado de honradez intelectual".

Gracias Pepe, en serio. Y no quiero sonar descortés, pero para seguir siendo honesto tampoco puedo evitar expresar un sentimiento ambiguo. No porque no crea tener honradez intelectual, sino porque para nada creo ser una excepción en ese sentido, ni puedo olvidar que usted trató de "mandaderos" a otros periodistas igualmente honestos, por el sólo hecho de hacerle una pregunta incómoda. De igual forma que por estos días acusó al autor del libro "Pepe-Coloquios" de ser "un periodista con careta de compañero" que lo "engañó alevosamente", después de recibirlo en su chacra a lo largo de 14 lunes, hablando frente a sus dos grabadores, y sabiendo desde el principio que la intención era sacar un libro.

Por lo demás, leí "Pepe-Coloquios", y debo decir que me encontré con un Mujica que demuestra una gran capacidad para conocer la realidad, analizarla y explicarla con claridad, en un lenguaje accesible y entretenido. Un candidato que diagnostica con lucidez los desafíos que el país tiene por delante, que critica y se autocritica, y que demuestra que no le llega a tanta gente por el sólo hecho de hablar en criollo y con malas palabras, sino también por la sabiduría y la fertilidad de su pensamiento. Un hombre que por momentos se erige en el más liberal de los políticos, y no tiene empacho en reconocer que su utopía fracasó. Aunque no deja de soñar con una sociedad donde no haya explotación del hombre por el hombre, mientras parece aceptar resignado las reglas de juego del capitalismo.

Pero como te digo una cosa te digo la otra. Porque ese es el mismo Mujica que afirma que la tierra debe ser del Estado, que sólo hay que importar autos de Argentina y Brasil, y que, como dijo en octubre de 2004, "el mercado interno uruguayo hay que reservarlo para que nuestros hijos tengan trabajo, porque es una locura seguir importando zapatos, todas las pilchas, los buzos, los pantalones; y en los primeros seis meses de gobierno hay que entrar con la pata en alto". (Claro que hoy, siendo candidato a la Presidencia, asegura que iniciará un eventual gobierno con "maniobras lo más a la derecha que se pueda").

Fue en este mismo espacio del diario El País, donde el pasado 12 de julio escribí una columna titulada "¿Convicción o conveniencia?", y me preguntaba a qué Mujica creerle, afirmando que "muchas veces no actúa por convicción sino por conveniencia; porque no tiene más remedio".

Tampoco su honestidad aparece tan claramente cuando le preguntan por su pasado guerrillero. Entrevistado el martes en el programa "Hablemos" de Canal 10, Mujica volvió a decir que los tupamaros surgieron para defenderse de una dictadura que se veía venir más de diez años antes. Y más allá de lo sumamente discutible de tal argumento, (en 1962 Uruguay disfrutaba de plena democracia con el gobierno del colegiado blanco), lo que Mujica sistemáticamente evita reconocer es que los tupamaros surgieron con la intención de conquistar el poder por medio de las armas, para imponer el socialismo a través de la revolución, ya que sabían que por medio de las urnas les sería imposible. Así está escrito en las "Actas tupamaras", y así lo reconocen muchos de sus ex compañeros.

Pero más allá de las palabras de Mujica, lo que más me sorprendió después de mi columna del domingo pasado, fue la reacción de tantos ciudadanos de la más variada condición: recibí mails de un altísimo representante del Poder Judicial, un ex tupamaro, un cura que vivió años en el exterior, un director de un diario, un futbolista escribiendo desde Grecia, un uruguayo en Roma, otro en Canadá, otra en Estocolmo, y decenas de trabajadores, estudiantes, mayores y jóvenes, hombres y mujeres. Algunos discrepando o coincidiendo con respeto. Pero la mayoría prejuzgando, en uno u otro sentido. Unos enfurecidos por entender que me vendí al enemigo (literalmente), y otros fascinados por contarme entre sus sorpresivos nuevos adherentes. De más está decir que lamento decepcionarlos, como seguramente ya lo hizo algún pasaje de esta nota. Y que la columna de la semana pasada -como resulta evidente a quien la lea objetivamente-, no era más que un análisis de cómo creo que muchos uruguayos ven la gestión de este gobierno, lo cual obviamente no significa que yo la vea exactamente de esa forma -de hecho hay muchas verdades relativas-, ni mucho menos tomar partido o marcar una preferencia.

Ojalá que más allá de este caso, que es sólo una anécdota, el hecho sirva para que nos cuestionemos la imagen que nos hacemos del otro, y cuántas veces caemos en el error de etiquetar, prejuzgar y linchar a los demás. Y para asumir que los hombres intelectualmente honrados, a la corta o a la larga van a terminar siendo, indefectiblemente, una piedra en el zapato. igalvar71@hotmail.com

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