Antonio Mercader
Aunque hoy, 28 de diciembre, es el señalado como Día de los Inocentes -en recuerdo de aquellos niños decapitados por el malvado rey Herodes- a veces uno tiene la sensación de que otros días del año merecerían ostentar ese título. Por ejemplo cuando el gobierno nos trata como a un rebaño de ingenuos que asimilamos cuanto se nos dice y se nos manda con la desventaja de que nadie nos aliviará diciéndonos "que la inocencia te valga".
No, aquí la inocencia no existe y los que pagamos impuestos lo sabemos. Años atrás nos advirtieron que la reforma tributaria no era para recaudar un peso más sino para mejorar el sistema. También nos dijeron que el nuevo impuesto a la renta permitiría bajar el IVA al 18% o a menos aún. Y en el Conrad -¿se acuerdan?- Mujica dio garantías a todos, en particular a los agricultores argentinos, de que no cambiarían las reglas. Una ilusión para cándidos palomos.
Entre las mayores inocentadas del año resalta la referida a la ley de Caducidad. Los capitostes del gobierno prometieron respetar el resultado del segundo plebiscito sobre esa ley, el de 2009, y ya ven... ¡chao ley! Las seguridades ofrecidas fueron palabras al viento, tan efímeras como la intención de reformar el Estado o dotar al país de trenes de carga circulando a 60 kilómetros por hora en 2012.
En cambio, lo inamovible fue la ley de educación aprobada en el período de Vázquez, esa ley que iba a ser la panacea para la enseñanza y que hoy es su lastre. Ley surgida de largos paseos por la idea en eternas asambleas digitadas por quienes hoy ya quieren reemplazarla tras otra tanda de asambleas. Todo hecho, faltaba más, bajo el palio de la participación popular, ese eufemismo que usa el corporativismo para no cambiar nada.
Los chascos de la política exterior prueban que otros días del calendario merecen ser de los inocentes como ocurre con los mimos entre Torre Ejecutiva y Casa Rosada que no fructifican y nos dejan ofreciendo siempre la otra mejilla para que nos sigan pegando.
Otro episodio sin parangón es el del fiscal que llegó tarde a la apelación de un fallo sobre el caso judicial más resonante en la historia reciente del país. ¡Esa es la inocentada del año!
Capítulo aparte es la ingenuidad crónica de quienes siguen votando a la izquierda en Montevideo. Aquí pagan más impuestos que en Europa o Estados Unidos en tanto los servicios municipales son dignos del África sub-sahariana. Continúan las inocentadas sobre el aseo de la capital, que vienen de los tiempos de aquel magnífico "¡Délo por hecho!" de Vázquez hasta el pregonado "Plan Limpieza" de Olivera.
Aunque la seguridad pública no da para bromas, recordemos al virtuoso de la inocentada que fue aquel ministro del Interior que aconsejaba salir a la calle con un silbato para usarlo a modo de alerta en caso de ser rapiñados. Estaba a tono con quienes hoy juran que la policía nunca fue más eficiente que ahora, lo que es un mentís para los incrédulos -nuestros "indignados"- que protestan en las calles contra la inseguridad.
En fin, lo mejor es pensar que al celebrar este Día de los Inocentes, recuerdo de la bíblica matanza de niños ordenada en Belén por Herodes, nos celebramos en verdad a nosotros mismos, los habitantes de esta entrañable tierra en donde -al menos por ahora- no amenazan cortarnos la cabeza.