LIL BETTINA CHOUHY
Simple, lúcido y refinado. A lo largo de más de 25 mil dibujos, innumerables cuentos y novelas, "el negro" logró lo que quería. "No me interesa demasiado. ¿El cielo? Con una canchita de fútbol y un bar me arreglo, los nirvanas no son para mí".
Roberto Fontanarrosa seguramente ya está allí, mirando con sonrisa compasiva a los que intentamos evocarlo. Es una forma de aceptar que a los 62 años se nos fue. Con Inodoro Pereyra, Mendieta, Boggie y todos sus personajes, queriéndolo y extrañándolo. "No aspiro al Nobel. Me doy por muy bien pagado cuando alguien se acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro".
Precursor de la "deserción escolar", después de repetir tercer año dejó la secundaria. A partir de allí desde la vieja revista Hortensia hasta Clarín pasando por innumerables publicaciones no dejó de crecer. Fontanarrosa se transformó en uno de los más inspirados y prolíficos humoristas. Tímido e introvertido nunca se la creyó. Tenía claro que la fama es puro cuento. Prefería contar fracasos que triunfos. En un momento se propuso hacer un libro recopilando las anécdotas de fracasos amorosos de sus amigos, para él infinitamente más divertidas que los éxitos. Según sus palabras, "los éxitos suenan pedantes; los fracasos en general son divertidos y hasta tienen algo romántico. La derrota siempre es más digna... Además está más cercana a la historia personal. En esto de las relaciones son más las que se pierden que las que se ganan".
Su Rosario natal donde vivió y murió, el fútbol y su cuadro Rosario Central, los amigos de "la mesa de los galanes" en el bar Cairo, fueron además del trabajo, sus pasiones conocidas y legendarias. Un gaucho que alguien calificó de psicoanalítico, Inodoro Pereyra; un canalla maldito como Boggie el aceitoso, feroz parodia de los malos en tiempos en que nacía James Bond, Mendieta, un perro que habla y lee a Píndaro, se quedan para siempre con nosotros. "Bush dijo que la guerra de Irak todavía se puede ganar", dice un personaje, el otro le responde, y fue más lejos: agregó que si EE.UU. se lo propone, se puede ganar la de Vietnam". Una de las últimas historietas publicadas en Clarín después de morir. Siempre ideológico aunque no político.
La pregunta llega rápido: ¿por qué se pone uno a escribir torpemente si es tanto mejor leerlo a él? La respuesta es fácil, por pena, amor, por creer que sin gente como Fontanarrosa el mundo es más pobre, peor, triste, menos amable.
Entrañable, todos sentimos que hemos perdido un amigo. Alguien que oía, miraba y entendía -desde la distorsión inteligente que es el humor- a la gente común como nosotros. Compasivo, tolerante, riéndose no del otro, sino con el otro para quererlo más.
Con ese talante peleó con una enfermedad perra, supo hacerlo sin aspavientos, recibiendo homenajes y haciendo chistes de médicos y sillas de ruedas.
Descreía de los intelectuales a pesar de serlo y logró saltar limpiamente por encima del debate a propósito de qué es o no popular. Como decía, él era antes que nada un buen tipo, lo era y lo parecía. No olvidaré un día en que le hice un reportaje. Fue tan gentil, como para hablar también en serio. Su aire, sencillez, manera dulce y socarrona de acercarse al otro son inolvidables. Sin que se lo pidiera, me regaló un dibujo: Mendieta con una flor en la boca, firmado "Pá la Lil".
Es fácil comprender la anécdota que cuenta Divinsky de Ediciones de la Flor. En una feria del Libro en Buenos Aires, en una larga cola para pedir autógrafos, se siente una voz femenina con acento colombiano que grita "Fontanarrosa ¡hazme un hijo!", él contesta que no dibuja chicos, la muchacha insiste: "Pero no; ¡yo digo de verdad!"