En los últimos tiempos se ha acentuado la tendencia a adaptar el argumento original de las óperas a nuevas situaciones y épocas. Así Casta diva de Norma de Bellini protagonizada por una guerrillera enamorada de un funcionario británico, que canta la famosa aria en un camión rodeada de metralletas.
Nuestro compatriota Ugo Ulive, confió alguna vez a quien escribe que Otello de William Shakespeare, en versión realizada en Venezuela, la tragedia se trasladaba a Cumaná y el moro de Venecia se convertía en un afrovenezolano.
El canal Films and Arts, dueño de muy buena programación, ha difundido recientemente una Traviata cuya escenografía muestra la esfera enorme de un reloj, símbolo obvio de los días contados, enfermedad mediante, de la protagonista. La época es actual, a juzgar por la ropa de los cantantes, con lo cual se corre el riesgo de preguntarse porque el médico que la atiende no le receta la estreptomicina que la sanaría, impidiendo así el desenlace fatal.
Es verdad que en esta ópera, Giuseppe Verdi retrató la hipocresía de la sociedad de su tiempo y desde este punto de vista los espectadores del estreno en 1853 se vieron en escena, implacablemente reproducidos hasta en sus ropas.
En la Semana Santa que termina, el citado canal difundió El Mesías de Haendel que no adoptaba la forma del oratorio en la cual la concibió el músico. Los cantantes y el coro, vestidos en ropas actuales actuaban, mientas cantaban, moviéndose y expresándose mediante gestos del rostro y actitudes del cuerpo, en un escenario que rondaba la apariencia de un apartamento u oficina de los días presentes con escaso mobiliario, creando un ámbito austero y desnudo. Musicalmente la versión era excelente, aunque se puede agregar que la orquesta no era visible. Haendel fue autor de óperas y si hubiera deseado para El Mesías esa forma lo hubiera hecho sin titubeos. Prefirió otra vía, con el espléndido resultado que se conoce.
Al margen del tema subyacente, es decir, respetar las condiciones originales en las que nació la música que vive a través de los siglos, hay límites que dicta el sentido común. Proceder de otro modo es casi equivalente a retocar las obras de Rembrandt o Van Gogh.