EL MERCURIO | PATRICIO TAPIA
No se trata, por cierto, de una regla, pero sí podría ser al menos una teoría. Y dice así: alguien capaz de hacer una película tan tremendamente potente como El Padrino II o, incluso, alguien que es capaz de despacharse un drama juvenil como La ley de la calle, si de pronto lo ponen a cargo de una viña, es difícil que haga una tontera, que se ponga a hacer vinos pop, que pierda la sensibilidad que lo llevó a moldear la historia de los Corleone.
Francis Ford Coppola no sólo es uno de los directores más importantes del cine norteamericano, sino que también uno de los más destacados viñateros de ese país. Y fue casi por casualidad. En 1975, cuando su situación financiera comenzaba a estabilizarse gracias a El Padrino -I y II- , le dio por seguir la tradición familiar y hacer vino. "Inicialmente no quería hacer un gran tinto, sino que apenas buscaba un pequeña propiedad para los fines de semana, que además tuviera unas viñas y un lugar en donde poder hacer vino como mi abuelo, con los pies", dijo Coppola.
Al final, el "pequeño lugar para los fines de semana" resultó ser parte del viñedo Inglenook, un valuarte de la tradición vitícola californiana ubicado en Rutherford, el hoy barrio vitícola más pituco del ya muy pituco Napa Valley. Construida y plantada por el capitán Gustave Niebaum en 1879, esta propiedad es un clásico en Estados Unidos, especialmente por la calidad de su mezcla tinta Inglenook State, quizás uno de los cinco vinos más emblemáticos de California y objeto de culto en las subastas.
RUBICON. El caso es que, tras investigar en la historia de la propiedad y en la vida de Niebaum, a Coppola le dio por revitalizar el por entonces alicaído Inglenook para llevarlo a la fama de sus mejores tiempos. Esa tarea comenzaría a gestarse con la aparición del hoy vino ícono de la bodega, Rubicon, una mezcla en base a cabernet sauvignon que debutó en 1978 y que diez años más tarde se consagró como uno de los must en Napa Valley. Sin embargo, no todo fue dulce. De hecho, como durante la segunda mitad de los 70 sus películas no resultaron todo lo taquilleras que hubiera querido, Coppola tuvo que empeñar la viña para poder filmar Apocalipsis now.
"Mucha gente dijo que al empeñar mi bodega para poder filmar, lo que hacía era dejar en claro dónde estaban mis prioridades. Lo cierto es que lo hice por una razón bien específica: no quería que un estudio tomara las riendas de Apocalipsis", señala Coppola.
El favor, en todo caso, fue devuelto. Gracias a las ganancias que le reportó Drácula en 1992, el director pudo comprar las 38 hectáreas y el castillo que completaban la propiedad original de Inglenook. Se rumoreó que Coppola tuvo que desembolsar más de diez millones de dólares en la transacción, un precio alto para la época, pero minúsculo en la actualidad.
La bodega, rebautizada como Rubicon Estate, es una de las más visitadas en Napa y cuenta con todas las atracciones para el turista enológico, incluyendo la ropa de Drácula y el escritorio de El Padrino. Si quieren probar el vino, en Estados Unidos una botella de cosecha reciente de Rubicon cuesta alrededor de cien dólares, mientras que una de su Edizione Pennino (hecha con la variedad zínfandel) cuesta unos U$S 40.