Rodolfo Sienra Roosen
Llega la fiesta patria más importante del país. El 25 de agosto se conmemoran 186 años de la Declaratoria de la Independencia de nuestro territorio.
Todas las fechas patrias son trascendentes, pero ninguna como ésta. En tiempos no tan lejanos, el país festejaba con fervor el recuerdo de las grandes fechas de su historia con actos patrióticos.
En las escuelas, paradas militares, desfiles, lográndose así transmitir a la ciudadanía desde su niñez un sentimiento de respeto y emoción, todo en el marco del colorido de las viejas banderas que son el símbolo de la patria misma.
Hoy en cambio la juventud y veteranos divertidos festejan el amanecer del día de la patria viendo salir el sol del 25 al final de una jornada que se denomina "la noche de la nostalgia".
Esta se ha convertido en formidable éxito comercial y ya es parte de una tradi- ción, que moviliza gente, ha-ce correr el dinero, le permi- te ganar horas extras a muchos, entre los cuales a la policía que prepara megaoperativos con mucha anticipación para prevenir los excesos que contrastan con la sana diversión, con el recuerdo de la música de antes, que fue lo que la inspiró.
En fin, otros tiempos.
Pero la verdadera nostalgia es la de la memoria del brillo de los festejos de las fechas patrias de otrora.
La cual contrasta con la grisura y hasta indiferencia con que son tratadas por los gobiernos de izquierda, que con alguna excepción como la del 18 de mayo de este año por el bicentenario de la Batalla de Las Piedras, las hacen pasar desapercibidas.
Tabaré Vázquez quiso hacer del hecho biológico del nacimiento de Artigas el fasto por excelencia y fracasó hasta con su gente.
Es que los desfiles son caros y hay que cuidar el gasto para llegar a la igualación social hacia abajo.
Así se derrocha dinero en asistencialismo puro sin contrapartida, en una reforma de la salud que destroza lo que anda bien para que los servicios empeoren, en el impuesto al trabajo disfrazado de impuesto a la renta.
Y desaparecieron las banderas, casi ni se ven salvo en los supermercados. Es desolador.
El Museo Histórico Nacional, que se sepa, no programa un solo acto patriótico que convoque al pueblo a conocer su pasado, y si lo hace, no lo publicita debidamente.
Nunca se sabe cuándo está abierto al público -mejor que no lo estuviera nunca en las condiciones en que presumiblemente ha de estar- y hasta la bandera original de los Treinta y Tres Orientales fue rapiñada de allí hace años por una banda delictiva que amnistía mediante, seguramente tiene representación en el gobierno, y que vaya uno a saber si queda un jirón de ella.
Por lo menos, quienes compartan esa nostalgia a que nos referimos, no olviden embanderar sus casas con la misma bandera que nos robaron.
Será una forma de demostrar que todavía da y mantiene criollos el tiempo, y que en el corazón de ellos se rinde tributo a quienes juraron "Libertad o Muerte", y con la sangre de los caídos, y su heroico compromiso, nos dieron la Libertad.