El martes 12 de junio a las 19 horas se inaugura en la galería Bgmoca Montevideo (Lieja 6416) una exposición de fotos que el prestigioso fotógrafo norteamericano Bert Stern tomó a Marilyn Monroe, poco antes de morir la diva.
En el año que se conmemoran 50 años de la muerte de Marilyn se presentará en Montevideo la exposición The last sitting, que reúne trabajos realizados por el propio fotógrafo, a partir de negativos originales fechados en 1962, año de la muerte de Marilyn, acaecida en agosto en Los Angeles.
Monroe y Stern realizaron esta sesión fotográfica en el hotel Bel Air durante tres días para la revista Vogue, de la cual Stern era fotógrafo oficial. Las que se exhibirán en esta oportunidad son alrededor de 40 imágenes, entre las que se encuentran las más privadas, y las más famosas, que dicho fotógrafo tomó en esa instancia a una Marilyn cautivante y madura. Se trata de imágenes poco difundidas, y que captan a la perfección el romance que esta espectacular musa siempre tuvo con la cámara.
Las fotos son propiedad de la directora del museo, Virginia Robinson, y pertenecen a su colección personal. Además del interés (y la belleza) de las propias imágenes, tienen la particularidad de haber sido tomadas semanas antes de la muerte de la famosa actriz.
Pero la historia tiene muchas más puntas. Bertram Stern (quien hoy tiene 82 años) es un famoso fotógrafo americano que se hiciera conocido por este trabajo que recopiló en un libro denominado The last sitting. En él, además de exhibir algunas de las más de 2.500 fotografías tomadas a Marilyn durante tres días de sesiones fotográficas, relata las anécdotas de la ocasión y su opinión sobre el estado mental de la actriz.
También fotografió durante su carrera a Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor, Madonna, Kylie Minogue, Drew Barrymore y Lindsay Lohan, entre otras celebridades, además de sus trabajos para publicidad y publicaciones de viajes.
En sus escritos, Stern relata paso a paso cómo fue ese último gran encuentro entre Marilyn y su propia imagen. El lugar, lógicamente lo eligió ella, hecho que obligó al fotógrafo a cruzar el país para llegar hasta Los Angeles. El jueves 21 de junio de 1962 hacía calor en esa ciudad. Stern reservó una suite en el hotel Bel Air (la número 261), sin saber que era uno de los hoteles favoritos de la diva.
Ambos pusieron mucho de cada uno. Él estaba lleno de expectativas, y sabía tanto de la importancia de esas imágenes como de lo difícil que podía llegar a ser la modelo. Además, de Nueva York llevó vestidos, pañuelos, collares, y encargó tres botellas de Dom Pérignon. La esperaron cinco horas, él y su champán. Y finalmente Marilyn apareció, sonriente, esbelta, casi transparente, "hermosa, trágica y compleja", diría él. Todo había empezado bien.
Por un lado, Marilyn cumplió su tarea, y Stern la suya. Aquel junio de 1962, la actriz posó para el fotógrafo con y sin ropa, rubia y morena, pensativa y a carcajadas. Pero ella nunca vio esas imágenes publicadas: el 5 de agosto aparecía muerta en su cama junto a un bote vacío de barbitúricos. "Entonces supe que mi historia de amor con Marilyn había acabado", explica Stern medio siglo después al recordar el adiós de su musa, de la que apenas mes y medio antes había tomado las dos mil quinientas y pico imágenes que cambiaron su vida.
Aquellas fotos fueron bautizadas The last sitting (La última sesión). Luego de la muerte de la artista, él desmenuzó las impresiones acerca de una de las mayores estrellas del cine, en un libro editado por Taschen con muchas de esas imágenes.
"Es mi sesión más popular", repitió incansablemente. "No sé si la mejor, pero la más popular. Soy el fotógrafo que hizo las últimas fotos de Marilyn Monroe", subrayó siempre el artista.
