El buen humor va de la mano con la arqueología del cine

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EL ARTISTA

Ficha

Título original: The artist. Dirección, guión: Michel Hazanavicius. Fotografía: Guillaume Schiffman. Montaje: Anne-Sophie Bion, Michel Hazanavicius. Diseño de producción: Laurence Bennett. Música: Ludovic Bource. Elenco: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell, John Goodman, Penelope Ann Miller, Missi Pyle, Malcolm McDowell, Joel Murray, Ed Lauter, Beth Grant, Bitsie Tulloch, Ken Davitian, Basil Hoffman, Nina Siemaszko.

Esta historia comienza en 1927, cuando Hollywood preparaba el salto del cine mudo al sonoro. Lo gracioso es que recrea esa época en una película de 2011 que no sólo es en blanco y negro y en pantalla angosta, sino que también es muda. El homenaje al pasado (y su parodia) se convierten así en una reconstrucción arqueológica de maniática fidelidad en trajes, autos, casas y ornamentos, con las placas intercaladas para el diálogo. Lo que allí se cuenta es igualmente añejo, en torno al famoso actor -un galán acrobático como Douglas Fairbanks- cuya carrera agoniza cuando llega el sonoro, mientras en cambio surge la de una muchacha desconocida que asciende al estrellato. Esas vidas desiguales tendrán un romántico encuentro final, con lo cual la simplicidad del tema también tiene el sello de los viejos tiempos.

El director y libretista Michel Hazanavicius es quien tuvo la insólita ocurrencia, y la lleva a cabo como corresponde a un espectador entusiasta, cuya pasión por el cine empezó en la infancia. Ahora, a los 45 años, ese francés descendiente de lituanos que se lució anteriormente en un par de farsas sobre el género de espías, convierte su tercera película en un delicioso rescate del pasado, un juguete de formato arcaico donde las referencias al cine de los años 20 (y luego 30) se cruzan con un flotante manejo del humor. Allí toma el pelo al sistema de estrellas que entonces estaba en su apogeo y de paso alude a algunas realidades, porque la llegada del sonoro arruinó la carrera de unas cuantas celebridades que tenían voz fea (John Gilbert), tono vulgar (Clara Bow) o acento extranjero (Pola Negri).

Pero Hazanavicius no es solo un memorioso que se divierte echando miradas retrospectivas y empecinándose en las autenticidades de estilo. Además arma un relato cuyo hilo argumental remite a los grandes ejemplos del cine dentro del cine, desde Nace una estrella o El ocaso de una vida hasta Cantando en la lluvia, con las que tiene abundantes similitudes y una misma apelación a los mitos de Hollywood. Cuando aquí el protagonista se burla del sonoro, permite recordar cómo desdeñaron ese cambio de lenguaje algunos creadores (Charles Chaplin, René Clair) que lo adoptarían tardíamente y hasta lo satirizaron en alguna película. Hay mucho sobreentendido por debajo del mimetismo exterior de El artista.

Lo bueno, sin embargo, es que el realizador consiga con eso una comedia tan disfrutable, donde no faltan las finezas expresivas y los hallazgos visuales. En un momento, la heroína se encuentra sola en el camarín de su enamorado, desliza un brazo por la manga de su frac y con ello parece que el hombre la está abrazando. En otro momento, el protagonista sin trabajo enfrenta la vidriera de la casa de empeños donde se exhibe la ropa que vendió, y en el reflejo del cristal su cabeza parece calzar nuevamente sobre el viejo cuello de palomita. Son ideas sin palabras, con la inventiva poética que conviene a una película donde la antigüedad resucita. Cuando se anuncia la llegada del sonoro, la voz humana irrumpe de pronto con el estrépito de las risas al paso de un grupo de coristas, cortando brevemente el silencio.

La película comienza con una graciosa sesión de tortura del primitivo cine de terror, aunque más adelante su relato se interna en un lirismo casi chaplinesco, con el vagabundeo del protagonista y de su perro fox-terrier en imágenes nada lejanas de la emoción de El pibe. Pero como es lógico en una historia que registra los avances del cine y el paso de los años, la última escena deriva en cambio a un número musical donde la pareja central (Jean Dujardin, Bérénice Bejo) zapatea con una elegancia capaz de convocar a los fantasmas de Ginger Rogers y Fred Astaire. Todo un placer.

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