A veces parece que hubiera dos directores llamados Gus Van Sant. El mejor de los dos es quien dirigió "Cuando el amor es para siempre", película que acaba de ser editada en DVD.
Por supuesto, Gus Van Sant es uno solo, aunque resulte difícil advertirlo cuando se intenta abarcar su filmografía. En ella hay película realmente atendibles como Mala noche (1986), Drugstore Cowboys (1989), Mi mundo privado (1991), Todo por un sueño (1995), Gerry (2002), Elefante (2003) o Last Days (2005), cosas interesantes como Descubriendo a Forrester (2000, que contaba con la ventaja de Sean Connery), trabajos convencionales como En busca del destino (1997, beneficiada por Matt Damon y fastidiada por Robin Williams), mediocridades como Milk y absolutas catástrofes como Psicosis (1998) o Las mujeres también se ponen tristes (1993).
Cuando el amor es para siempre (otro título castellano idiota para una película interesante que en inglés se llama simplemente Restless) pertenece al grupo de los trabajos realmente atendibles de Van Sant, que es el que aparentemente el público no se molesta en ver.
Esta vez Van Sant se ha lanzado a contar una historia de amor sobre la que sobrevuela la sombra inescapable de la muerte. La protagonista (Mia Wasikowska, estupenda en la teleserie En terapia, no tanto como la Alicia de Tim Burton) se sabe afectada de una enfermedad terminal, y enfrenta su destino con serena madurez. En su camino se cruza un joven (Henry Hopper, el hijo de Dennis, a quien está dedicado el film), y surge el flechazo. Y también la incertidumbre, el saber que todo va a ser muy breve y provisorio. En un juego que no deja de contener una dosis de amarga paradoja, el guionista Jason Lew coloca la carga de furia e inmadurez en el muchacho (que es quien va a sobrevivir), contrastándola con la casi tranquilidad de la mujer.
Es típico del mejor Van Sant cierto gusto por la estilización, la reducción del conflicto a sus elementos esenciales, y hasta un tratamiento al que cabe definir como dotado de una cuota de "irrealidad". El director elige personajes extremos (una muchacha gravemente enferma, un chico a quien le gusta asistir a funerales), los viste con prendas deliberadamente anacrónicas, los sigue con la cámara en los vagabundeos en los que pasean sus dolores y sus desconciertos, los vincula con el fantasma de un piloto kamikaze, y redondea una película en apariencia sencilla pero donde no faltan a la sita la sutileza y una cuota de melancólica poesía.
El principal respaldo del film se encuentra en su elenco, y especialmente en la sensibilidad de su protagonista femenina Wasikowska, quien transmite sin aspavientos su tragedia interna. Henry Hopper la acompaña adecuadamente, y Van Sant los capta con elegancia y una punta de emoción. Presentada en Cannes.