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CONTEXTOS
El hogar y los padres

FACUNDO PONCE DE LEÓN

En el suplemento de hoy se encuentra una nota sobre el fenómeno de los padres separados y las complicaciones en la educación de los hijos a partir de la ausencia de uno de ellos (generalmente el padre). No quisiera entrar en aspectos sicológicos y pedagógicos que desconozco, sino en reparar en uno de los consejos que plantea el portal www.psicologoinfantil.com. Allí puede leerse: "Los niños suelen idealizar a los padres. Es necesario explicarles que todas las personas tienen virtudes y defectos, incluidos sus papás. Cada uno debe hablar del otro progenitor con argumentos reales, sin caer en la ficción".

A primera vista, el consejo parece tan acertado como obvio. Sin embargo, creo que adolece de un defecto importante: no crecemos mediante argumentos sino mediante historias. Y eso es una forma de ficción. Una pista sobre este tema se encuentra en una palabra que conjuga perfectamente el plano real y el de la ficción: el hogar.

Detrás de este término hay mucho más que cuatro paredes, se encuentra, justamente, la unión entre el espacio físico y la historia sobre ese espacio. Cuando hablamos del hogar hablamos básicamente de narraciones, de peripecias que vivimos y nos contaron y fuimos hilvanando con las del resto de la familia. Una diferencia capital entre los padres separados y los que no, es que estos últimos son coautores de una misma historia mientras que quienes decidieron seguir caminos distintos deben transmitir a los hijos otra historia. El concepto de hogar se vuelve aquí más complejo.

Todos crecimos sintiéndonos parte de más de un hogar: la casa de abuelos, tíos, vecinos y amigos son lugares donde uno se sentía en casa y conforman buena parte de nuestra infancia. Todos ellos ayudaron a que nos hagamos una idea de hogar, es decir, saber cuál era nuestro refugio del mundo y por qué. Cuando un niño extraña y quiere volver a lo de sus padres es porque este mecanismo de refugio ha fallado y el niño siente que está en una casa que no es hogar para él. Los padres separados corren ese riesgo: darle al niño dos casas y ningún hogar. ¿Cómo evitar ese peligro? Una vez más, entra aquí la idea de ficción.

No se trata de mentirle al niño, tampoco se trata de hacer un cuento de hadas y príncipes que lo evada de la realidad de que los padres ya no se quieren, no; la ficción es algo mucho más sutil, tiene que ver con introducir al pequeño lentamente en una historia, que es real, que es la de sus padres, pero que no puede ser una colección de argumentos que expliquen por qué no podían seguir juntos o por qué los defectos de uno son incompatibles con los del otro. Hacer eso es darle un golpe de realidad al niño y dejarlo a la intemperie, sin refugio, sin hogar.

El trabajo de la ficción en nuestro crecimiento es siempre una oscilación entre el mundo real y el mundo posible. Cuando somos niños creemos en imposibles, en Papá Noel, superhéroes y justicia cósmica con los malvados. Lejos de desacreditar ese proceso como parte de un mundo de fantasía, hay que percatarse que ese mecanismo de historias es el que nos permite empezar a movernos en el mundo. Y, para ello, es necesario un hogar, un lugar donde el niño se siente a gusto de soñar sus sueños.

Los padres separados corren el riesgo de dejar al niño expuesto demasiado pronto a la realidad, que siempre es cruda si no está mediada por la ficción. Cuando tenemos un hogar nos damos cuenta que toda la ficción, todos los cuentos que cargamos en la memoria, son los que nos permitieron entrar despacio y movernos en este inmenso hogar que es el mundo. Y que puede dejar de ser un lugar inhóspito si nos proponemos trocar las penas en historia.

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