Si usted vive en un barrio residencial y paga el costo que eso supone en materia fiscal, cree tener derecho al margen de tranquilidad que siempre caracterizó a ese entorno. Pero se equivoca, porque a pocos metros de la puerta de su casa y durante todo el día, y también de noche, se instala un grupo de muchachones que pasan las horas en la calle, sin otra ocupación aparente que la de estar atentos a cada entrada o salida de los vecinos o a pedir plata a cualquier automovilista. Y así usted debe soportar un clima de asedio -indefinido pero constante- sin saber cómo terminará esa situación y sin que ninguna fuerza pública se ocupe de los merodeadores.
Si usted es un austríaco que visitó Montevideo, quedó encantado con lo que vio y decidió invertir y radicarse con su mujer en una hermosa zona de esta ciudad, pudo imaginar que su vida en el sitio elegido sería tan disfrutable como el paisaje circundante. Pero también se equivocó, porque la casa que había comprado luego de una cuidadosa selección, resultó asaltada por rapiñeros en tres oportunidades, inclusive con ellos dentro, en unos pocos meses. El Uruguay lo defraudó, además de asustarlo, con lo cual usted piensa ahora que lo más aconsejable sería cambiar de planes, dejar sin efecto esa aventura sudamericana y volver a su país natal, una alternativa nada difícil de comprender.
La delincuencia juvenil, un riesgo latente que todos los días protagoniza episodios de violencia a través de la ciudad, es una de las mayores deudas pendientes que el gobierno mantiene con la población, y el más cruento de los grandes problemas (enseñanza, vivienda, sanidad) con que tropiezan esas autoridades sin superarlos. En materia de inseguridad, casi nadie piensa en el dinamismo propulsor de un fenómeno que no se detiene, que ha crecido dramáticamente en los últimos tiempos y que nada parece capaz de abatir, con lo cual un cuadro que hoy es grave, mañana será peor. Ningún índice demuestra que ese crecimiento tenga un límite, pero todo indica en cambio, que está impulsado por varios factores indesmentibles que aseguran su expansión.
El primero de ellos es un sector marginal donde la formación de nuevas generaciones se ha deteriorado bajo el peso de la penuria económica, la deserción escolar, la desintegración familiar, la ignorancia de toda escala de valores, el abandono infantil y los contagiosos modelos de la violencia. El segundo factor es de orden demográfico y deriva de una clase sumergida donde la voluntad de procreación es mayor que en cualquier otro sector de la sociedad: una madre sola, sin trabajo ni techo pero con siete hijos, no es una estampa desacostumbrada en esa periferia y hasta lo estimula el gobierno con sus planes sociales. Y así el factor numérico -incontenible por el momento- se suma a las condiciones ambientales para ensanchar la sombra de inseguridad que pende sobre los montevideanos.
El tercer factor dibuja otra parábola ascendente, la del atrevimiento con que opera la delincuencia juvenil, cruzando todas las barreras de conducta y desconociendo no sólo el derecho ajeno a la propiedad sino también el derecho a la vida que no respeta en sus víctimas. Esa osadía crece por dos caminos, el de la edad cada vez menor de los infractores (ya hay asaltantes de apenas 8 o 10 años) y el de la pérdida de toda medida de comportamiento, porque los agresores hoy no sólo saquean, sino que además castigan y matan a la gente, demostrando la bestialidad del fenómeno en una etapa evolutiva que subirá seguramente hacia otros grados de descomposición y de peligro. Una adolescencia que no estudia ni trabaja, y que a menudo se droga, asume cada día con mayor desenvoltura su papel agresor.
Lo hace envalentonada por la insuficiente respuesta de la ley, por la indecisión de la clase dirigente, por el desvalimiento de los ciudadanos y por la raleada presencia de la fuerza pública, parapetada tras líneas telefónicas que no siempre contestan. Pero también lo hace movida por necesidades que solo atina a remediar mediante la acción criminal, extraviada por el vacío cultural y afectivo en el que ha crecido, convencida de que el prójimo es un terreno propicio al despojo, y ajena a toda noción de lo que es la autoridad moral, la disciplina laboral o el bien común. Este presente invita a estremecerse ante el futuro.