MATÍAS CASTRO
El amor no es gratis. Hay gente para la que aún el viejo dicho de "contigo pan y cebolla" funciona, pero lo cierto es que eso no corre entre las celebridades. O al menos entre buena parte de ellas, donde el dinero producido por la misma fama está constantemente en el medio. Hasta ahora no me había encontrado con un mejor ejemplo del asunto que en lo que vive Kim Kardashian, celebridad televisiva muy de moda en estos años en Estados Unidos.
La idea, básicamente, es que ahora se especula con que un eventual embarazo podría generarle millones de dólares si se confirma. Kardashian y su flamante esposo, Kris Humphries, van a hacer un reality show sobre su vida de recién casados (cosa que, dicho sea de paso, es una ingeniosa forma de conseguir ingresos sin necesidad de trabajar ni de esforzarse demasiado). En el caso de que ella quede embarazada en breve y que esto se revele en el programa, el rating y también las ventas de publicidad aumentarían exponencialmente. Conclusión: el embarazo puede ser un buen negocio.
Pero ¿qué hacemos luego con el niño? Vendemos las primeras fotos en exclusiva a una revista, con lo que se pueden generar unos tres o cuatro millones de dólares más y, si todo sale bien, hacemos otro reality show sobre la maternidad tan millonaria como famosa. Eso, claro está, si ella queda embarazada y si no hay divorcio en puerta. Nunca la historia de un famoso televisivo había encarnado un ejemplo tan claro de cómo el amor y el dinero pueden casarse perfectamente.
Claro que es un caso extremo y no todas las figuras de la farándula pueden permitirse eso. Pero también nos da una pauta clara de qué tan distintas se pueden ver las cosas cuando se está en ese lado del mostrador, en el que la vida privada puede ser convertida en negocio. Los divorcios millonarios pueden formar una larga lista que redondearía el ejemplo. Pero eso seguirá mañana, para volver a explorar hasta que punto la fama puede interferir con los sentimientos.