El sueño del F-86

Washington BeltrÁn Storace

Se trata de la libertad de expresión, ese legítimo derecho que los seres humanos tienen para manifestar su pensamiento y que incluye -porque no hay Constituciones ni Convenciones en el mundo democrático que lo puedan limitar- la posibilidad de decir tonterías, estupideces y disparates a diestra y siniestra si quien habla no tiene conciencia de su realidad. Se hace caso omiso de la prudencia, esa señora que poco se equivoca, que aconseja a quienes tienen altos cargos políticos ser muy cuidadosos en sus expresiones y en los lugares que eligen para hacerlas conocer.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, aprovechó su discurso de fin de año a las Fuerzas Armadas de su país, para sugerir que el cáncer que ha sido diagnosticado a varios presidentes de la región podría haber sido inducido por los Estados Unidos. "No sería extraño que hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer y que nadie lo sepa hasta ahora y se descubra esto dentro de 50 años o no sé cuánto. No sé, sólo dejo la reflexión, pero esto es muy extraño".

Es cierto que en los últimos años varios mandatarios han sido víctimas de la enfermedad: Fernando Lugo de Paraguay, Lula da Silva y Dilma Rousseff de Brasil, el propio Chávez y más recientemente Cristina Fernández, pero parece demasiado aventurado y absurdo lanzar una acusación de esta naturaleza aunque Estados Unidos no sea precisamente la Madre Teresa de Calcuta. Cierto es que se atajó rápidamente y dijo "yo no estoy acusando a nadie. Solo estoy haciendo uso de mi libertad para reflexionar y emitir comentarios ante hechos muy extraños"; pero también recordó unos de sus diálogos con Fidel Castro donde le advertía "cuidado con lo que comes, con lo que te dan de comer, con una pequeña aguja y te inyectan no se qué". Y para rematarla envió un mensaje a sus incondicionales de la región, el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega y el ecuatoriano Rafael Correa: "por favor, Evo, cuídate; por favor, Daniel, cuídate: por favor, Correa, cuídate". A los demás, que los parta un rayo.

Lo de Chávez y las conjuras imperiales o de las grandes potencias contra América y el mundo no es un tema nuevo. Ya lo había manejado, ante el asombro general, el presidente Evo Morales cuando se celebró en su país la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra (abril del 2010), donde además de sostener que el "capitalismo debe desaparecer de la tierra", la emprendió contra los pollos, los transgénicos, las patatas holandesas y la Coca-Cola.

Afirmó que "el pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso cuando los hombres comen esos pollos tienen desviaciones en su ser como hombres" (tal vez sean la cuna del homosexualismo, aunque éste tiene tantos años de historia como el ser humano). No dijo nada sobre los huevos, así que por ahí no habría problemas. Los "transgénicos" son culpables de la calvicie: "La calvicie, que parece normal, es una enfermedad en Europa, casi todos son calvos" (lo que permite, además, fomentar la redituable industria del peluquín). Sobre las "patatas holandesas", Evo no especificó si producen desviaciones masculinas o nos convierten en pelados o directamente no le gustan. Se limitó a ponerlas en su lista negra. Finalmente lamentó el gran consumo de Coca-Cola y contó como un sanitario, que no podía desatascar una tubería con químicos, lo hizo con esta bebida.

Debo reconocer que en esta carrera por denunciar conspiraciones, en este esfuerzo por emular al super agente F-86, las conjeturas de Evo son más graciosas e inofensivas, aunque me gustarían que no tuviera que emplear estos calificativos para juzgar el discurso de un Presidente de la República, electo legítimamente. Las "reflexiones" de Chávez, en cambio, me suenan como más peligrosas y de mal gusto, aunque en realidad todo lo que rodea al Presidente venezolano me cae de la misma manera: es un simple déspota que ha abusado de la democracia y sus institutos, los ha deslegitimado y la ha transformado en un simple instrumento para satisfacer su egolatría y sus ansias de poder. Pero lo que sí desnudan ambas es la falta de seriedad y el poco respeto a la investidura que ostentan. Los presidentes no pueden andar por el mundo diciendo o haciendo tonterías (como vestirse con un uniforme militar extranjero), porque lastiman al pueblo que representan y se empeñan en darle razón a una frase, cuya autoría nadie ha reclamado o no se conoce, que dice que "la estupidez en una enfermedad de lo más curiosa: no la sufre quien la padece, sino quienes lo rodean".

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