VIERNES 21 de febrero de 2003- Año 85 -Nº 29289
Internet Año 7 - Nº 2399 | Montevideo - Uruguay
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Narrativa
En las fronteras

René Fuentes Gómez

PABLO Rocca, uno de los miembros del jurado que otorgó a Trinitaria el Morosoli de plata en la octava edición del Premio "Narradores de la Banda Oriental", año 2000, argumentó luego en el prólogo: "el libro funciona como una ‘obra abierta’, es decir que cabe la posibilidad de leer en forma independiente un texto sin la necesaria vinculación con el precedente o el posterior. La frontera entre prosa y poesía es finísima, la imagen gobierna el ritmo de estas páginas y la dicción —entre arcaica y coloquial, entre modernista y posmoderna— conduce, sobre todo, hacia un disfrute particular de cada frase".

Es una "obra abierta" además, porque las libretas o cuadernos que conforman el corpus total de libro no proponen un argumento tangible; más que el desarrollo de una historia, prevalece un proceso reflexivo que condensa el lenguaje y discurre entre los límites de los géneros literarios tradicionales. Siete son las libretas, y siete el número que por su valor simbólico representa un orden, un período o un ciclo completo —que incluye las seis direcciones del espacio más el centro—. Espacio que, en este caso, fija y expande su perímetro en los goces, tribulaciones, conjeturas y hallazgos del ámbito interior del cuerpo-sujeto, y la decantación de un entorno que es descontextualizado, subjetivado, fagocitado por la percepción.

Sin embargo, ese sujeto de naturaleza femenina también está sometido a una constante disociación: una parte de sí escribe las libretas; otra las encuentra, las lee y las envía a escondidas; y otra, llamada Aetheria, cómplice y confidente de la anterior, es la destinataria de los manuscritos. Juntas las partes, y respaldadas por un importante concepto teológico, inducen a un reconocimiento de la Trinidad y el dogma de la unidad divina (Dios Padre, su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo). Aunque este reconocimiento también esclarece una impostura o una postura desde la transgresión, que altera la masculinidad genérica. Rastreando otras connotaciones simbólicas, las tres partes en que se proyecta esta voz femenina constituyen una síntesis espiritual; el nacimiento, cenit y ocaso de un proceso creativo que avanza a medida que es vivido y se textualiza.

Ya desde las tres rosas que aparecen (en medio de algo parecido a una flor mayor o una noria humana) en la tapa del libro, o las acepciones de la palabra "trinitaria" que, a modo de cita enciclopédica, preceden a la primera libreta, hay un juego sobre el tema floral que remite a una imagen arquetípica del alma; a la flor como centro espiritual, como símbolo de la vida joven, del apetito carnal y el hermetismo formal. Esta imagen simbólica de la flor, luego, en la independencia de cada texto, casi siempre es acompañada por el uso de la imagen como figura literaria que supera en organicidad y en poder de síntesis a la descripción narrativa, y que avista a la metáfora en su estado más puro y fundacional: cuando todavía prescinde de la sustitución directa o la asociación libre que gesta la enunciación. Dicho de otro modo, y con las propias palabras de Pablo Rocca: en este libro "la realidad no se explica, se produce en el discurso".

Resulta inútil y contraproducente tratar de discernir si los textos que componen las libretas son prosas poéticas, poemas en prosa o relatos breves. De Estalagmita, por ejemplo, podría decirse que está hecho apenas con los trazos imprescindibles para comenzar a imaginar: "...Juan no puede ver a los peces ahogándose en el aire, sí sabe bien lo que es ahogarse solo, solo, en un altillo con un mapa, un reloj, un farol, dos manzanas y un libro de cosmografía". La imagen aquí posee una simetría muy similar a la de una naturaleza muerta pictórica, sin embargo la percepción va más allá de lo visual, y el sujeto y los objetos que lo rodean se trenzan en una misma agonía y en un mismo estado de ánimo.

