GUILLERMO ZAPIOLA
Se estrenó anoche en el canal argentino América "El pacto", miniserie con Federico Luppi, Cecilia Roth y Eusebio Poncela, que ficciona el enfrentamiento entre el gobierno Kirchner y las empresas vinculadas al llamado "escándalo de Papel Prensa".
La teleserie en trece capítulos ha sido dirigida por Pablo Fischerman, y el elenco incluye entre otros a Cristina Banegas y Luis Ziembrowski. El programa debió estrenarse el martes 27 de septiembre, pero tropiezos de producción (en particular la renuncia al elenco del actor Mike Amigorena, al parecer debida a presiones empresariales) obligaron a postergaciones, cambios en el libreto y hasta la incorporación del personaje de Poncela, que no figuraba en la historia original.
El pacto forma parte de una serie de ficciones impulsadas a través de los concursos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa): las otras ganadoras fueron Maltratadas, Historias de la primera vez y Vindica.
La anécdota se centra en el personaje de Lucía Córdova (Roth), una abogada que comienza a investigar a un empresario que, durante el proceso de adquisición de una firma periodística, aparece vinculado a delitos cometidos durante la última dictadura militar. No es difícil detectar en el asunto referencias a la compra de Papel Prensa S.A. por parte de las empresas Clarín y La Nación en febrero de 1977.
En principio, Amigorena personificaba al gerente de la empresa, llamado Horacio Murgan en la serie, y en el que se han querido ver similitudes (empezando por las iniciales) con Héctor Magnetto, ejecutivo de Clarín, pero el actor renunció al papel luego de nueve capítulos y dejó a los productores con un problema entre las manos. En algún momento, incluso, estos pensaron en hacer desaparecer totalmente al personaje, pero finalmente se decidieron por una opción intermedia menos trabajosa: dejar a Amigorena en los primeros ocho capítulos, y traer a Poncela en el papel de un empresario español que se asocia al negocio y llega con el encargo de limitar las atribuciones de Murgan, interactuando con él en escenas donde este aparece de espaldas o expresándose a través de grabaciones.
Algunos compañeros de elenco han sido muy severos con Amigorena. Federico Luppi lo trató directamente de cobarde (en realidad utilizó una expresión algo más fuerte y escatológica), agregando: "El miedo es así: si alguien se siente constreñido por algo que le crea conflictos está bien que renuncie. Lo que me molestó y me pareció poco viril es la explicación adolescente que dio, diciendo que no conocía el contenido de la serie, que no podía interpretar un personaje cuyo mundo desconocía, cuando cualquiera sabe que al contratar a alguien se le dan los libros y una síntesis clara de la historia".
Por su parte, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales tomó nota de los hechos y los consignó en una declaración pública que entre otras cosas dice: "Mediante diversas notas periodísticas se supo que el actor Mike Amigorena habría recibido presiones para que abandone el rodaje de El pacto", agregando que es la primera vez "desde la época de las dictaduras genocidas, que un equipo de artistas, productores, escritores, actores, y técnicos reciben fuertes presiones para no sumarse a un proyecto, hecho que limita su libertad de expresión y su derecho básico al acceso al trabajo".
El director Fischerman, por su lado, ha defendido al actor, sosteniendo que es "artísticamente inobjetable" y que desde el primer momento sabía lo que estaba haciendo, "estaba comprometido, sabía lo que hacía un ciento por ciento". Fischerman agrega que se enteró por terceros de que se bajaba del proyecto porque lo asustaba.
¿PRESIONES? Con respecto de los motivos del actor para dejar el proyecto hubo especulaciones de todo tipo. Se habló de consejos de amigas personales, y de llamadas telefónicas en la que algún poderoso empresario televisivo le ofreció un jugoso contrato a cambio de que se "borrara" de El pacto. El productor Javier Nir, de Oruga Films, la empresa detrás de El pacto, habló directamente de censura, y no cuestiona demasiado a Amigorena. Asegura que hizo "un trabajo espectacular", pero empezó a sentirse mal, especialmente después de haber visto un fin de semana una nota en el diario Perfil sobre el asunto. Al día siguiente apareció diciendo "no aguanto más", se quedó hasta el octavo capítulo sin ganas, y finalmente se largó "No podía sostener la situación", explica.
El principal interesado ha intentado minimizar la situación. Según Amigorena "no hubo amenazas ni aprietes", y se hizo una bola de nieve de una pequeñez. Meterse con alguien en particular lo tensiona, agrega. "Hoy siento que no tengo la capacidad o naturaleza, por ignorancia, para afrontar circunstancias a las que soy ajeno", afirmó en una entrevista radial.
Sea como sea, todo el incidente afea la imagen pública de Amigorena, un hombre que se había caracterizado hasta la fecha por jugar un aire desenfadado y transgresor y que ha tenido éxito en teatro (de fuerte contenido político), televisión (Los exitosos Pells) y hasta cine (Tetro de Francis Ford Coppola). Y hasta el jefe de Gabinete de Cristina Kirchner, Aníbal Fernández, parece haberse sentido obligado a emitir alguna opinión: "Si eso fuera así, que no me consta, habla muy mal de la persona. No tiene retorno alguien que no tenga la capacidad suficiente para no saber lo que va a hacer y se coma el apriete. Hoy lo aprietan para que no haga una miniserie y mañana lo van a apretar para que tome sopa".
Otra etapa de una sorda lucha por el poder
Para entender me- jor la ficción de El pacto conviene recordar aunque sea brevemente el conflicto real entre los sucesivos gobiernos kirchneristas y los grupos empresariales de Clarín, La Nación y La Razón.
En agosto de 2010, la presidenta Cristina Kirchner acusó a esos medios opositores a su gobierno de "complicidad con el terrorismo de Estado perpetrado por la dictadura militar" que imperó en el país entre 1985 y 1983.
La acusación sostuvo que la dictadura traspasó a esos periódicos, en 1976, las acciones de la planta papelera Papel Prensa, cuyo dueño, David Graiver, murió en un nunca aclarado accidente de avión. Su viuda, Lidia Papaleo, fue secuestrada, torturada y violada. La Presidencia sostuvo a través de un informe oficial (Papel Prensa-La Verdad) que los dueños de los periódicos no desconocían al comprar las acciones que sus propietarios, integrantes del llamado "clan Graiver", eran víctimas de la "guerra sucia", convirtiéndose en cómplices de un delito de lesa humanidad.
Las empresas imputadas negaron la versión oficial y aseguraron que en el momento de la transferencia "los Graiver no habían sido secuestrados ni torturados ni amenazados", aunque lo fueron meses después, por imputaciones ajenas al tema.
También aseguraron que se trataba de una historia inventada por el gobierno kirchnerista para quedarse y controlar el papel para diarios, "insumo esencial de la prensa libre".