Ante un teatro de verano casi repleto, Megadeth, considerada una de las mayores bandas del heavy metal, dio un concierto histórico en el Teatro de Verano este lunes por la noche. Sin problemas y casi como una fiesta para el público.
El antes y después del concierto y las discusiones en Facebook rondaron principalmente en torno al precio de las entradas (1990 y 1000 pesos) y las inevitables comparaciones con otros países. En el fondo lo que despertaba las discusiones era la presencia de la banda de Dave Mustaine en Uruguay, algo equiparable al show de Iron Maiden en 1992 y al de Motörhead el año pasado, por la oportunidad que representaba para los metaleros nacionales. Pocas veces un show despierta tanto fervor entre el público y esto de alguna manera se reflejó en el clima que se vivió en el show, básicamente marcado por la alegría. Antes de eso grupos de fans habían ido al aeropuerto el domingo para recibirlos y también los habían esperado en el hotel donde se alojaban.
Uno de los motivos por los que despertaban gran expectativa era que en esta gira Megadeth se está centrando en su disco Countdown to extintion, el más popular de su carrera. Como se cumplen veinte años de su edición, el show dedicó buena parte de su hora y media a tocar sus diez temas en el mismo orden que en el original.
Antes de esto comenzaron con una breve selección de seis de sus temas más populares. La apertura fue potente, con Trust, de 1997. Siguió Hangar 18, del disco Rust in peace, de 1990. Luego vino She wolf y a continuación A tout le monde, una de las canciones con más sentimiento (y también de las más radiales) de la banda, que fue coreada por todo el Teatro de Verano. Otro coro inevitable vino un rato más tarde cuando tocaron Symphony of destruction. Ahí el público, siguiendo la costumbre de los conciertos de estadios en Argentina, coreó "Megadeth, aguante Megadeth", al ritmo del riff de guitarra.
Aunque Mustaine tenga sus limitaciones a la hora de cantar (y se ajusta perfectamente a lo que busca su música) es un tipo que en escena demuestra por qué tiene su gran arrastre ante el público. Más de una vez agradeció, dijo estar sorprendido por la recepción y hasta tomó dos banderas de Uruguay que le regalaron (ató una a la jirafa y otra se la puso al hombro, tras exhibirlas notoriamente contento).
La propuesta, al final, fue simple: los músicos concentrados en lo suyo y tres pantallas gigantes con videos que acompañaban sus letras críticas, antisistema y antibélicas. Eso no le quitó efecto a un concierto concentrado en el que también hubo varios espacios para el despliegue de virtuosismo musical, con riffs y solos fuertes con los que, a pesar de algunos desperfectos de sonido (al menos desde ciertos puntos se confundían los sonidos, en especial con la canción Psychotron), la banda le dio al público lo que buscaba. No en vano se llegó a ver a algún fanático coreando y largando lágrimas de emoción. Como para que los prejuicios no insistan con que los metaleros posan de malos.