En otros textos, como "Piel" o "Rábanos", los más abiertos y vulnerables, se impone una sensualidad llena de contrapuntos cromáticos que serpentean e insinúan cierta intención persuasiva. Ni viejos ni nuevos, sino eternamente recientes son el deseo y la dicha de quien se sabe apetente y apetecible: "Soy libre. Estoy sana. Tampoco llevo ropajes, y no podría aprobarte con ellos. (...) Fantástico. Entonces podemos comenzar". En otra corriente más alegórica, y en la que podrían incluirse "Tablas", "Escamas" y "Naufragio", la imagen, que erige un significado real y cercano, también remite a otro más abarcador. Por ejemplo, esa pesadumbre existencialista que se respira en "Tablas", redimensiona además la soledad de la especie humana: "El escenario está vacío. No se oye ni el vuelo de una mosca. Sólo un farol alumbra la breve escena. Un hombre mira al mundo. No sabe qué hace allí. (...) De a ratos canta, aventura una danza o un grito para pasar las horas. Y espera. Hasta que caiga el telón y una música circense, desafinándose, envuelva las butacas en las que nunca hubo nadie".

Magdalena Ferreiro (Montevideo, 1972) reunió y resumió en Trinitaria diez años de trabajo. Y el libro, además de estar bien escrito, es un ejercicio de inteligencia lúdico e intenso.

TRINITARIA, de Magdalena Ferreiro. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2001, 115 páginas.

Miscelánea

LA HISTORIA DE MI MAQUINA DE ESCRIBIR de Paul Auster y Sam Messer. Anagrama. Barcelona, 2002. Distribuye Gussi, 70 págs.

EL VERDADERO CAPITAL de un escritor (el creativo) es esquivo. Tiene una relación extraña y movediza con el capital económico, también llamado éxito. En casos como los del italiano Antonio Tabucchi o Paul Auster una zona inicial de seducción y densidad personal se ha ido deteriorando con el paso de sus últimos títulos, a medida que sus nombres se convertían en productos de "colocación" segura y rápida.

La frecuencia con que aparece cada nuevo libro no parece depender de un aumento de verdadera producción, sino de argucias de las que participan tanto el autor como (sobre todo) los agentes literarios o las firmas editoriales. Si La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna o Leviatán tenían el espesor de verdaderos libros, todo empieza a desmadejarse a partir de A salto de mata, una especie de "fondo de cajones" heterogéneo y poco convincente. Algo parecido pasó con Creía que mi padre era Dios (ordenamiento de originales ajenos), o los guiones de cine de Smoke & Blue in the Face y Lulú on the Bridge. La única novela, Tombuctú, fue delgada y bastante mediocre en el intento de recrear una voz canina, sin volver a hacer pie en algún mundo creativo digno de ser expresado.

Al menos el título de La historia de mi máquina de escribir no miente. Es exactamente eso. Pero como libro de Paul Auster no existe. En letra grande, su texto no supera las 15 páginas. Cuenta, además, su relación con la Olympia con la que escribió toda su obra, negándose a las ventajas de la computadora. Una confesión de escritor de las que existen decenas en páginas de diarios y revistas. Describe además cómo la mirada de pintor de su amigo Sam Messer le hizo descubrir que la máquina era casi una persona, al retratarla una y otra vez.

El verdadero libro, en caso de existir (porque como texto su lugar es la revista dominical de algún diario, y como conjunto de reproducciones es un catálogo lujoso), le corresponde a ese pintor. Logra a un mismo tiempo repetir y variar con energía visual y recursos cambiantes a la Olympia, a veces con "rostro" feroz, a veces con tal cantidad de materia que la imagen parece más bien creada con los dedos directamente, en vez de pinceles. Sus cuadros comunican la alegría de mirar y de reproducir después lo mirado, cambiado por su personalidad.

