El caso es digno de una película de horror. Una enfermera que se asoma a una ventana y observa 12 pisos más abajo un cuerpo inerte rodeado de moscas. Llama a la seguridad, y al bajar a investigar descubren el cadáver de un paciente, "perdido" hace varios días, tirado en un patio, en avanzado estado de descomposición. Pero la historia no es de una película, es la realidad actual nada menos que del Hospital de Clínicas. Y ni siquiera se puede decir que sea algo novedoso, ya que las historias de pacientes perdidos, o "fugados", como se los conoce en la jerga de los funcionarios, parece ser cosa de todos los días.
Tampoco la tétrica actualidad del que supo ser hospital emblema del país, es algo único en el alarmante panorama de la salud pública. Hace menos de un mes, una mujer murió en Sarandí del Yí cuando, tras sufrir un infarto, los llamados desesperados de sus familiares al hospital local fueron desestimados por sus jerarquías ya que, pese a que cuentan con una ambulancia en perfectas condiciones, la orden superior es que ésta no puede ser usada para "atención exterior". Así como lo lee. La consecuencia fue que se debió llamar a la policía, pero en el tiempo en que esta llegó, y se acondicionó su camioneta para el traslado, la señora falleció, ante la ira lógica de sus familiares.
Pero no hay dos sin tres. Hace pocos meses una mujer que se recuperaba de una dolencia en el CTI del Hospital Pasteur giró sobre sí misma, pero la baranda que la contenía (que estaba atada con una cuerda) cedió, la mujer cayó al piso, y murió poco después debido a los efectos del golpe sobre su delicada salud.
Estas son solo tres postales. Tres casos ocurridos en los últimos meses, como seguramente haya muchos otros igual o más graves, que pintan la realidad actual del sistema de salud pública. Un sistema que, pese a la promocionada "reforma de la salud" impulsada en el gobierno anterior, sigue mostrando problemas y carencias dramáticas, más dignas de un país africano en guerra civil, que de una nación que lleva casi diez años de bonanza económica sin precedentes.
¿Qué está pasando? ¿Por qué si han aumentado los recursos, si se le han quitado miles de usuarios que han pasado a mutualistas privadas, el sistema de salud pública sigue en este estado deplorable? ¿Ha sido tan maravillosa la reforma?
Pero, por más trágico que resulten estos ejemplos, hay otros aspectos que resultan igual o más alarmantes. Por ejemplo, mientras esto sucedía en el país, las autoridades que dirigen esa misma salud pública se abocaban a estudiar sanciones para el Hospital Británico. ¿El motivo? Haberse atrevido a utilizar un revolucionario equipo técnico sin autorización de los burócratas de turno. Una autorización que habían solicitado hacía ya dos años, incluso con la oferta de ceder ese equipo para que fuera usado por los usuarios de la salud pública.
Y si esto resulta indignante, la reacción de las autoridades es como hacer hervir la sangre. Según Luis Gallo, presidente de la Junasa, una especie de "politburó" creado por la reforma para, entre otras cosas, ejercer de censor de las mutualistas privadas, "el país no está preparado para tener un aparato tan importante" y acusaba a las entidades privadas de "currar" con las enfermedades. Y como si esto fuera poco, nada menos que el representante de los usuarios, otra figura de dudosa representatividad creada en esa reforma, apoyaba a las autoridades en su cruzada oscurantista. ¡El representante de los usuarios!
Está claro que algo está funcionando muy mal en Salud Pública. Y que si bien los problemas vienen de antes, la gran reforma impulsada por el gobierno Vázquez está mostrando signos de fracaso en muchas áreas. El Estado vuelca cada día más recursos, pero la atención a los más débiles sigue siendo paupérrima. A la vez, las entidades privadas están cada vez más asfixiadas por una burocracia ideologizada y retrógrada, que les controla hasta la publicidad, pero que demora seis años para autorizar la incorporación de tecnología nueva.
¿La consecuencia? Quienes tienen dinero, huyen a atenderse al exterior. Y los que no, penan entre entidades "privadas" sobrecargadas y agobiadas por los efectos de la reforma, o mueren esperando una ambulancia en Sarandí del Yí, o cayéndose de una cama del Pasteur.
La gran pregunta es, si esto pasa hoy cuando el país atraviesa un boom económico casi sin precedentes, ¿qué pasará el día que el Estado no cuente con dinero de sobra?