Un drama romántico en tiempos difíciles

Estreno. Ya está en los videoclubes "La princesa de Montpensier" de Bertrand Tavernier

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Aporta una refinada evocación de época y un drama desparejo. Pero aún con reparos parciales justifica un vistazo "La princesa de Montpensier", relato de época dirigido por el francés Bertrand Tavernier que acaba de salir en DVD.

En la base hay una novela escrita en 1662 por Madame de Lafayette, más notoria acaso por otro libro que también tiene la palabra princesa en el título (en este caso La princesa de Cléves) y que es considerada una pieza clave en el surgimiento de la moderna narrativa francesa.

Como La princesa de Cléves (que dio origen, dicho sea de paso, a una aburrida y académica adaptación de Jean Delannoy, dialogada por Jean Cocteau), esta otra Princesa recorta una historia de amor sobre el trasfondo de las intrigas políticas y religiosas de la Fran- cia posterior a la reforma protestante (son los tiempos de las guerras de religión y los en- frentamientos entre católicos y hugonotes).

El personaje titular (Melanie Thierry) se debate entre cuatro hombres. Se la ha obligado a casarse por razones de conveniencia familiar con un hombre al que no ama (Grégoire Leprince-Ringuet), hay un noble lujurioso que la acosa (Raphaël Personnaz), y no termina de desembarazarse de un amor del pasado (Gaspard Ulliel). Por si tres hombres en su vida no fueran suficiente problema aparece un cuarto: un conde (Lambert Wilson) razonablemente harto de las guerras de religión, su irracionalidad y su violencia, al que se encarga oficiar como guardaespaldas de la protagonista. Entre esos personaje y otros se conformará un entramado de pasiones, intrigas, alianzas de casas nobiliarias y diversos ejercicios del poder.

Es típico del director Tavernier (El juez y el asesino, Más allá de la justicia, Cerca de la medianoche, Un domingo en el campo, La vida y nada más) el gusto por el relato clásico y ordenado, casi "a la americana" (no en vano se dijo alguna vez, y no como un reparo, que era "el más norteamericano de los buenos directores franceses"). Su apoyo en un material literario, sus refinamientos de imagen, sonido y recreación de época, su esmero en la composición de la imagen, arriesgan suscitar un par de términos que se han vuelto oprobiosos: academicismo, "qualité".

No sería del todo justo. La narración de Tavernier es en términos generales prolija, fluida, ocasionalmente inspirada, a menudo elegante. No se conforma con reconstruir esmeradamente un tiempo pasado, sino que intenta extraer de ahí una reflexión con alcance contemporáneo (de hecho, todo arte es arte contemporáneo, aunque transcurra en la antigua Grecia o en la superficie de la luna).

La intención de extraer del material un sentido humanista y antibélico proviene de Tavernier, y seguramente no estaba en el primer nivel de prioridades de Madame de Lafayette cuando escribió su libro, que apuntaba más bien a un cuestionamiento de conductas y mentalidades de su época. No es un defecto: cada época tiene derecho a leer desde su propia perspectiva las obras de arte del pasado.

Si algo cabe objetarle al film es su irregularidad (o más bien su hibridez) entre la acción y el drama romántico. La primera (una suerte de historia de capa y espada, con algunos despliegues de combate) está resuelta con cierta solvencia pero no llega a llenar cabalmente el ojo del espectador. Al segundo le falta un poco de pasión, como si el cineasta no se sintiera del todo cómodo con su tema y sus actores.

Estos últimos (o algunos de ellos) funcionan solo a media máquina, y ciertamente un poco más de fuerza en Thierry, Ulliel y Leprince-Radiguet (este último es el más flojo de todos) hubiera ayudado al conjunto. Otra cosa son Personnaz (que aporta una dosis de bienvenida locura a su duque de Anjou) y especialmente el espléndido Lambert Wilson, un intérprete maduro y de excepcionales condiciones que puede saltar del villano de Sahara al monje de De dioses y de hombres, u otorgar aquí una dosis de complejidad y vida interior a su conde de Chabannes, un personaje que se instala en la pantalla con la tridimensionalidad y el conflicto que faltan (o aparecen tratados con más superficialidad) en los demás.

¿Vale la pena ver la película?. La respuesta es sí. Sabe aprovechar debidamente sus valores de producción, consigue una convincente recreación de la época en que transcurre, coloca sobre ella un par de ideas interesantes, contiene algunas buenas actuaciones y logra dos o tres picos de interés dramático. También es un poco larga y un poco dispersa. Pudo ser mejor.

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