Cuando retrata a Auster junto con su herramienta, suele hacerlo con varios brazos y manos. Tal vez conviniera que el escritor volviera a su ser de sólo dos, como todo el mundo. Que produjera un poco más y publicara un poco menos. Que no creyera que cada pequeño fragmento de su universo narcisista tiene una especie de importancia sagrada. Y a lo mejor, incluso, que dejara descansar su pobre Olympia y probara con otro aparato cualquiera, incluso una computadora. Seguramente Sam Messer creará con ella otra serie de cuadros excelentes y alegres. Con quienes creen saber las leyes del mercado conviene tener cautela: matar gallinas que ponen huevos de oro suele ser su actividad inconsciente favorita.

El diseño del libro es sencillo y eficaz, tiene tapas duras y muy buena impresión en color. Un objeto ideal para regalo, aunque también de esos que pueden dejar levemente insatisfecho al destinatario. Sobre todo si es un fanático del "buen" Auster, el de antes.

E.E.G.

Poesía

GRITO DE PERRO, de Saúl Ibargoyen. Praxis/Caracol al galope, México, 2001, 55 págs.

SEGÚN María Moliner, la palabra "animal" se aplica a la parte sensitiva del ser humano, a diferencia de la racional o espiritual. También, en su voluminoso Diccionario de uso del español, afirma que en México y Perú "animal" es bicho o sabandija. Ánima, humanidad. Cosa que se mueve, que anda, que respira. La docta Moliner se interroga sobre un posible origen expresivo del vocablo perro (Canis familiaris) y se extiende en varias acepciones y subacepciones, entre ellas "mamífero carnívoro cánido, doméstico, del que hay infinidad de razas muy distintas entre sí por la forma, el tamaño y el pelaje"; además, perro "se aplica a un hombre malvado, servil o despreciable por cualquier causa". Sobre el adjetivo "humano" sostiene que es "del hombre o de la humanidad," "limitado a lo que es propio de la imperfección humana y no elevado por encima de ella o inspirado en principios abstractos".

De "humanidad" dice: "conjunto de todos los hombres". De "humanista" afirma: "persona que se dedica al estudio de las lenguas y literatura clásicas. En sentido amplio, persona de gran cultura en humanidades".

Aquí en esta propuesta poética de Ibargoyen, deambula y grita un perro humano. Un animal humanista, un animal poético singular y preciso. Perro o persona, persona y perro, animal humano, este libro está recorrido por una voz plural y plena, la voz de una poesía desgarrada y desgarradora.

El título recuerda el "Aullido" de la beatnik generation, pero se concentra en otra especificidad, en la animalidad humana del complejo y dialéctico presente. Y esa concentración se da en una Latinoamérica primigenia, ni moderna ni posmoderna, ni siquiera premoderna, sino quizás extramoderna. Esta condición de la extramodernidad explica la presencia, entre otras cosas, de la belleza y el enigma de las figuras no verbales que componen, junto a los poemas propiamente textuales, la propuesta del libro.

El humanismo de asociación positiva, renacentista, plasmado en su nivel denotativo eurocentrista por María Moliner, se deshace, se separa en jirones como una bandera vieja, se divide en trozos desiguales, apartados como regiones insulares, agrietadas, de un monumento del pasado. Lo ha corroído el meteoro de un siglo aciago y, a principios de milenio, deja paso a otro humanismo, un humanismo donde lo material y lo espiritual resultan inseparables, devienen un todo.

Se trata de una veintena de poemas que son una sola canción prolongada, aguda, pero no necesariamente desesperada. Es el grito de perro. La canción de una posteridad donde los símbolos han mutado, donde los signos, las señales, las huellas acústicas remiten a un contenido nuevo, a algo que está por decirse, a algo que debe decirse.

El libro está repleto de animales, de ánimas, de almas. Cada uno/a comparece en su mismidad icónica y sonora.

No se trata de una modificación o de una versión aggiornada de las nerudianas Odas elementales. No se trata de desplegar en su lugar unas "Odas animales", sino de la concentración intensa en ese vector de sentido que es la bestia y su grito, en esa línea de animalidad que Ibargoyen descubre humana.

