El mundo entre ángeles y demonios

El documento dice que "un 75,8% de los menores infractores denunció haber recibido malos tratos de la Policía durante su detención o cuando se fugaron de un centro del INAU". Esa grave conclusión aparece en el informe 2011 del Servicio de Paz y Justicia, como resultado de la encuesta que dicha entidad realizó durante 2010 a todos los menores infractores internados en el INAU. La socióloga que redactó el texto agrega que "se estigmatiza cada vez más la cuestión de los jóvenes pobres", señalando asimismo que "las golpizas ocurren cuando los menores son trasladados a los hogares de ingreso. Ahí les dan palo".

Esas terribles afirmaciones impondrían una explicación de parte de las autoridades policiales, como primera medida para aclarar la situación, establecer su alcance y fijar responsabilidades. Si responden a la verdad, los hechos denunciados asumen una doble sordidez, no sólo por la brutalidad que se desprende del informe sino además porque semejante tratamiento es el método menos aconsejable para corregir la conducta de jóvenes violentos, que con toda probabilidad arrastran castigos similares desde el medio familiar en que se han criado y del marco social en que han vivido, donde radica el fondo de un problema que se expande junto con la multiplicación de una clase marginal, sin olvidar empero que la violencia no se controla ni se cura con más violencia, sino que tal procedimiento logra resultados opuestos a los que persigue, como podría sostener cualquier psicólogo.

A través de datos aportados por el Comité para los Derechos del Niño, y declaraciones del Área de Planificación Estratégica del Ministerio del Interior, se reiteran las referencias a los malos tratos y se opina con escepticismo sobre el resultado de los megaoperativos policiales, añadiéndose una inquietud por "el alto número de detenciones realizadas sobre niños y adolescentes".

Es bueno que esas declaraciones tomen estado público, porque su divulgación es el mejor camino para reflexionar sobre la complejidad del problema, remediar la situación y buscar la manera de superarla dentro del ámbito legal que corresponda. Sin embargo, la lectura de ese material puede dar lugar a algunas confusiones y hasta provocar al ciudadano común cierta perplejidad, sobre todo por lo que esos informes no dicen.

Convendría agregarles, por ejemplo, alguna constancia pormenorizada sobre el número, la gravedad y la frecuencia de rapiñas y asaltos que se producen en esta ciudad, a menudo cometidos por menores, y recordar el nivel de agresividad desplegado en ellos por los infractores, sin omitir datos sobre su costo en vidas o en daños irreparables, pero asimismo sobre el efecto que esos episodios provocan en sus víctimas, que también reciben malos tratos por lo menos en un 75,8% de los casos.

El alto número de detenciones de niños y adolescentes, es la consecuencia directa de la actividad delictiva y los extremos de ferocidad en que a veces incurren muchos niños y adolescentes, lo cual debe lamentarse aunque también puntualizarse, antes de enumerar objeciones al sistema represivo que combate el fenómeno.

Sin desconocer su procedencia y su utilidad, el riesgo de esa clase de informes -tal como están hechos y se han dado a conocer- es el de trasponer los papeles hasta un punto en que los culpables figuran como víctimas y la amenaza no parece provenir del descontrol de los infractores sino solamente del abuso de la Policía. Una sombra de maniqueísmo flota sobre esa visión de la realidad, que denuncia una estigmatización pero recae en otra similar, aunque de signo contrario. A su sesgado enfoque de la violencia le falta incorporar la onda de alarma y de miedo que aflige hoy a la población montevideana y que se expresa en las concentraciones de vecinos asustados por la inseguridad, como las que tuvieron lugar hace unos días en Carrasco y Pocitos.

Sin saltear la gravedad de las observaciones que hace el informe del Serpaj sobre el comportamiento policial, hay que tener cuidado con las interpretaciones fragmentadas y las argumentaciones incompletas, que pueden llevar a dividir el mundo entre ángeles y demonios. Porque ese es el camino que conduce a pintar la realidad de manera tramposa, iluminando algunos aspectos y oscureciendo otros, hasta llegar al blanco y negro.

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