El kirchnerismo ha hecho de la infracción un arte y ha convertido la seguridad jurídica en una noción casi inexistente. Sin embargo, y a pesar de todo (las AFJP (AFAP en Uruguay) o Aerolíneas Argentinas), nunca había llegado tan lejos. Se quedó, lisa y llanamente, con la empresa privada más importante del país, una expropiación respaldada en argumentos parciales y rebatibles. Acorazada en su decisión de pasar a la historia como una líder fundacional, la Presidenta se expuso y expuso a su país a duras represalias del mundo occidental, que es lo que sucederá en los próximos tiempos.
La decisión fue contra los capitales españoles de Repsol y no incluyó las acciones de la familia Eskenazi ni a los tenedores privados de acciones. Los directivos españoles de YPF fueron directamente expulsados de la petrolera, en un gesto que pareció una declaración de guerra contra España. No obstante, aquella decisión de incluir sólo a Repsol en la expropiación podría explicarse en la estrategia de unificar al futuro interlocutor del inevitable resarcimiento.
Parcelar la expropiación hubiera requerido una agresión hacia un número de víctimas más amplio, lo que, a su vez, hubiera provocado juicios en varias partes del mundo.
Es probable, con todo, que el kirchnerismo no se salve de juicios múltiples y diseminados por diversas capitales importantes. Los accionistas minoritarios podrán argumentar que se asociaron a una empresa controlada por Repsol y no a una manejada por la señora "K". Del mismo modo, Repsol iniciará acciones judiciales de inmediato, aquí y en el exterior, porque lo que la Presidenta hizo fue cambiar las reglas del juego en medio del partido. Destruyó también todo el orden jurídico previo de la empresa para acceder a sus acciones. Pero la Presidenta pareció convencida de su versión de la historia y temerosa al mismo tiempo de que otra versión cambiara la suya. No habló con nadie que no dijera lo que quería oír.
Recorrer el discurso presidencial es adentrarse en una aventura de verdades a medias, de realidades prolijamente ocultadas y de acuerdos directamente desconocidos por una protagonista de ellos. ¿Cómo negar que las reservas de petróleo y gas cayeron en los últimos años? ¿Cómo no admitir que hubo una decidida política empresaria de reparto de ganancias en YPF?
Las reservas cayeron intensamente durante los años "K". ¿Qué pasó? El Estado se quedó con más del doble del precio del barril del petróleo. Pero los petroleros no pueden hacer nada. El gas se les paga aquí a los productores sólo un 20% del precio que se les paga en Bolivia.
Durante los últimos siete años hubo serias y reiteradas advertencias sobre esa política. Los inversores huyeron de la Argentina, incluida Repsol, que intentó un acercamiento acordando con el gobierno el ingreso a su capital accionario de la familia Eskenazi, con buenas relaciones con los "K". Partes de las ganancias se fueron en esa compra que Cristina aprobó. Esto se esconde.
Otra parte que no se dijo fue la política oficial de subsidiar (y alentar) el consumo popular de energía barata y abundante. La felicidad no se puede ordenar por decreto y ahora llegaron las facturas de esa fiesta populista. Sin precios redituables y con un disparado consumo energético, la única conclusión ineludible era, y es, una profunda caída de la reservas energéticas del país. El problema "K", en el corto plazo, es que creó una sociedad subsidiada y obviamente contenta con esa condición. ¿Cómo hará para conformarla sin el pretexto de los españoles?
Cristina le dijo ayer al mundo que no le importa una inédita tensión con España. De ahora en más, no podrá contar con su proclamada amistad con el rey Juan Carlos y deberá enfrentar una dura reacción diplomática española y del bloque de la UE (el tercer destino de las exportaciones argentinas).
Es extraño que eso suceda en un país que se reconstruyó de la gran crisis de principios de siglo por sus relaciones comerciales con el mundo; es decir, por sus exportaciones. La Argentina escribió otro capítulo como país adolescente, capaz de cambiar de humor en horas. La Argentina de los 90 y la de los primeros años de este siglo parece expresar a dos países distintos. Es el mismo país y, además, gobierna el mismo partido.
En aquel Menem de los 90 había también un sesgo de autoritarismo en el que podrían encontrarse algunas de las causas de lo que sucedió ahora. Menem privatizó YPF y nunca buscó un acuerdo con los otros partidos políticos para decidir el destino de la principal empresa petrolera del país.
Cristina la primera peronista que accedió a un tercer mandato consecutivo de su partido, si se incluye, como debe incluirse, el mandato de su esposo. Antes, ni Perón ni Menem, con sólo dos mandatos, debieron pagar los costos populistas de sus gestiones. Cristina decidió que no lo pagará ella, sino las empresas privadas y, en última instancia, el futuro del país. La Presidenta ya no tiene recursos para la importación de combustible, de la que se quejó como si estuviera heredando una gestión ajena.
El rechazo a pagar nuevos costos políticos tiene su explicación en las encuestas. La Presidenta ha perdido 20 puntos de aceptación social en los últimos tres meses. La sociedad es más pesimista que optimista sobre el futuro del país y también se quebró la adhesión social a la política económica.
Las reservas gasíferas no convencionales de Vaca Muerta, las terceras en importancia del mundo, necesitan de inversiones de muchos miles de millones de dólares. ¿De dónde sacará el kirchnerismo esos recursos? ¿Quién invertirá en un país donde su gobierno cambia la propiedad privada como quien cambia su vestuario?