Parece una ironía, pero es otra de las vueltas de la realidad. Hasta hace tres años, Europa era uno de los destinos envidiables de la emigración latinoamericana, y sin embargo la crisis que estalló en octubre de 2008 ha dado vuelta las cartas sobre la mesa del Viejo Mundo. Ahora la agonía financiera de Grecia, el hundimiento de Portugal e Irlanda y la rebaja de la nota de calificación que Standard & Poors impuso a Francia, Italia y España, permiten contemplar con alarma la suerte de ese mundo -y en particular de la eurozona- desde este remoto balcón meridional. La alarma tiene un tinte social cuando se observan las cifras del desempleo, que superan el 30% entre los jóvenes italianos, desbordan el 20% entre los trabajadores españoles y provocan diariamente la pérdida de mil empleos entre la población francesa.
La alarma tiene en cambio un sesgo político cuando los gobiernos europeos se ven obligados a fijar planes de ajuste que acentúan la impopularidad de la clase dirigente, interrumpen proyectos, recortan beneficios y desencadenan un malestar general de consecuencias imprevisibles. El caso desolador de un matrimonio de sexagenarios italianos de la ciudad de Bari, que se suicidó con barbitúricos luego de siete años de sobrellevar el desempleo y de apelar sin respuesta al auxilio de las autoridades, es un índice de la suerte que está corriendo mucha gente desvalida bajo el peso de la crisis. Otros italianos, que hasta hace poco tiempo rechazaban trabajos duros y los dejaban en manos de inmigrantes balcánicos, africanos o asiáticos, deben ahora aceptar labores agrícolas de mayor sacrificio y escaso salario, o enrolarse como obreros de la construcción, según señala un flamante informe desde Milán.
Pero las grandes crisis tienen además el efecto de un descalabro moral, porque en ellas se tambalea no solo la estabilidad económica y el respaldo laboral de la gente común, sino también toda una escala de valores en la que se apoya la conducta del ciudadano, sus opciones de vida, su apego por la formalidad, su respeto de las normas y sus planes de futuro. Son bastante notorios los revuelos empresariales que contribuyeron a arruinar la carrera de un ex primer ministro italiano, pero últimamente han cobrado divulgación otros escándalos similares que se ubican en la cima de los negocios, de la política y de las instituciones europeas. Uno de ellos es el que envuelve al presidente alemán, que se resiste a renunciar luego de conocerse su vinculación con un caso de estafa al fisco. Otro es el del directivo del Banco Nacional suizo, comprometido por manejos financieros de su cónyuge, que probablemente él aconsejó.
Otro escándalo, que ha tenido enorme cobertura periodística, es el del yerno del rey de España, famoso inicialmente por su desempeño deportivo, que está acusado de malversación de fondos públicos por sumas millonarias recibidas del gobierno balear y de las autoridades valencianas. Esas cantidades debían volcarse en la realización de congresos sobre cultura y deporte, organizados por una empresa que preside el yerno real, pero en realidad fueron desviados a través de esa firma -y de otras radicadas en el extranjero- hacia paraísos fiscales, en provecho personal del implicado y de su socio. El caso, que conmocionó a la opinión pública española y se ha convertido desde hace semanas en el tema del día en toda la península (y también más allá), se agravó al saberse que el propio monarca estaba en conocimiento desde 2006 del comportamiento de su hijo político, aunque la situación no fue difundida entonces.
Esos altibajos en la actuación de un presidente alemán, un banquero suizo o un yerno español, demuestran que también hay una crisis en la conciencia de cierta gente, en sus actitudes, en su concepto del decoro y en el despilfarro de la imagen que ofrece esa gente desde la posición que ocupa. Parece desmantelarse así todo un edificio de principios que deberían regir el papel de las figuras públicas en la fachada de una sociedad, aunque su desvío se explica un poco mejor cuando se lo confronta con las emergencias de todo orden que golpean a los países donde han brotado los escándalos. Porque la adversidad general y las presiones circundantes que derivan de ella, operan a veces como los síntomas de una enfermedad, que altera la conducta del afectado y lo debilita hasta extremos que pueden volverlo irreconocible.