Tras el fallecimiento del director griego Theo Angelopoulos, las reacciones de críticos y cineastas comenzaron a aparecer. Es que el realizador dejó su impronta en la historia del cine europeo.
Dejó su huella al personificar la emergencia de un "nuevo cine griego" en los años setenta tras la caída de los coroneles, moldeado con lentitud y mediaciones para narrar las heridas de Grecia y de la Humanidad.
"Puede que resulte triste, pero mi ancestro Aristóteles decía que la melancolía es la fuente de la creación", decía en 1999, en la lección de cine que impartió en el Festival de Cannes (Francia), al año siguiente de ganar la Palma de Oro con La eternidad y un día, largometraje en forma de reflexión sobre la muerte.
La melancolía lo acompañó siempre y baña los paisajes de sus películas, alejados de los tópicos de la Grecia turística marítima azul y soleada, invernales, grises, lluviosos, montañosos y austeros. "Necesito sentir el invierno, el gris es para mí el color más poético, me permite salir de la cárcel de mi imaginación, todo lo que es gris me va bien. El gris me ayuda a imaginar", decía en 2008 a la agencia AFP.
Su estilo se construyó a base de esbozos y elipsis, la narración mezcla a veces el pasado y el presente, la anécdota y la amplitud épica, en un mismo y lento plano secuencia. Como en El viaje de los comediantes (1975), una antiepopeya de cuatro horas que atraviesa las horas más sombrías de la historia griega contemporánea, evoca la guerra civil, la ocupación, la dictadura y el fascismo. Pasó a la censura un guión falso y así pudo rodar lo esencial de la película en plena dictadura de los coroneles.
Autor de una quincena de largometrajes, Angelopoulos impactó a la crítica con otras obras maestras, como Alejandro El Grande, recompensado con el León de Oro en la Mostra de Venecia en 1980, denuncia del totalitarismo que se inspira en la tragedia clásica, la liturgia bizantina y la vida rural de un pueblo de Macedonia.
Sus películas que conducen al espectador a un estado contemplativo confieren a la circunstancia de su muerte violenta la noche del martes (atropellado por un motorista en un barrio periférico de Atenas) un carácter más ultrajante si cabe a un cineasta que despreciaba la velocidad y la falta de sentido cívico y colectivo del que ha sido víctima. "Durante mi formación, sentí sin cesar la necesidad de que los planos duren cada vez dos segundos más, esos dos segundos preciosos que siguen a la acción", explicaba, y decía que intentaba "hacer de la lentitud una especie de pausa musical entre dos escenas".
Nacido el 27 de abril de 1935 en Atenas, Angelopoulos tenía una sólida cultura francesa. Estudió en el Idhec, la escuela de cine más cotizada de París.
Dirigió a Marcello Mastroianni y Serge Reggiani en El apicultor, Harvey Keitel (La mirada de Ulises), Omero Antonutti (Alejandro El Grande) y Bruno Ganz (La eternidad y un día). Alejandro El Grande (1980), denuncia el totalitarismo, entre sueño, meditación y mitos revisados. Viaje a Cythera cuenta la historia de un viejo comunista exiliado en la Unión Soviética después de la guerra civil (1945-47) que regresa a Grecia sin lograr que sus sueños se acoplen a la realidad.
Después de haberse interrogado sobre los problemas sociales y la historia de Grecia, al tiempo que proponía un punto de vista estético y experimental sobre el cine, este apasionado de la historia acababa de empezar el rodaje de su nueva película, El otro mar. Tenía la intención de evocar la última herida de Grecia, la crisis financiera y el fracaso de su país y de Europa. "Europa era un sueño que se desplomó con gran rapidez", había comentado en junio pasado. Basado en Agencias