FANNY TRYLESINSKI
Hace unas semanas el INE dio a conocer el documento "Estimación de la pobreza por el Método del Ingreso. Año 2011", con los cálculos del porcentaje de hogares y personas cuyo ingreso es menor que las líneas de indigencia y de pobreza.
Como era previsible estos porcentajes mostraron bajas en el año 2011, lo que obviamente fue muy festejado por el gobierno y celebrado por la oposición, ya que se trata de buenas noticias para la sociedad. Sin embargo, no ha habido desde tiendas académicas un análisis más profundo de los resultados ni de las metodologías aplicadas como sí lo hubo en otras ocasiones y con otros gobiernos.
Como hemos señalado en notas anteriores, el porcentaje de hogares indigentes/pobres surge de comparar los ingresos per cápita de esos hogares con un monto de dinero denominado línea de indigencia/pobreza. En la línea de indigencia se incluyen solamente alimentos y en la de pobreza además, otros bienes y servicios. Esos montos, en junio de 2011, eran en Montevideo respectivamente $ 1.829 y $ 7.468 por persona.
El otro componente fundamental del cálculo está constituido por los ingresos que reciben los hogares que provienen mayoritariamente de tres fuentes: la participación en el mercado de trabajo (salarios, ingresos de actividades por cuenta propia, etc.) las transferencias del gobierno o de otros agentes y las rentas. Según el informe del INE, las personas cuyo ingreso es menor a la línea de pobreza obtienen el 56% del mismo a partir del trabajo, mientras que aquellos cuyo ingreso es menor a la línea de indigencia obtienen solamente el 32% del trabajo.
El resto de los ingresos de estos grupos de población proviene de las transferencias gubernamentales que son las jubilaciones y otras (asignaciones familiares y pensiones no contributivas), canastas de alimentos y/o comidas preparadas, tarjeta alimentaria del Plan de Equidad). Las jubilaciones tienen una escasa incidencia en los ingresos de las personas que están por debajo de la línea de pobreza.
Las restantes transferencias representan el 51% del ingreso de las personas que están por debajo de la línea de indigencia y el 21% de los que están por debajo de la línea de pobreza. Es bastante claro que cuánto mayores sean estas transferencias menor será el número de hogares indigentes y pobres. El gobierno, incrementando este tipo de transferencias en los últimos años, ha logrado reducir el número de hogares pobres e indigentes.
El otro elemento clave para la mejora de los indicadores de pobreza desde 2008 en adelante tiene que ver con la reforma de la salud. No en el sentido que proclaman las autoridades, sino porque el INE computa como ingreso de los hogares el valor de las cuotas mutuales de los integrantes del hogar amparados por el Fonasa. El contingente más importante incorporado en este período fueron los menores. En el año 2011, eso significó alrededor de $1.400 por mes por cada menor. Este efecto aumenta artificialmente los ingresos de los hogares y disminuye la cantidad de hogares pobres.
En conclusión, el indicador de pobreza está mejorando porque el ingreso de los uruguayos está aumentando, pero no es oro todo lo que reluce. Otras dimensiones de la pobreza no parecen acompañar esa mejora y para incidir en ellas no alcanza con el viento a favor de la economía, las piruetas estadísticas y el reparto de dinero.