Sebastián da Silva
Desde el año 2006 a estos días, el Uruguay atravesó una de las épocas más prósperas de su historia. Vivimos un cambio de viento vertiginoso, máxime si tomamos en cuenta que en el año 2002 el país estuvo al borde de la bancarrota.
Las discusiones parlamentarias no se centraban en el combate al déficit fiscal, sino en cómo utilizar y agrandar el mal llamado "espacio fiscal". Aquellos días donde aumentaba el riesgo país, se transformaron en los días donde aumentaba la recaudación. Los sindicatos pasaron de luchar por el mantenimiento de los puestos laborales, a pelear por los aumentos salariales.
Los expertos no hablaron más sobre balanzas de pagos, pasaron a interpretar el aumento de las exportaciones, y por supuesto todas y cada una de las estas buenas noticias eran capitalizadas por las autoridades de izquierda que tuvieron la buena dicha de sacarse la lotería de cualquier gobernante. Hasta el día de hoy se nos quiere hacer creer que tanta prosperidad es gracias a los aciertos del gobierno, pero va quedando claro, salvo para algún ingenuo que se comió la pastilla, lo fuertemente vulnerable que somos a los shocks externos.
Hace un tiempo que el mundo va asumiendo una verdadera transformación, basada fundamentalmente en generar la ilusión del capital infinito. Prueba de ello es que aumentaron la cantidad de dólares en forma artificial, haciendo que este patrón de moneda hoy sea un artículo de menguado valor, instrumentaron mecanismos perversos que llevaron al quiebre de instituciones financieras y por supuesto asumieron deudas impagables que nos tienen en vilo un día sí y otro también.
Los uruguayos recibimos gran parte de esta bonanza, nuestros productos exportables automáticamente aumentaron de valor, batiendo récords de precios en todos los bienes que forman parte del ADN nacional. La ínfima tasa de interés internacional atrajo a capitales foráneos que se contentaban con mantener sus patrimonios y salir de la exposición de los dólares con cada vez menos capacidad de compra, lo que llevó a la ilusión óptica que esto duraría la eternidad.
Ahora suenan vientos de crisis en todo el mundo, y más temprano que tarde estos vientos llegaran a las costas del Río de la Plata.
Será entonces cuando nos lamentemos de la enorme pérdida de tiempo que hemos dilapidado. Encontraremos sindicatos autistas que no querrán dar el brazo a torcer, presupuestos impagables en condiciones de estancamiento económico, un sistema educativo con recursos enormes pero que está en peores condiciones que las épocas pre bonanza, una población de memoria corta que nuevamente está endeudada hasta la médula y un gobierno que ya gastó su confianza y credibilidad para enfrentar las previsibles consecuencias de un estancamiento económico.
El 2012 que se acerca, marcará el final de una etapa, lamentablemente nada indica lo contrario. Las miradas estarán puestas sobre la reacción de Mujica y su elenco, que por lo visto prefiere seguir en las conspiraciones palaciegas, a mirar un poco lo que pasa en el mundo real.