Mañana tocará Demi Lovato en Uruguay y por ello descubrí esta semana que tiene un club de fans local. Pero no me preocupan los admiradores en este caso, sino ella. Ya se sabía que Demi, que tiene diecinueve años, había tenido algunos problemas de adicciones. Pero esta semana supimos más gracias a sus propias confesiones.
"Había promotores que me daban drogas y alcohol en restaurantes y clubes", dijo en una entrevista con la revista británica Fabulous. "Querían que yo regresara, así que allí me veían. Lo que puedo decir, es que estaba depresiva… Podía subir a un escenario y actuar ante dieciocho mil personas y de repente estar totalmente sola es un cuarto de hotel. Me venía abajo y buscaba una manera de tratar de recrear ese sentimiento, de estar arriba". La historia no es linda en absoluto, más bien exactamente opuesta al universo pop adolescente que representa y que ha mostrado en las películas en las que apareció.
Hablar de asuntos así en público es también una forma de defensa. Es un modo de señalar a los que ella percibe como amenazas, que no quiere volver a eso (al menos eso dice) y que ya todo el mundo se ha enterado del asunto. De todas maneras hay casos de uso problemático de drogas que no tienen vueltas, como el de Amy Winehouse.
Lovato no es la única figura del mundo del espectáculo que ha visto su vida fuera de control por el medio en el que está. Más cerca de su edad tenemos a Miley Cyrus, quien tuvo que pegar un giro radical en su vida y su imagen para dejar atrás su personaje de Hannah Montana. Unas cuantas madres se escandalizaron por el supuesto desmadre de Cyrus, que no es más que un juego de niños que llama mucho la atención por tratarse de una chica de su perfil.
Pero si buscamos un caso extremo, ahí tenemos a Britney Spears y su larga historia de descontrol siquiátrico. Ese sí que es todo un ejemplo de una mente alterada por las presiones del mundo del espectáculo.