El domingo pasado a las 21:30, TVE -el canal estatal español- ofreció El cielo gira, un admirable documental que la realizadora castellana Mercedes Álvarez filmó en 2004. El tema es la historia de un pequeño pueblo de Soria, elegido porque esa directora fue el último niño que nació allí y además porque la migración interna fue vaciando el lugar, incluyendo a los padres de Mercedes cuando ella era chica. Hoy en el pueblo quedan catorce habitantes, todos viejos, con lo cual esa poca gente que se acerca a la muerte (y que en más de un momento habla de ella) es el ejemplo vivo de la agonía de tantas aldeas de la España rural, 10.000 de las cuales han sido abandonadas por una población que sigue marchando hacia las grandes ciudades, probablemente a engrosar las precariedades de sus arrabales.
La melancolía de ese desarraigo atraviesa silenciosamente la película a medida que la directora muestra de madrugada la salida de un pastor y su rebaño hacia los campos, los comentarios de una mujer y dos hombres sentados en la plaza y preocupados porque el panadero que los visita puede dejar de pasar por allí, o la labor agrícola de un par de campesinos que cavan una zanja en su huerta, ubicada junto al minúsculo cementerio cuyas lápidas observan para asociar los nombres grabados en la piedra con algunos recuerdos lejanos. De esas escenas sencillas, registradas con una cámara quieta y sin énfasis alguno, está hecha la película y lo notable es que de esa simple cadena de encuentros, tareas, paisajes desiertos y reflexiones, va emanando un hilo de emoción sostenido por el testimonio de un mundo, un pasado, una cultura y una gente que se extinguen.
El velo de congoja cae solo, como si nadie lo descolgara, sobre el cuadro aldeano y sus escasas presencias humanas o animales, un documento que la realizadora hilvana con el paso de las cuatro estaciones. Mientras la cámara se demora para ver cómo las primeras luces del día iluminan los muros, o cómo dos mujeres visitan el único caserón señorial de la localidad, uno de los habitantes enferma y muere. La imagen queda detenida frente a la silla bajo un alero donde ese hombre se sentaba por la tarde a fumar, mientras el relato verbal evoca un poco su vida. Algo después, otros dos campesinos hablan de que también ellos morirán dentro de poco y uno dice que la vida es un soplo. Conviene agregar que el hermosísimo soplo de la película consiste en atrapar (con escasos elementos de lenguaje y un aire de improvisación) el espíritu que todavía respira en ese sitio moribundo.