El hombre tiene miedo. No es el ser humano de Scalabrini Ortiz ("el hombre que está solo y espera"), sino el que está solo precisamente porque está hiperconectado, porque la red comunicacional, en su marasmo, en su multiplicidad y su caos lo deja mudo, al menos mudo de las palabras que hace un tiempo se consideraban "humanas". Así, en el poema "Hombre esperando" puede leerse: "El hombre se acuesta/ con sus mudas frases/ trepándole por la boca".

El sistema de este poemario relaciona elementos vivos, hormigas, perros, pájaros, arañas, libélulas. En el poema "Una mariposa monarca para Itzel", se lee: "Solamente el silencio/ está aquí/ posándose como un vibrante océano/ en medio de los altos/ bosques de este invierno".

Pero no es el silencio. Es el sonido poético lo que construye esta propuesta. Donde Paul Celan arribaba al silenciamiento, Ibargoyen llega al grito. Donde el poeta español Valente rozaba lo metafísico, y el Wittgenstein posterior al archifamoso Tractatus se llamaba a prudente mudez, Ibargoyen abre un canto material, un ejercicio fónico, sonoro, lleno de líneas compuestas a su vez por muchas voces. Casi no hay ecos.

Este libro es, como alguna vez quiso Descartes, claro y distinto. Pero no es un libro cartesiano, no es una poética lineal, concesiva, positivista en la acepción histórica del término. Es un libro para escuchar con los ojos y para mirar con los oídos. Una poesía para el ánima, para el animal y el hombre. Para el tímpano y sus adentros.

R.C.

Historia

LA FAVORITA DEL INCA de Colette Davenat, Editorial Salamandra, Barcelona, 2001. Distribuye Océano, 318 págs.

En 1572, en Lima, la fascinante cuarentona Azarpay, favorita de los tres últimos emperadores incas, casada con un conquistador español muerto en forma repentina, relata su vida desde su niñez de bella campesina y defiende el punto de vista indígena frente al sacerdote jesuita, llegado de España para investigar esa muerte. Su relato,

capitulado con breves preámbulos de las contradictorias reflexiones del religioso, acuciado por el odio, la atracción y la duda frente a la mujer, constituye el material literario de La favorita del Inca.

La novela histórica, entre otras labores propias de su género, da vida dramática a los hechos del pasado humano, cercano y propio o lejano y ajeno. De paso, aprovecha los atributos de la ficción para seducir al lector y, a la vez, proporcionarle el conocimiento, incluso erudito, acerca de gente remota y extraña en la historia y en la geografía. Así puede convertir por lo menos en entretenimiento, lo que podría ser, para el lector corriente, material arduo y tedioso de una monografía o ensayo para especialistas.

Eso ocurre con esta narración escrita por Colette Davenat (nacida en Alta Saboya, Francia), autora de diversas novelas de época y encariñada con el tema de la conquista de América y el ocaso de los imperios indígenas, luego de residir en distintos países del continente americano. Su anterior título Los caballeros del sol, sobre la conquista de México y los aztecas, le dio fama entre el gran público.

La favorita del Inca se las arregla para ofrecer, en formato bestseller con el clásico subi-baja de pasiones, amores, intrigas, guerras y desastres naturales, una narración de prosa directa, prolija y conducente, una magnífica síntesis histórica de las andanzas de los hermanos Pizarro y sus asociados en la conquista del Perú y un fresco acabado de la vida cotidiana del imperio inca.

Los temas del ocaso inca, la coexistencia no pacífica con el conquistador español y la confrontación entre esas dos culturas, se entronca con el retrato potente y cautivante de una mujer hermosa, corajuda y ambiciosa.

El mayor atractivo de la novela proviene de la fluidez, vivacidad y detallismo, mediante los cuales Colette Davenat recrea el mundo inca en todos los planos y aspectos de la sociedad, desde el paisaje y la vida campesina, sus ritos y costumbres, hasta la fastuosidad imperial de pompa y circunstancia. Con el abundante uso de vocablos indígenas y la astuta capacidad para explicarlos, traducirlos e insertarlos de modo natural en el texto literario, la autora introduce al lector como testigo privilegiado de hechos antiquísimos.

O.I.



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