Hugo García Robles
Ahora que terminan de festejarse en Montevideo con conciertos de música popular y teatro el Bicentenario, no es mala idea reflexionar sobre la función y presencia del arte de los sonidos en las calles. Se trata de un hecho que ocurre a lo largo y ancho del mundo. Podríamos citar los ejecutantes del Metro de París, donde hemos visto, generalmente a estudiantes, interpretar con sorprendente calidad hasta la Chacona para violín solo de Bach. O el solista de saxo en el Barrio Gótico de Barcelona. En la Ciudad Condal, en el maravilloso patio de los Archivos de Aragón, contrapunteado por el chorro de la fuente, vimos y escuchamos al grupo de madrigalistas que ensayaba Monteverdi, con una de las sopranos y su bebé en brazos.
Por su parte, la Schola Cantorum Basiliensis hace posible que en las calles de Basilea ejecutantes de laúd o de otros instrumentos venerables del pasado. En esa institución se formó el uruguayo Rafael Bonavita, mundialmente famoso como ejecutante de guitarra barroca.
En Montevideo siempre hubo música en sus calles. La historia recoge esta presencia, a veces insertada en momentos dramáticos, como aquella Victoria "la cantora" que según el Diario del Sitio de Acuña de Figueroa, cantaba, fuera de la muralla, cielitos de Hidalgo a los españoles.
Bajo el gobernador Elío, los tangos de los afro uruguayos en 1808, que es imperioso no confundir con el tango rioplatense, ocuparon con su excesivo volumen, según parece, un capítulo de la represión racista.
En tiempos mucho más recientes los bandoneones han estado en las esquinas de la ciudad, muchas veces en manos de no videntes, que dejaban oír tangos, valses, polcas y otras especies populares. Uno se instalaba en la esquina de 18 de Julio y Paraguay y otro los domingos en la Feria de Tristán Narvaja, a la altura de calle La Paz. Eran los últimos instrumentos de origen alemán y han desaparecido. En el mundo, la firma Yamaha los ha suplantado y la capacidad para el facsímil que adorna la cultura nipona los ha adoptado, convertidos los japoneses en sorprendentes del tango.
Sigue viva y activa la cuerda de tambores que en todo momento recorre las calles con su repique y que al decir de Lauro Ayestarán es la mejor orquesta uruguaya.