Está probado que gobernar anteponiendo la ideología por encima de todo otro interés es uno de los peores enemigos internos de un gobernante. Frena su accionar porque todo tiene que pasar por el tamiz ideológico y posterga iniciativas que podrían ser beneficiosas para el país pero que son rechazadas de plano si no se avienen a la concepción ideológica de turno (recuérdese lo que ocurrió con el TLC con Estados Unidos, por ejemplo). A la hora de asumir el poder, el gobernante debería quitarse el traje ideológico, saber ser pragmático y pensar en lo que es o no es conveniente para un país y sus ciudadanos, no para una ideología cerrada y obtusa.
Cuando asumió José Mujica la Presidencia de la República pareció elegir la postura del estadista investido de pragmatismo antes que la del ideológico tan afín a muchos de sus colegas de coalición. Sin embargo, la inicial grandeza de miras, esa distancia que había puesto entre él y muchos de sus "camaradas", se fue evaneciendo con el correr de los meses. Mujica dejó de guiarse por lo que resultaba de conveniencia para el país y a beneficiar sólo lo que le servía a la izquierda, dejó de escuchar las voces que le marcaban realidades críticas, apartó de su cercanía a quienes podían contradecirle y se fue encerrando en un círculo de allegados presidido por la primera dama y primera senadora de su partido, donde las ideas se fueron tiñendo cada vez más de la más rancia ideología izquierdista. En una palabra, Mujica volvió a las fuentes, a aquellos años sesenta que le puso a fuego la marca en el lado zurdo y rápidamente se olvidó de todo lo que dijo entre la noche en que fue electo y la tarde en que asumió la Presidencia.
Aquel presidente campechano pero lúcido de sus primeros discursos al asumir el poder se trocó en este mandatario agrio que no hesita en tildar de opositor a un periodista que no hizo más que formularle una pregunta que al parecer le incomodó; que pretende refugiarse en una ley de medios para evitar las críticas "de la derecha"; que se dejó influenciar por el Partido Comunista para imponer un impuesto al agro que bien sabe que sólo tiene una intención ideológica detrás; que hizo oídos sordos a dos pronunciamientos populares y democráticos para permitir que sus compañeros ideológicos se salgan con la suya derogando la ley de caducidad; que acepta callado que su esposa manifieste su intención de ideologizar a las Fuerzas Armadas para que respondan sólo a la izquierda; que se siente molesto con que haya dirigentes de los partidos tradicionales controlando el accionar de las empresas públicas y permite que se diga que "lo mejor es que se vayan". Y que siempre que puede hace veladas (y no tanto) alusiones a la "lucha de clases" y a la dicotomía simplista de "ricos-malos vs. humildes-buenos", propia de los más radicales dirigentes de la ideologizada central obrera y de un marxismo latinoamericano que piensa que las verdades se vuelven tales con sólo reiterar el concepto mil veces.
Además de su entorno más cercano, José Mujica esté evidentemente influenciado por dos de sus colegas continentales: la argentina Cristina Kirchner y el venezolano Hugo Chávez, que practican formas de gobernar reñidas con el más elemental republicanismo, como si los países fueran de su propiedad y convencidos de que toda iniciativa debe pasar por el cernidor de la ideología. Esos socios de este "nuevo Mercosur" han convencido a nuestro presidente que así se debe actuar, que la oposición es innecesaria porque es ideológicamente contraria a sus pensamientos y que los medios de comunicación, si son opositores, hay que tratar de aplastarlos. Ambos saben mucho de eso.
Mujica tomó así el camino más transitado entre los mandatarios de izquierda, que terminan atrapados por esa fuerza centrífuga que tiene en la ideología el núcleo y que no los deja ir más allá de su propia espiral. Se hizo dar la bienvenida al club de esos "tiranuelos" parapetados en una democracia mentirosa.
No era ése el Mujica del primer año de gobierno. Tampoco hubiéramos querido tener que ver esta transformación, ya que la investidura de Mujica lo hizo primer mandatario de todos los uruguayos, pero la realidad muestra que eligió, como Cristina y Chávez, la ideologización por encima de cualquier valor. La situación actual hay que verla como es y no como lo anhelaríamos.