GUILLERMO ZAPIOLA
Hay una borrosa búsqueda de la espiritualidad (e, involuntariamente, un interesante ejemplo de "historia social") en "Conversaciones con Dios", película dirigida por Stephen Simon que ha sido editada en DVD.
Como dirían los jóvenes, la New Age "ya fue", y lo que la está reemplazando es eso más impreciso llamado "nueva espiritualidad", una generalización en la que caben desde los pronunciamientos de numerosas estrellas de Hollywood hasta Avatar. En ese contexto corresponde ubicar la peripecia vital del escritor Neale Donald Walsch, nacido en Milwaukee en 1943, ex-católico que tras sufrir un devastador accidente, sumergirse en la Biblia, los Vedas, los Upanishad y otros textos religiosos creó el llamado Equipo Humanidad y escribió entre otros libros sus tres tomos de Conversaciones con Dios, según él inspirados por la Divinidad en persona, y que en los Estados Unidos se convirtieron rápidamente en "best sellers".
Ciertamente se puede manifestar toda clase de desconfianzas acerca de una doctrina que es de hecho el sincretismo de muchas otras (un poco de cristianismo, algo de hinduismo o Ba`Hai, panteísmo, tradiciones orientales y occidentales), sobre todo cuando su autor es también un promotor de toda la jerigonza seudocientífica al uso en torno a los "niños índigo", esos presuntos mutantes que nos traerían un mensaje de salvación: antes de tener que ver con esta película Walsch escribió efectivamente Indigo, una película también dirigida por Simon en la que un abuelo ve la luz gracias a su nieta, una niña con dichas características Pero también hay que señalar que, contra toda apariencia inicial, la película no es un aviso publicitario de los puntos de vista espirituales de su personaje (aunque algo de eso tenga), sino que se propone algo más concreto: contar su autobiografía.
Lo hace sin genio, pero decentemente. Cuenta cómo Walsch (Henry Czerny) sufrió un accidente donde se quebró el cuello, perdió el trabajo, se quedó sin casa, se distanció de su familia. Y cuando creyó que las cosas empezaban a mejorar, empeoraron aún más.
A partir de ahí comenzaron sus preguntas a Dios (las preguntas de todos: ¿por qué tiene que pasarme esto a mí?). Solo que en el caso de Walsch, está convencido de que Dios le contestó. Esas respuestas ocuparon sus tres libros famosos, y hasta le proporcionaron material para otros ya publicados o en curso.
El mérito del director Simon y su equipo radica en no pretender pegarle a cada rato en la cabeza a su espectador con un sermón (sobran, de todos modos, algunos discursos de autoayuda). Por lo general se conforman con contar una historia, atender a los hechos, seguir con la cámara las reacciones de angustia, ira, desconcierto o revelación de su personaje protagónico, encarnado con fineza por el actor Henry Czerny (el resto del elenco es segundón).
Fuera del film cabe discutir de dónde viene la voz que Walsch dice haber oído: significativamente, dentro de él es la del propio Czerny. Pero a su manera, quizás discutible, la película es también el testimonio de una búsqueda. La gente quiere respuestas, aunque no siempre las encuentre.