Un paisaje de desidia

RICARDO REILLY SALAVERRI

El tema tiene particular relevancia en Montevideo por su mayor tamaño, pero es una constante urbana nacional.

La ciudad está literalmente invadida por gente cultural y socialmente irregular que se ha apropiado de sus calles, veredas y plazas y las usa como bien propio. Practicando habitualmente una mendicidad que se ha institucionalizado en medio de la mirada para el costado de las autoridades nacionales y municipales que deberían jugar algún rol en el asunto.

Es bueno recordar que el fenómeno irrumpió escandalosamente al asumir, en 1990, como intendente de Montevideo el Dr. Tabaré Vázquez, que dio rienda suelta a que quien quisiera instalar un par de caballetes en donde se le antojara lo hiciera. El caos fue total, lo que llevó tardíamente a su regulación y así quedaron definitivamente, por ejemplo, las precarias instalaciones de venta de artículos de baja calidad en 18 de Julio y 8 de Octubre.

Fue el final del viejo y prolijo centro de Montevideo, en el que las coquetas y cuidadas vitrinas de sus tiendas y sus bares y confiterías cedieron su lugar a los caballetes improvisados, atendidos por gente descuidada en todas las formas y aspectos y por puestos de chorizos. Fue un himno a la proliferación de los macro centros comerciales (shoppings) ante la estampida de público que generó la situación.

Se generó entonces una realidad mendicante. A más de 20 años de instalado en el gobierno de Montevideo, el Frente Amplio no ha sabido eliminar del paisaje la presencia de "los carritos"; en los contenedores de basura hay gente que busca cotidianamente comida en ellos y quienes pasan la noche durmiendo entre los desperdicios. Y, no hay espacio de circulación y estacionamiento en el que no haya un autoinvestido "cuidacoche". Notoriamente los cuidacoches son innecesarios, no cumplen ninguna función útil y son una molestia para la gran mayoría de la gente. Hay algunos que cuidan su conducta y que se esfuerzan por ser colaboradores, hay otros, que solo corren cuando suena una alarma de un auto que anuncia va a partir alguien a quien podrán pedirle dinero poniéndose delante del vehículo, y la mayoría son gente mal entrazada, muchas veces agresiva y mal educada, que se dirigen a la gente con tono amenazante. Lo que suele también ocurrir en los semáforos con la multiplicación bíblica de los "limpiavidrios".

Todas estas circunstancias son un impulso al delito. A los autos normalmente conducido por mujeres a las que rompen un vidrio lateral y roban la cartera, a la venta de algo más pesado que chucherías en el comercio tugurizado, al hurto y el arrebato, llevado adelante por gente que instalada en las calles conoce los movimientos de personas y vehículos, y en definitiva al ejercicio desenfrenado del "hago lo que quiero y a mí no me para nadie".

Ante estas circunstancias, si la idea es que el Estado practica esta tolerancia por razones sociales, donde los que no estudian ni trabajan son los grandes beneficiados por planes sociales gratuitos, sin contrapartida y los penables son los que trabajan y aportan a las arcas públicas, lo menos que debería haber de parte de las autoridades es un control de las personas y de sus antecedentes. Que exista un registro mínimo para el otorgamiento de algún tipo de licencia, sujeta a controles periódicos, que evite que malvivientes, usen incondicionalmente de estas modalidades de vida propensas al delito.

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