GUILLERMO ZAPIOLA
Se trata de otra etapa de un largo romance. El estreno de "Flamenco, flamenco" de Carlos Saura devuelve al cineasta español a un universo que ha visitado con frecuencia.
La repetición de la palabra "flamenco" en el título de la película parece muy deliberada. Es una forma de recordar que el propio Saura había hecho en 1995 una película llamada simplemente Flamenco, y que ahora insiste con el tema.
De hecho, el flamenco irrumpió en su carrera cuando el productor Emiliano Piedra le propuso llevar al cine en 1981 la versión de Bodas de sangre de Antonio Gades. La película se convertiría en la primera entrega de la trilogía completada luego con Carmen (1983) y El amor brujo (1986).
Famoso previamente, sobre todo, por sus evocaciones metafóricas de la Guerra Civil y el período franquista, Saura se convirtió a partir de ahí (aunque también hizo otras cosas) en una suerte de explorador, con algo de antropólogo, de formas musicales populares: films como Sevillanas, Flamenco, Fado, más forzadamente Tango pueden añadirse a ese catálogo. También ha dirigido en los escenarios un espectáculo llamado Flamenco hoy.
EQUIPO. Saura ha vuelto a reunirse con dos de sus colaboradores de Flamenco (Vittorio Storaro como director de fotografía e Isidro Muñoz como asesor musical), proponiendo lo que alguien ha llamado "un paseo del alba al anochecer" a través de figuras como Miguel Poveda, Estrella Morente, María Bala, Sara Baras o Eva Yerbabuena. Tampoco faltan entre otros Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Farruquito e Israel Galván. El director lamenta la ausencia (por problemas de agenda) de gente que cree que también debería estar (Enrique Morente, Joaquín Cortés).
El propio Saura explica que no sabe muy bien por qué le interesa el flamenco, pero agrega: "Mi madre fue pianista de clásico y lo dejó cuando se casó, yo tenía una cultura musical amplia y además siempre me han gustado las músicas populares, las periféricas, el flamenco, el fado, el tango, la bossa, la música india... Todo esto, junto a que creo tener un buen oído, hace que siempre haya estado muy interesado por la música, entre ellas el flamenco".
Otro vínculo con la danza proviene de sus orígenes como fotógrafo. Siendo muy joven fue fotógrafo oficial de los festivales internacionales de baile de Granada y Santander. Allí aprendió muchas cosas, entre ellas la convicción (que aún conserva) de que los ensayos de baile, tanto los de flamenco como los de danza clásica o contemporánea, son muchas veces más interesantes que las propias representaciones.
En un aspecto por lo menos, la película parece repetir la estructura de su espectáculo teatral Flamenco hoy, desde un comienzo que coincide con el amanecer hasta un final que cae con la noche. Saura reconoce que eso implicó un trabajo suplementario a la hora de elegir el orden de presentación de los temas y los artistas. Es difícil, señala, mantener la idea, porque también hay un ritmo que depende de cada una de las piezas de la obra.
"Vengo del documental. Es lo que empecé haciendo", recuerda Saura. Luego vio que la imaginación era más poderosa, pero nunca renunció del todo a la idea de captar la "realidad desnuda". Farruquito, uno de los artistas incluidos en el catálogo de Flamenco, flamenco, cuenta una anécdota que revela algo de los criterios de Saura. En determinado momento, mientras bailaba, Farruquito tropezó con la cámara. Pensó que Saura iba a parar el rodaje y repetir la escena, pero no lo hizo. Lo que podía ser una "imperfección", razona Saura, implicaba en realidad una dosis de frescura, de improvisación: eso era algo que había ocurrido durante una actuación, y la película no dejó de documentarlo.
"Por el flamenco, lo que haga falta. Todo esfuerzo es poco", insiste el cineasta. Sin embargo reconoce haber tenido sus dudas hace treinta años, cuando apuntó por primera vez sus cámaras hacia Bodas de sangre. Tenía miedo de reproducir "una imagen de paredes blancas y gitanos con navajas", explica. Saura está convencido de que la comunidad gitana ha hecho una gran aportación al flamenco, pero no ha sido la única, y hay muchos sectores que han ayudado a formarlo.
Un aspecto que personalmente lo intriga pero que tiene su explicación es el hecho de que, en realidad, el flamenco "nunca ha gustado demasiado en España". Se trata de un arte de los marginados y oprimidos, ante el cual la España "oficial" ha mantenido una actitud distante o por lo menos ambigua.
LÍMITES. Al respecto conviene recordar cómo fue tratada esa forma artística en tiempos del franquismo, por ejemplo, recuperando sus formar musicales o bailables pero generalmente omitiendo o suavizando el componente de soterrado lamento que suele haber en él (una película como la excelente Duende y misterio del flamenco, del injustamente olvidado Edgar Neville, puede ser un adecuado ejemplo: "duende y misterio", pero no protesta y queja, o al menos poco).
De todos modos Saura se siente realmente satisfecho porque sus películas le han permitido exportar al resto del mundo algo del arte de España. Lo sorprende, dice, el éxito en lugares tan diversos como Moscú o Shanghai.
Tampoco quiere dormirse en sus laureles. Le teme a la repetición y la rutina, y cree que ese es un riesgo que acecha al flamenco. Por su parte, lo atrae abrir caminos, y cree que algo ha aportado con sus películas y su espectáculo teatral. Incluso piensa que ya lo copian: "He visto en más de uno elementos coreográficos que podría decirse que me pertenecen. Sobre todo la escenografía, la forma de iluminar, la manera de cuidar que no haya elementos perturbadores en la escena. Que sea todo sencillo, lo más puro posible, porque lo que importa es el trabajo de los artistas".
Para mantener la pureza de una poderosa forma artística
En un extenso texto de su puño y letra, Carlos Saura ha explicado las motivaciones y maneras en que encaró la realización de Flamenco, flamenco.
"El primer trabajo consistió en la búsqueda de los artistas que participan en la película", señala el director. "Evidentemente, no me considero ni lo suficientemente experto (ni tan torpe), como para afrontar una tarea de tanta responsabilidad y peso a la hora de definir la dramaturgia de la película, sin la ayuda de un magnífico asesor: en este caso, Isidro Muñoz, el hermano de Manolo Sanlúcar".
Uno de los problemas, continúa Saura, era no disponer de una historia de ficción sobre la que apoyarse para poder trabajar el momento dramático. Pero no lo lamenta: está convencido de que introducir algo más que la belleza de la música y el baile delante de la cámara era una traición a la pureza del arte del flamenco.