La dama envejece y la actriz crece

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La señora Thatcher gobernó el Reino Unido durante once años a partir de 1979 y se anotó con ello un par de récords. Fue la única mujer que llegó a primer ministro en toda la historia británica y se mantuvo en ese cargo durante más tiempo que cualquier otro colega del siglo XX. No lo consiguió por sus virtudes sino por su energía, que llegaba a ser feroz cuando combatía ciertas ideas o apoyaba otras, en mérito a lo cual fue conocida mundialmente como La Dama de Hierro. Durante sus años en el poder resistió toda movilización social o sindical, fue odiada por las Trade Unions y arruinó unas cuantas industrias, pero se dio el lujo de presenciar dos acontecimientos que la complacieron, porque ganó la Guerra de las Malvinas y pudo ver la caída del Muro de Berlín. Después se retiró y desde hace años sufre el mal de Alzheimer.

Interpretar a esa mujer era un plato fuerte para cualquier actriz, pero Meryl Streep lo convierte en un banquete. En las primeras escenas está vieja y enferma, permitiendo al público saborear los detalles de su construcción del personaje en la mirada errática, la voz turbia y el andar inseguro. Después, en los flashbacks, surge en el apogeo de la vida desplegando todo el velamen de su autoridad, con aire dominante y a veces áspero. El resultado es otra de esas hazañas en que se especializa la actriz, mientras la película que le sirve de andamiaje corre como una biografía benévola, a veces perspicaz pero nunca indiscreta. Eso es lo que sucede con los homenajes cuando se tributan en vida de la agasajada.

LA DAMA DE HIERRO

ficha

Gran Bretaña 2011. Título original: The Iron Lady. Dirección: Phyllida Lloyd.

Guión: Abi Morgan.

Fotografía: Elliot Davis. Música: Clint Mansell, Thomas Newman

Elenco: Meryl Streep, Jim Broadbent, Anthony Head, Richard E. Grant, Roger Allam, Olivia Colman, Nicholas Farrell, Alexandra Roach, Harry Lloyd.

atención a...

Jim Broadbent, ese veterano actor inglés que compone aquí al marido de la protagonista. Lo retrata con una elegancia asordinada, comparable al bajo perfil que ese consorte mantuvo hasta el final.

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