Testimonio

MAMA TENGA, de Katrin Rohde. Maeva, Madrid, 2005. 215 págs.

SI SE SUPONE que las mujeres bregan por sus derechos como pueden, la autobiografía de Katrin Rohde, una alemana nacida en 1948 y dueña de una librería exitosa en Hamburgo, marcha a contramano. Cuando ya había conseguido todo lo que podía desear, incluyendo un hijo, una nieta, y tres maridos sucesivos —el último de los cuales ahuyentó momentáneamente su clientela por ser africano— tiró su mundo por la borda y se fue a África a ayudar a los niños de la calle de un pequeño país pobre y atrasado. En Burkina Faso se convirtió al islamismo, elogió el uso del velo femenino y se casó de nuevo ahora como "segundona", que visita al suegro y a la primera esposa, cuyos hijos ayuda a educar. Para eso, además de renunciar a los bienes y las comodidades materiales, se alejó de sus padres ya ancianos y se divorció del esposo que no aceptó la vuelta al continente de sus orígenes.

Algunas feministas y teóricas separan la religión de esas prácticas, contextualizándolas y señalando que la lucha contra el patriarcado no pasa por ellas sino por la independencia económica. El velo protegería del clima y del acoso sexual, colaborando además en el arte del disimulo. En algunas sociedades donde los hombres son escasos, el matrimonio con más de una mujer brindaría amparo familiar a las esposas, defendiéndolas además del adulterio. Katrin da estas explicaciones porque ha optado por estas costumbres sin tener obligación, aunque con alguna presión. En realidad lleva la vida de una amante independiente, aunque con la boda evita esconderse, quedar marginada y perder prestigio. Ni que hablar de la lapidación que nunca menciona. De cualquier modo goza de flexibilidad y de una buena cuota de poder. Puede beber una cerveza o andar en moto a cara descubierta y con frecuencia es tratada como un hombre porque usa pantalones, fuma y es una letrada. Como si creyera aquello de "un paso atrás y dos adelante" colabora en programas de educación sexual y en otros que preparan a las jóvenes para manejar los números y el dinero.

La adopción del credo musulmán coincide con otro fenómeno de hoy. En el Reino Unido y Estados Unidos la mayoría de los conversos al Islam son mujeres descontentas de las iglesias a las que habían pertenecido y del rumbo del mundo. Tal como ella lo cuenta sin mayores subterfugios literarios, su experiencia comenzó por azar de la solidaridad. Katrin participaba en una asociación de Amigos de los Solicitantes de Asilo y acabó yendo a la aldea de uno de ellos en busca de medicinas tradicionales para curarle la demencia. En ese viaje se enamoró de África y su vida anterior le pareció vacía. Se replanteó su lugar en el mundo y revisó la imagen europea sobre la región. Una imagen que quizás nunca haya borrado a pesar de sobreponerse a los temores, a la barbarie y al encanto de las peculiaridades pintorescas, y a pesar también de la injusticia que disgrega a los niños en la capital Uagadugu. Katrin no busca cambiar el país de cuya historia olvida los golpes de Estado y la violencia política. Desde 1990 alivia las penurias fundando orfanatos, un dispensario y programas para minusválidos y mujeres. Ya no lo hace mandando dinero desde Europa ni actuando desde arriba o desde afuera. Intenta mezclarse con la gente, seleccionando a los más responsables, que pueden llegar a hacerse cargo de su destino. Por eso la historia de chicos y mujeres burkinabes predomina en el relato.

El apodo "Mama Tenga" ayuda a rasgar otro velo y a mostrar cómo se la ve en la obra de inventar, colonizar, modernizar o salvaguardar la otredad que fascina a los aventureros occidentales. Le dicen Madre Patria o Madre Tierra porque un cómico error en el uso de la lengua more la llevó a reclamar el país y no un terreno como era su intención.

G. S.

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