Para Stern, por cuya cámara habían pasado las grandes estrellas del cine, la diva era un reto. Recién contratado por Vogue, volando a Roma para retratar a Elizabeth Taylor en Cleopatra, Monroe se cruzó por su mente. Y consiguió una cita. "Tenía una llamada de mi secretaria: `Marilyn dice sí, Vogue dice sí`", recordó el fotógrafo, sobre ese momento significativo en su vida, justo antes de hacer las maletas rumbo a Los Angeles.
"Necesitaba descubrir algo no capturado", cuenta Stern en su libro. Richard Avedon le había hecho a Marilyn unas lujosas fotos para la revista Life, "estupendas para el mundillo, pero no íntimas. No daban ninguna sensación de quién era ella". El fotógrafo dispuso todo: intimidad, luz, complementos. Sin saber de cuánto tiempo dispondría ni el humor de la diva. Cuando ella finalmente apareció, conmovió al artista. "Olvidé que estaba casado, olvidé mi vida en Nueva York. Estaba enamorado. Era mucho más guapa y más fácil de trabajar de lo que esperaba".
El sol se ponía sobre California. Él preparó sus cámaras ("una Hasselblad en blanco y negro y una Nikon de 35 milímetros. Aún deben estar por mi apartamento", recordó) y preguntó con cautela de cuánto tiempo disponían. "¿Estás de broma?", replicó ella. "¡De todo el que queramos!" "Ya es mía", pensó Stern. Fotográficamente hablando. Además, la diva agregó: "¿Quieres fotografiarme desnuda, verdad?"
"Es una buena idea", dijo él, descorchando champán. Una Norma Jean de 36 años, delgada pero curvilínea y sensual, se transparentaba bajo un pañuelo. "Estaba llena de ideas", asegura Stern. Las luces realzaban su piel transparente y su pelo de plata, las primeras arrugas bajo los ojos y los surcos de su boca. Y una marca en el costado, recuerdo fresco de una operación de vesícula. "Vi la cicatriz. Una imperfección que solo la hacía parecer más vulnerable y acentuaba la suavidad de su piel. Era de color champán, de color alabastro. Podías meter un dedo en su piel, como probar un merengue recién hecho", remata.
LA CIFRA
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es la cantidad de fotos que Stern tomó a Marilyn, y que marcaron su carrera profesional, multiplicando su fama.
Obras que no gustaron y la llamada final
"No discutimos nada. Solo tomamos fotos, fue todo lo que hicimos", rememoró Stern, quien descartó las hipótesis que aseguran que con la actriz había personal de seguridad, e incluso algún miembro del clan Kennedy. "Estábamos nosotros, su peluquero y el hombre que le maquilló los ojos. Prefirió no llevar más maquillaje, sólo se puso crema en la cara y el eyeliner. De su propio maquillaje". De fondo, All I have to do is dream, de The Everly Brothers.
Al parecer, Monroe quedó contenta a medias con el trabajo. Ella misma tachó algunas de las pruebas de revelado, que no la mostraban en la perfección deseada. Hay páginas con 24 negativos de los que se salvan apenas cuatro fotos. A Vogue tampoco le convenció. ¿Y los vestidos y el glamour? Stern guardó sus inservibles contactos y dejó que el tiempo hiciera lo suyo. Al parecer, horas antes de morir, Marilyn llamó a Stern. "Nunca tomé esa llamada. Me lo contó alguien años después. Habría hecho todo lo que hubiera podido para ayudarla", afirmó Stern.
"Nunca imaginé ese final"
"Pensé que era feliz con su vida y su carrera. Nunca imaginé ese final, jamás", narra con abrumadora seriedad el fotógrafo Bert Stern al referirse a la muerte de Marilyn. Semanas después del fallecimiento de la estrella, la revista Vogue salía con 10 páginas sobre Marilyn, con algunas de las fotografías hechas por Stern. El resto aguardó 20 años en un cajón hasta que, en 1982, la revista Eros publicó las imágenes de esa Marilyn definitiva. No tardaron en dar la vuelta al mundo. La última sesión fotográfica de la diva comenzó con un encuentro entre dos desconocidos, y culminó como una historia entrañable, de dos seres que se comunicaron mucho sin apenas conocerse. Stern (Nueva York, 1929) fotografió miles de celebridades, pero estas fotos de Marilyn son las que le dieron un lugar en la historia.